Recursos de fe para este viernes 3 de agosto

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

Viernes de la XVII semana del Tiempo Ordinario. Año II

Color verde

Primera lectura

Lectura de la profecía de Jeremías (26,1-9):
Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías: «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»
Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»
Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.Palabra de Dios

Salmo

Sal 68

R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver lo que no he robado? R/.

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,54-58):

En aquel tiempo fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?» Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo: «Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.» Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra
Viernes de la XVII semana del Tiempo Ordinario. Año II.
El profeta insistió en el llamado a la enmienda de vida y a la conversión del corazón a fin de que cada uno rectificara su relación de convivencia con los demás y así pudiera volver a la relación de amor (alianza) con el Señor. Fue inútil, porque se desató la persecución contra Jeremías. Este realizó otra acción simbólica y fue azotado públicamente y encarcelado. Nuevamente profetizó, y volvió a sentir la soledad y la hostilidad, pero siguió profetizando con acciones y visiones hasta anunciar la pronta invasión de los caldeos y el destierro a Babilonia (cf. Jr 18,7-25,14, omitido).
Pero el Señor sigue siendo protagonista de la historia. Por eso Jeremías profetizó también contra la arrogancia de los paganos, anunciándoles la «ira» del Señor (cf. Jr 25,15-38, omitido).
Jr 26,1-9.
En el año 609 –según narración de Baruc, discípulo de Jeremías– el profeta recibió una palabra del Señor dirigida a todos los habitantes de Judá que iban al templo a dar culto. Esa palabra está expuesta en el discurso que se encuentra en Jr 7,1-15, que Baruc resume aquí.
Ante todo, se trata de anunciar una catástrofe que es consecuencia de que el pueblo se ha negado a obedecer la Ley y escuchar a los profetas. Dicha desobediencia, censurada por los profetas, se refiere al deterioro de las relaciones de convivencia por las injusticias que se cometen entre ellos, los habitantes, quienes, sin embargo, vienen al templo a darle culto al Señor sin sentir vergüenza por su incoherencia. Esas injusticias han estado acompañadas, muchas veces, de idolatría, dado que el culto a los ídolos legitima el atropello que el Señor abomina. Así que la incoherencia tenía doble carácter: irrespeto al semejante, e irrespeto al Señor. Esas consecuencias son presentadas, según el lenguaje de la época, como «castigos» del Señor. Y el «castigo» se concentra en la misma suerte del santuario de Silo para el templo de Jerusalén.
Pero hay una alternativa, que el pueblo rectifique; que enmienden las relaciones interpersonales, según las exigencias de la alianza, y que abandonen los ídolos y se vuelvan al Dios vivo, el Señor. Si se produce ese cambio, la suerte del pueblo cambiará radicalmente, y de la ruina que amenaza con destruirlos pasarán a la paz que anhelan. Ese paso de la ruina a la paz se expresa, igualmente en el lenguaje de la época, como «arrepentimiento» del Señor, quien renunciará al castigo que él prepara contra ellos. Esta forma de expresarse pretende afirmar la soberanía del Señor, de quien procede todo, ya que no hay otro fuera de él; por eso, a él le atribuyen lo bueno y lo malo.
La reacción general («los sacerdotes, los profetas y toda la gente») fue prender a Jeremías y –sin fórmula de juicio– declararlo reo de muerte. El primer cargo que le formulan es el de profetizar «en nombre del Señor» insinuando que es un falso profeta (cf. Ex 20,7), lo cual tenía pena capital. El segundo cargo es haber pronosticado que la suerte del templo de Jerusalén sería como la del templo de Siló (cf. 1Sm 4), como si el Señor no lo protegiera. El tercer cargo es haber declarado que la ciudad de Jerusalén quedaría en ruinas y deshabitada, desconociendo que el Señor la había elegido para sede de la gloria de su nombre. En definitiva, esos anuncios del profeta les parecen una insensatez que confirma que él es un falso profeta y, por eso, es «reo de muerte».
La experiencia de Jeremías es de absoluta soledad. El Señor lo considera hombre de confianza y lo envía a hablar en su nombre, pero «los sacerdotes, los profetas y toda la gente de Jerusalén» lo rechazan en bloque, y el Señor no sale en su defensa. El hombre tiene que ser fiel a su misión sin apoyarse en nada más que en la experiencia íntima del Señor, sin intervenciones portentosas de Dios desde fuera de la historia. Debe asumir los riesgos que implica la misión, incluido entre ellos el de ser rechazado por «los hombres».
El cristiano que comulga con Jesús tiene la certeza de fe interior de que el Señor está con él y él está con el Señor. Y está dispuesto a vivir su misión cargando la cruz y muriendo en ella.
Feliz viernes.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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