Recursos de fe para este martes 14 de agosto

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

Martes de la XIX semana del Tiempo Ordinario. Año II

San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir

Memoria obligatoria. Color rojo

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (2,8–3,4):

Así dice el Señor: «Tú, hijo de Adán, oye lo que te digo: ¡No seas rebelde, como la casa rebelde! Abre la boca y come lo que te doy.» 
Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.
Y me dijo: «Hijo de Adán, come lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel.» 
Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome: «Hijo de Adán, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy.» Lo comí, y me supo en la boca dulce como la miel. 
Y me dijo: «Hijo de Adán, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras.» 

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,14.24.72.103.111.131

R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Mi alegría es el camino de tus preceptos, 
más que todas las riquezas. R/.

Tus preceptos son mi delicia, 
tus decretos son mis consejeros. R/.

Más estimo yo los preceptos de tu boca 
que miles de monedas de oro y plata. R/.

¡Qué dulce al paladar tu promesa: 
más que miel en la boca! R/.

Tus preceptos son mi herencia perpetua, 
la alegría de mi corazón. R/.

Abro la boca y respiro, 
ansiando tus mandamientos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,1-5.10.12-14):

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?» 
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.» 

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

Martes de la XIX semana del Tiempo Ordinario. Año II.
La vocación de Ezequiel comienza por el don del Espíritu, que lo levanta de su postración ritual; continúa con la toma de conciencia de los destinatarios de su misión, la casa rebelde, a la cual deberá hablarle, escuche o no, para que conste que Dios le envió un profeta; y culmina con la exhortación a no tener miedo a la casa rebelde, por muy crueles que sean sus manifestaciones de rechazo (cf. Ez 2,1-7): una corona de espinas y un trono de alacranes. La expresión que usa Ez, «hijo de Adán» (hebreo: בֶּן־אָדָם), no igual a la que usa Daniel, «hijo de hombre» (arameo: בַר אֱנָשׁ).
Vale la pena recordar que la «rebelión» en contra del Señor consiste en resistirse a su designio liberador. No equivale a desobediencia, sino a inconsecuencia. El pueblo optó por el Dios que lo liberó de la servidumbre, y se «rebela» volviéndose a los poderes e ídolos que lo esclavizan.
Ez 2,8-3,4.
La investidura para la misión consiste en una exhortación y un gesto simbólico:
• Exhortación a no ser rebelde como la casa rebelde. La aceptación de esta exhortación se va a verificar en la ejecución del gesto que viene a continuación.
• Gesto simbólico de «abrir» la boca «comer» el rollo de las palabras del Señor. La repetición del verbo comer (אכל: cuatro veces) subraya la importancia de esta acción.
La exhortación a abrir la boca implica la invitación a que el profeta asuma libremente la misión que se le va a encargar. Dicha misión propiamente se resume en asimilar un mensaje que contiene elegías, lamentos y ayes e ir a llevárselo a la «casa rebelde». El profeta resulta primer destinatario de esas palabras, las recibe para alimentar su vientre y saciar sus entrañas. Es decir, esas elegías, sus lamentos y sus ayes responden las preguntas que él y la «casa rebelde se hacen», y absuelven sus dudas. Los acontecimientos del exilio han puesto en crisis la fe, y el profeta debe entender y hacerle entender al pueblo que no fue el Señor quien faltó a la alianza, sino el pueblo.
Por tal razón, el hecho de que él deba «comerse» esas palabras significa que debe interiorizarlas y apropiárselas. Al profeta el rollo entero le sabe «dulce como la miel» (cf. Sl 19,11). Resulta algo extraño que ese contenido del rollo le resulte «dulce», pero, en el fondo, es la explicación de esos acontecimientos la que le satisface: el Señor no ha rechazado a su pueblo, sino que este rechazó al Señor. Es un dulce alivio entenderlo, y eso lo estimula a hacerlo entender.
Los otros destinatarios, los miembros de la «casa rebelde», van a recibir estas palabras del Señor en su misma lengua, a través del profeta, ellos también pueden entender lo mismo que Ezequiel. No debería haber inconveniente alguno, ni por parte del profeta, ni por parte de los destinatarios finales. Sin embargo hay una advertencia sombría: parece que los pueblos de otras lenguas están más dispuestos a comprender que la «casa rebelde». Eso queda en suspenso.
La «casa de Israel» es ahora «casa rebelde», y el «hijo de Buzi» es «hijo de Adán» (un ser humano corriente). La realidad cambió; y por eso se la nombra de otro modo. Y, no obstante, el Señor (aunque solo se lo ha nombrado una vez) sigue siendo el mismo. Él permanece fiel.
Nuestras circunstancias cambian muy a menudo, y también nosotros cambiamos, no siempre de forma constructiva. Somos a veces infieles a la lealtad debida a los demás, e incluso a nosotros mismos. Nos resistimos a ser libres y nos condenamos al exilio, a la alienación.
Dios insistió en enviar profetas, y en la etapa definitiva de la historia nos envió a su Hijo, hecho «hijo de Adán» (hombre como nosotros) y propuesto como «el Hijo del Hombre» (el más excelso ideal humano) para que, siguiéndolo a él, superemos nuestro fracaso (el pecado) y alcancemos nuestra plenitud (la vida definitiva). La comunión eucarística es asimilación de la realidad humana de Jesús («hijo de Adán»), pero lleno del Espíritu Santo («el Hijo del Hombre»), para alcanzar nuestro destino: ser hijos de Dios en sentido pleno.
Feliz martes.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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