La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de la IV semana de Pascua

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (15,1-6):

EN aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo:
«Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés».
Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto.


Palabra de Dios

Salmo

Sal 121,1-2.4-5

R/.
 Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestro pies
tus umbrales, Jerusalén. R/.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor. R/.

Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Miércoles de la IV semana de Pascua.
 
La aceptación de los alcances que tiene la universalidad («catolicidad») de la misión no es intuitiva ni espontánea, sino fruto de un largo proceso de apertura al Espíritu de Jesús, a veces en abierta oposición a la educación y a la cultura de los misioneros. En este caso, la resistencia espiritual (o psicológica) se manifiesta con fuerza en Pablo, de quien Lucas se ocupa en adelante y cuyo caso de conversión va a ilustrar para que quede como lección para las generaciones futuras.
Para verificar que uno ha aceptado la invitación de Jesús, hay que comenzar preguntándose si esto es algo tan íntimo y personal que pertenece en exclusiva al ámbito subjetivo, o si hay hechos objetivos que identifican al seguidor del Señor. Jesús proporciona unos criterios:
• La aceptación del Padre como Dios, que se traduce en la conducta propia de «hijo» suyo.
• La adhesión a él, que saca de la «tiniebla» y se manifiesta en un diferente modo de pensar.
• La aceptación libre de sus exigencias, que muestra una persona comprometida con su obra.
• La afirmación del origen divino del mensaje que él propone, que se guarda con fidelidad.
 
1. Primera lectura (Hch 12,24-13,5a).
Concluye la primera parte del libro de los Hechos con la noticia de que, a raíz de la conversión de Pedro, el mensaje de Dios se extiende universalmente. Y ahora Bernabé y Saulo, después de entregar la colecta (cf. Hch 11,27-30) se regresan de Jerusalén (aunque parece que Lucas sugiere que solo Bernabé deja Jerusalén atrás), en compañía de Juan Marcos, el evangelista.
La comunidad de Antioquía representa muy bien la Iglesia cristiana. Su constitución incluye un grupo mixto de tres profetas:
• Bernabé, chipriota, nombre arameo.
• Simeón-Negro, nombre arameo y sobrenombre latino, y
• Lucio, cireneo, nombre latino.
Y dos maestros:
• Manaén, criado con Herodes, y
• Saulo, ciudadano romano.
El uso del verbo griego λειτουργέω, que Lc refiere al culto judío (cf. Lc 1,23: λειτουτγία), sugiere que el Espíritu Santo interrumpe un culto de esa naturaleza («ayunando»: cf. Lc 5,33-35) para urgirlos a la misión. Escoge al primer profeta (Bernabé) y al último maestro (Saulo), elección con la cual indica los dos componentes de la misión (anuncio y enseñanza), dándole la prioridad al anuncio respecto de la enseñanza (nombra primero a Bernabé y después a Saulo). Y urge a la iglesia enviarlos a la «obra» a la que los destinó, obra que consiste en «abrirles a los paganos la puerta de la fe» (Hch 14,26-27). No obstante, la comunidad insiste en ese culto, para después orar y hacer lo que le indicó el Espíritu Santo. La imposición de las manos sugiere el compromiso de todos en la misión. El hecho de «dejarlos ir» (en vez de «enviarlos») sugiere que la comunidad se desprende de sus dos miembros fundadores para realizar la misión. Dicha misión mezclará en lo sucesivo judaísmo y cristianismo, hasta cuando la comunidad perfile plenamente su identidad cristiana. Aunque los misioneros llevan a Juan (sin el sobrenombre Marcos) como garante, solo se dirigen a los judíos, con todo y estar en tierras de paganos.
 
2. Evangelio (Jn 12,44-50).
Esta es la última declaración pública de Jesús, según Jn. En adelante hablará a los discípulos o a sus interrogadores, en privado. El meollo de dicha declaración es el origen divino de su mensaje.
Por boca de Jesús grita la Sabiduría (cf. Prv 1,21-22) para sacudir la conciencia humana. Es una exhortación sin determinación de espacio ni de destinatarios, abierta a todos los seres humano. Aceptarlo a él es aceptar al Padre que lo envió no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3,17); verlo a él es ver al Padre que lo envió a realizar sus obras (cf. Jn 14,9-11). Él y el Padre se identifican, pues su persona y su actividad explican quién es el Padre. Él es luz del mundo, porque saca a la humanidad del dominio de «la tiniebla», o sea, del «mundo» injusto, que es enemigo de Dios y del hombre (en este caso, es el sistema ideológico religioso y político judío). La adhesión a él «saca» de la zona de la tiniebla.
Sus exigencias son de libre aceptación, porque son exigencias de amor, y toda respuesta al amor tiene que ser libre. Él no condena, sino que salva. Cuando uno lo rechaza rehusándose a dichas exigencias, la sentencia en su contra proviene de haber rechazado el mensaje, que le dio pie para salvarse. Porque quien se niega a amar se perjudica a sí mismo. Este juicio se verificará «en el último día», expresión que significa dos cosas:
• «el último día» de la vida terrena de Jesús, cuando él dé la prueba del amor más grande; entonces no habrá manera de justificar el rechazo de su persona o sus obras, ni de declarar irrealizable el amor que él ha demostrado y propuesto.
• «el último día» de la propia vida terrena, cuando cada uno enfrente el hecho de haber frustrado en sí mismo el designio divino al haberse negado a alcanzar su propia plenitud humana, pese a haber visto ese designio realizado en Jesús.
En efecto, el mensaje que él propone no es invención humana, sino encargo del Padre. Jesús cumple así lo prometido en Dt 18,18; él ha recibido un mandamiento de Dios, que sustituye los antiguos, y se hace concreto en su misión (cf. Jn 10,17): dar vida. Este mandamiento es recíproco del que él propone a sus discípulos. Y el mandamiento, de uno u otro modo, es vida definitiva. Él es fiel al Padre, por lo tanto, no hay otro camino de acceso al Padre distinto de él. Moisés prometía larga vida (cf. Dt 32,46-47); Jesús, vida eterna. Él es la única revelación de Dios. Toda idea, doctrina o «teoría» respecto Dios que sea incompatible con Jesús es falsa en la medida de esa incompatibilidad. Esto incluye también el mensaje del Antiguo Testamento. Cada uno queda en libertad de aceptar o de rechazar a Jesús, pero a sabiendas de que el rechazo implica la propia frustración, perdición o muerte.
 
La universalidad del amor de Dios es universalidad de la oferta del perdón liberador y del amor salvador. Ese amor universal es gratuito y fiel. Así es su perdón, y así es su salvación.
La salvación es gratuita, pero no es superflua. El mensaje que Jesús encarna y anuncia, con obras y palabras, es oferta y promesa de salvación. Sin embargo, es urgente tomar conciencia de que hay que darle una respuesta libre, generosa y total. No darle respuesta –que sería lo mismo que oponer resistencia a su persona, a su obra o a su mensaje–, significa malograrse uno mismo y perderse definitivamente. Esta no-respuesta se puede dar a veces bajo el disfraz de una respuesta a medias. Por eso Jesús «grita», para advertir que ese auto-engaño es siempre posible.
Podríamos celebrar la eucaristía y comer del pan partido con sentimientos religiosos, pero sin decisión de fe. Eso sería defraudarnos. Escuchemos el grito de advertencia de Jesús.
Feliz miércoles.

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