San Benito: lo que el virus se llevó

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Imagen del Cristo Milagroso de la Villa de San Benito Abad. Foto: tomada de LB.
Angeles

Como si estuvieran el Cristo de espaldas, los sambenitinos han visto, una vez más, desvanecer una  de las pocas oportunidades de aliviar su economía. Este año, al igual que el pasado, la pandemia obligó a no realizar la procesión del Milagroso. Por tanto, los miles de peregrinos que llegaban al pueblo, y que dejaban a su paso un buen “rebusque” económico, no asistieron como en otros tiempos.


San Benito tiene tan pocas fuentes de trabajo que las bajadas del Cristo, dos veces al año, en  marzo y septiembre, se han convertido en las únicas oportunidades que tienen los habitantes para ingresar unos cuantos pesos a su maltrecha economía. En estas dos fiestas, las casas comunes y corrientes se vuelven hoteles a falta de una buena infraestructura hotelera.  Aquí no importa si son de cinco estrellas, de cuatro o de tres, lo que interesa es que tenga un espacio donde los peregrinos puedan guarecerse de la intemperie.

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La imagen de las calles atestadas con gente que se tropiezan codo a codo, el centro como si fuera un mercado persa, con tiendas que venden escapularios, imágenes del Cristo, de la Virgen, de san Martín de Porres, de José Gregorio Hernández, entre otras, ahora solo es una quimera.

La gente recuerda con melancolía la enervante fragancia a incienso que emanaba de los alrededores del templo, el agradable olor que desprenden los mameyes que traen del departamento de Bolívar. Olores y sabores se confunden con el bullicio de los vendedores. Algunos suenan una olla como un redoblante, avisando que tienen arroz de lisa, otros promocionan  pomadas milagrosas; los adolescentes del pueblo, como hormigas arrieras, cargan sobre sus espaldas ramas de eucaliptos que promocionan a los peregrinos con el pretexto de que están benditas. Todo es un prolijo comercio, es la única economía sólida que tienen los que habitan la tierra del Milagroso.

El virus que empezó en China no ha matado mucha gente en el pueblo, sus habitantes han salido inermes ante la amenaza de la covid-19. No obstante,  el germen de la pobreza golpea con más fuerza. “El negrito de la Villa”, como con afecto de fe le llaman los peregrinos, está estrenando nicho. Una traslúcida urna de cristal, deja ver ahora, con más claridad, la efigie mulata. Regularmente los políticos de toda índole se postran frente a su altar cada domingo. ¿Qué pedirán? ¿Será que el Milagroso debe bajar de su nicho y como el pasaje de Jesús expulsando a los mercaderes del templo, increparlos para que proyecten una sola fuente de empleo?

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