Recursos de fe para este sábado 4 de agosto

276
Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

Sábado de la XVII semana del Tiempo Ordinario. Año II

San Juan María Vianney, presbítero. Memoria obligatoria

Color blanco

Primera lectura

Lectura de la profecía de Jeremías (26,11-16.24):

En aquellos días, los sacerdotes y los profetas dijeron a los príncipes y al pueblo: «Este hombre es reo de muerte, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis oído con vuestros oídos.»
Jeremías respondió a los príncipes y al pueblo: «El Señor me envió a profetizar contra este templo y esta ciudad las palabras que habéis oído. Pero, ahora, enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, escuchad la voz del Señor, vuestro Dios; y el Señor se arrepentirá de la amenaza que pronunció contra vosotros. Yo, por mi parte, estoy en vuestras manos: haced de mí lo que mejor os parezca. Pero, sabedlo bien: si vosotros me matáis, echáis sangre inocente sobre vosotros, sobre esta ciudad y sus habitantes. Porque ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar a vuestros oídos estas palabras.»
Los príncipes del pueblo dijeron a los sacerdotes y profetas: «Este hombre no es reo de muerte, porque nos ha hablado en nombre del Señor, nuestro Dios.» 
Entonces Ajicán, hijo de Safán, se hizo cargo de Jeremías, para que no lo entregaran al pueblo para matarlo. 

Palabra de Dios

Salmo

Sal 68

R/. Escúchame, Señor, el día de tu favor

Arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí. R/.

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias. R/.

Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,1-12):

En aquel tiempo oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús, y dijo a sus ayudantes: «Ese es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos, y por eso los Poderes actúan en él.» 
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado por motivo de Herodías, mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía que no le estaba permitido vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su madre, le dijo: «Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista.» 
El rey lo sintió; pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven, y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús. 

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

Sábado de la XVII semana del Tiempo Ordinario. Año II.
El fanatismo ha llegado a extremos que nunca se vieron. Algo inaudito está sucediendo:
Más que un juicio, Jeremías se afrontó a un conato de linchamiento jamás visto contra un profeta. La intervención de algunos ancianos aportó la nota de sensatez: «Miqueas de Moraste profetizó durante el reinado de Ezequías, rey de Judá, y dijo a los judíos: Así dice el Señor de los ejércitos: Sion será un campo arado, Jerusalén será una ruina, el monte del templo un cerro de breñas. ¿Le dieron muerte Ezequías, rey de Judá, y todo el pueblo? ¿No respetaron al Señor y lo calmaron, y el Señor se arrepintió de la amenaza que había proferido contra ellos? Nosotros, en cambio, estamos a punto de cargarnos con un crimen enorme…» (Jr 26,18-19, omitido).
Jr 26.11-16.24.
La denuncia de Jeremías había encontrado un eco desfavorable. Los sacerdotes junto con los «profetas» oficiales lo acusaron ante la dirigencia y el pueblo (cf. Jr 26,10-11), anticipándole una sentencia condenatoria a la pena capital. La acusación se redujo solo a que Jeremías profirió sus oráculos «en contra de esta ciudad». Esto delata su afán de defender a ultranza la convivencia social injusta que el Señor reprueba. No hacen mención alguna del llamado de Jeremías a dejarse conducir por la Ley propuesta por el Señor (que les exigía una convivencia justa) y a escuchar a sus «siervos» los profetas para enmendar su conducta. Jeremías distinguió los profetas oficiales de los auténticos, a los cuales el Señor se refirió llamándolos «mis siervos» (cf. Jr 26,4-6).
Con valor, Jeremías adujo su envío divino a profetizar contra el templo y la ciudad, y exhortó a todos a la enmienda y a la escucha del Señor, a fin de que el Señor apartara de ellos el peligro. Reconoció que ellos podían hacer con él lo que se les antojase, pero les advirtió que matarlo no haría otra cosa que agravar la situación de los dirigentes, de la ciudad y de todos sus habitantes al hacerse responsables de su sangre. Y volvió a insistir en que lo que su denuncia y su anuncio precedían del Señor, lo cual implicaba que rechazar sus oráculos era rechazar al Señor.
La sentencia de muerte no encontró partidarios. Los dirigentes y la gente no consideraron que Jeremías fuera reo de muerte, pues reconocieron que les habló en nombre del Señor, su Dios.
La familia de Safán, escriba real, era fiel amiga de Jeremías. Safán fue quien leyó al rey Josías el libro de la Ley descubierto en el templo (año 622). Ajicán, fue hijo de Safán (cf. 2Ry 22,8-14).
Jeremías se fue a vivir con Godolías, hijo de Ajicán, nieto de Safán, quien lo protegió y lo libró de ser condenado a muerte (cf. Jr 40,6; 39,14). Elasa, otro hijo de Safán, llevó la carta que en 594 Jeremías les envió a los que Nabucodonosor había llevado deportados a Babilonia en 597 (cf. Jr 29,1.3). Y fue un nieto de Safán, Miqueas, quien en 605 les reportó a los ministros, «en sesión», lo que había escuchado de la lectura que hizo Baruc de los oráculos de Jeremías (cf. Jr 36,11-13).
El Señor le había prometido a Jeremías que estaría con él para librarlo. Y en esa circunstancia extrema el profeta comprobó esa protección del Señor, y pudo seguir cumpliendo su misión. La fidelidad del Señor sella la fidelidad del profeta. Este se arriesgó hablándole al pueblo en nombre del Señor sin restar una sola palabra al oráculo del Señor (lo que significa que Jeremías transmitió el mensaje íntegro), sin afán complaciente en relación con los destinatarios (como era el caso de los «profetas» oficiales), y sabedor del riesgo que incluía esa actitud (la posibilidad del rechazo).
Este es el estilo profético de Jesús. A él no lo aplaudieron, lo censuraron; no le dieron vítores, pidieron su crucifixión. Él se arriesgó, y el Padre se puso a favor suyo liberándolo de la muerte (aunque no lo librara de morir).
Y ese es el estilo de vida del que comulga con él. Comer el pan de la vida no nos libra de morir, pero sí nos libera de la muerte; y desde ahora, sacándonos del «mundo», porque rompe nuestra complicidad con ese sus obras de muerte quitándonos «el pecado del mundo».
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

Comentarios en Facebook

Deja una respuesta

Ingresa tu comentario
Por favor, ingrese su nombre aquí