Recursos de fe para este viernes 29 de junio

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Foto: Pixabay.

Palabra del día

29 de junio.

Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles.

Misa del día.

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (12,1-11):

En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.
La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda.
Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: «Date prisa, levántate.»
Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: «Ponte el cinturón y las sandalias.»
Obedeció y el ángel le dijo: «Échate el manto y sígueme.»
Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel.
Pedro recapacitó y dijo: «Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9

R/. El Señor me libró de todas mis ansias

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa
en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4,6-8.17-18):

Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,13-19):

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

29 de junio.
Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles.
Misa del día.
El auténtico discípulo de Jesús es aquel que en algún punto de su camino ha vivido la experiencia de pasar de cautivo a libre (liberación), es decir, todo auténtico discípulo ha hecho la experiencia de un éxodo personal. Pero, además, el auténtico discípulo ha vivido la experiencia de pasar de la muerte a la vida (salvación), es decir, todo auténtico discípulo ha hecho la experiencia personal de la resurrección del Señor. Esto ocurre particularmente con los discípulos Pedro y Pablo.
1. Primera lectura (Hch 12,1-11).
La comunidad cristiana que permaneció en Jerusalén gozaba del favor de todo el pueblo hasta el día en que recibió una ayuda económica procedente de unas iglesias paganas. Herodes percibió eso y aprovechó la ocasión para exterminar la comunidad. Degolló a Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, (uno de los «apóstoles»), distinto de Santiago, el pariente del Señor, que dirigía la iglesia judeocristiana de Jerusalén. Herodes vio la complacencia de los otros judíos. Así que se animó a encarcelar a Pedro, con intenciones de matarlo.
Su cautividad y el motivo de la misma llevaron a Pedro a reflexionar en lo que estaba pasando. Entonces se realizó su éxodo. Con rasgos que recuerdan la narración de la salida de Israel de Egipto en la noche pascual, Lucas nos narra la liberación de Pedro. Este se da cuenta de que el Señor no sólo lo han liberado de las manos de Herodes y ha salvado su vida, sino que también lo ha liberado de las expectativas mesiánicas de su pueblo y le ha dado un nuevo sentido a su vida. Y por eso Pedro rompió con su pueblo, del cual se distanció («se dirigió a otro lugar»), y se convirtió definitivamente a Jesús.
2. Segunda lectura (2Tm 4,6-8.17-18).
Al final de su vida Pablo nos lleva más allá. Interpreta su muerte inminente como una «libación», no de vino, sino de sangre; no de animal, sino de su propia sangre, derramada por mano criminal, y como quien suelta las amarras de una embarcación, o leva sus anclas para partir.
Él se describe como un competidor que ha competido limpiamente manteniendo su adhesión al Señor. Este certamen lo ha librado en presencia del Señor, que, como «justo juez» le reconocerá la presea de triunfador (cf. 1Co 9,25), pero no solo a él, sino a todos los que, como él, desean que Jesús se manifieste glorioso en la historia.
Reconoce que el Señor lo ha liberado siempre de las asechanzas de sus enemigos y le dio coraje para que por su medio se diese la proclamación de la buena noticia; que lo protegió frente al poder político inhumano («la boca del león») y de la muerte misma. Por eso está convencido de que su destino es la corona gloriosa de la vida, con la cual el Señor lo va a premiar salvándolo definitivamente de la muerte para conducirlo a su reino celeste, en el éxodo definitivo.
3. Evangelio (Mt 16,13-19).
El éxodo liberador comienza en la mente del discípulo. Al sacarlos del territorio judío y llevarlos «a la región de Cesarea de Felipe», territorio pagano, Jesús conduce a los suyos a emanciparse de la mentalidad dominante y a pensar con otros criterios para responder con acierto la pregunta en la que los otros se equivocan: la verdadera identidad del Mesías. En efecto, «los hombres» no atinan porque miran al pasado y se plantean la historia en términos de conflicto por el poder. De sus discípulos Jesús espera más.
Simón toma la vocería del grupo y hace una declaración inesperada: Jesús es «el Mesías, el Hijo del Dios vivo», no «el hijo de David». Por eso es llamado «hijo de Jonás» (בַּר יוֹנָה), o sea, «discípulo de Jonás», porque con su opinión manifiesta una visión universalista, como la del profeta Jonás, que, luego de ser liberado, finalmente aceptó llevar el mensaje de Dios a los paganos.
Al reconocer a Jesús como «el Mesías» declara que él es el liberador prometido y no lo relaciona con David, con lo cual toma distancia de la manera de pensar «los hombres», que interpretaban la figura del Mesías en la perspectiva de los grandes opositores del poder establecido, como era el caso de los tres mencionados: Juan Bautista, en relación con Herodes, Elías (en el centro), en relación con Ajab, y Jeremías, en relación con Josías, Joaquín y Sedecías.
Al reconocer a Jesús como «el Hijo del Dios vivo» declara que el Padre de Jesús es salvador, por lo que Jesús –en cuanto Hijo– es imitador suyo y también comunica vida. Y, en este sentido no reconoce a Jesús como «el Mesías» esperado, ya que las expectativas de los judíos se cifraban en un liberador de corte militar, «hijo de David», sino como el fundador de un reino distinto y mejor que el de David (cf. Mt 22,41-45), el «reino de los cielos» (cf. Mt 5,3.10).
Esta visión universalista hace de Pedro un hombre «sencillo» (cf. Mt 11,25), es decir receptivo a la revelación del Padre. Por eso el Padre le revela la verdadera identidad de Jesús. Como resultado de esto, Simón descubre también su propia identidad (lo que él «es») y conoce lo que él significa en el designio de Dios (lo que habrá de «hacer»).
Para construir la Iglesia de Jesús, o sea, la nueva sociedad humana, es preciso ser libre de todo prejuicio con el fin de recibir la revelación del Padre del cielo. Esto es lo que nos da la posibilidad de ser piedras en la construcción de esa nueva sociedad humana en la cual prevalece la vida sobre la muerte. Simón Pedro se convierte en paradigma de discípulo y, al mismo tiempo es señalado por Jesús como representante de esa nueva sociedad. Hoy vemos a Simón Pedro en el papa, y nos unimos con él para convertirnos en piedras vivas en la construcción de la nueva ciudad.
Al reconocer a Jesús en la fracción del pan partido para ser repartido y compartido nos unimos en torno al papa en el proyecto de construir juntos esta iglesia como paradigma de humanidad renovada, sabiendo que todo nos viene del Padre Dios, que nos hace libres por el don salvador e inigualable de su Espíritu Santo.
Feliz solemnidad.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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