Recursos de fe para este miércoles 27 de junio

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

Miércoles de la XII semana del Tiempo Ordinario. Año II

San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia. Memoria libre

Colores verde o blanco

Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (22,8-13;23,1-3):

En aquellos días, el sumo sacerdote Helcías dijo al cronista Safán: «He encontrado en el templo el libro de la Ley.»
Entregó el libro a Safán y éste lo leyó. Luego fue a dar cuenta al rey Josías: «Tus siervos han juntado el dinero que había en el templo y se lo han entregado a los encargados de las obras.»
Y le comunicó la noticia: «El sacerdote Helcías me ha dado un libro.»
Safán lo leyó ante el rey; y, cuando el rey oyó el contenido del libro de la Ley, se rasgó las vestiduras y ordenó al sacerdote Helcías, a Ajicán, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, al cronista Safán y a Asalas, funcionario real: «Id a consultar al Señor por mí y por el pueblo y todo Judá, a propósito de este libro que han encontrado; porque el Señor estará enfurecido contra nosotros, porque nuestros padres no obedecieron los mandatos de este libro cumpliendo lo prescrito en él.»
Ellos llevaron la respuesta al rey, y el rey ordenó que se presentasen ante él todos los ancianos de Judá y de Jerusalén. Luego subió al templo, acompañado de todos los judíos y los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, chicos y grandes. El rey les leyó el libro de la alianza encontrado en el templo. Después, en pie sobre el estrado, selló ante el Señor la alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la alianza escritas en aquel libro. El pueblo entero suscribió la alianza.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,33.34.35.36.37.40

R/. Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes

Muéstrame, Señor,
el camino de tus leyes,
y lo seguiré puntualmente. R/.

Enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón. R/.

Guíame por la senda de tus mandatos,
porque ella es mi gozo. R/.

Inclina mi corazón a tus preceptos,
y no al interés. R/.

Aparta mis ojos de las vanidades,
dame vida con tu palabra. R/.

Mira cómo ansío tus decretos:
dame vida con tu justicia. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidado con los falsos profetas; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. A ver, ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis.»

Palabra del Señor


Reflexión del día

Miércoles de la XII semana del Tiempo Ordinario. Año II.
Estamos en el reinado de Josías (640-609 a.C.), otro rey piadoso, y se están haciendo trabajos de restauración del templo de Jerusalén. Josías había ascendido al trono a la edad de dieciocho años. A sus 36 años, después de afianzar su trono y de que los partidarios de Asiria perdieran fuerza, se encontraba restaurando el templo y el culto. El sumo sacerdote le reportó al escriba Safán el hallazgo de un libro, el «Libro de la Ley», que podría tratarse, al menos, de la sección legislativa del libro del Deuteronomio, dado que esta expresión («el Libro de la Ley») es muy propia de la literatura deuteronomista. A ese momento se refiere este relato.
2Ry 22,8-13; 23,1-3.
El sumo sacerdote Jelcías entregó a Safán el Libro de la Ley, y este lo leyó antes de reportarle el hallazgo al rey, en cuya presencia lo leyó. El rey reaccionó adolorido al comprender que el pueblo había sido infiel al Señor, y que, por consiguiente, el Señor debía de estar encolerizado contra el pueblo. Entonces envió a cinco delegados a consultar al Señor –en su nombre y en nombre del pueblo y de todo Judá– «a propósito de este libro». La consulta se hacía por medio de un profeta (cf. 1Ry 22,7-8; Jr 21,2), y aquí se refiere a la relación entre el furor del Señor, la desobediencia del pueblo y los anuncios de «castigos» contenidos en el libro.
Entonces consultaron a una profetisa, Julda (de la cual no hay otra mención), quien anunció las graves consecuencias de la infidelidad del pueblo, pero, en vista de la conversión y la penitencia del rey, tales consecuencias, aunque estaban en vigor a causa de la idolatría del pueblo, quedaron suspendidas hasta después de la muerte del rey (cf. vv. 14-20, omitidos).
El rey hizo convocar a los jefes y a todo el pueblo, e hizo que todos, en su presencia, renovaran la alianza con el Señor, comprometiéndolos a todos a cumplir las cláusulas contenidas en aquel libro. Y comenzó una reforma religiosa de grandes proporciones.
Además de las expresiones propias del Deuteronomio –quizá en una versión más resumida que la que tenemos actualmente– se nota mucho el lenguaje común de este relato con el que maneja el libro de Jeremías: «hombres de Judá y habitantes de Jerusalén» (cf. Jr 4,4; 11,2; 17,25; 18,11; 32,23), «los sacerdotes y los profetas» (cf. Jr 4,9; 13,13; 26,7-8.11.16), y «todo el pueblo, desde el más pequeño hasta el más grande» (cf. Jr 8,10; 42,1.8). Esto muestra el influjo de los profetas en las decisiones de los gobernantes cuando estos eran abiertos al Señor.
El temor religioso provoca de parte del rey una sincera reacción de arrepentimiento, y él induce al pueblo a enderezar el camino. Pero no se dice que el pueblo estuviera arrepentido. Una medida administrativa no es suficiente. La reforma religiosa se queda estéril sin la verdadera conversión del corazón. Tanto el pueblo como el gobernante volverán a la infidelidad y a la idolatría. Y la ruina les sobrevendrá. Las medidas burocráticas para inducir a la fidelidad al Señor, inclusive si son respaldadas por la ley civil, jamás tendrán la fuerza que les confiere la fe personal, por mucho que los resultados que se pretendan correspondan claramente al designio de Dios.
Es necesaria la «conversión pastoral» de la que hablan los obispos, pero esta ha de fundarse en la «conversión personal», porque para hacer pastoral primero hay que ser un comprometido creyente. No es suficiente, ni confiable, el temor. Hace falta la fe dada al Dios que manifiesta e infunde tan grande amor que libera, da vida, suscita la alegría y conduce a la más extraordinaria libertad, para realizar un cambio personal (nuevo nacimiento) que realmente renueva la propia vida personal y también la convivencia social.
Ese es el amor que renovamos en la celebración de la eucaristía. El compromiso personal lleva al abrazo sacramental de comunión con Jesús, y este abrazo reafirma ese compromiso de manera que no necesita de exigencias externas, porque la exigencia interior es más que suficiente.
Feliz miércoles.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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