Recursos de fe para este lunes 25 de junio

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Foto tomada de Pixabay.

Palabra del día

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la XII semana del Tiempo Ordinario. Año II

Color verde

 

Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (17,5-8.13-15a.18):

En aquellos días, Salmanasar, rey de Asiria, invadió el país y asedió a Samaria durante tres años. El año noveno de Oseas, el rey de Asiria conquistó Samaria, deportó a los israelitas a Asiria y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las poblaciones de Media. Eso sucedió porque, sirviendo a otros dioses, los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto; procedieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado ante ellos y que introdujeron los reyes nombrados por ellos mismos.
El Señor había advertido a Israel y Judá por medio de los profetas y videntes: «Volveos de vuestro mal camino, guardad mis mandatos y preceptos, siguiendo la ley que di a vuestros padres, que les comuniqué por medio de mis siervos, los profetas.»
Pero no hicieron caso, sino que se pusieron tercos, como sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios. Rechazaron sus mandatos y el pacto que había hecho el Señor con sus padres, y las advertencias que les hizo. El Señor se irritó tanto contra Israel que los arrojó de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 59,3.4-5.12-13

R/. Que tu mano salvadora, Señor, nos responda

Oh Dios, nos rechazaste
y rompiste nuestras filas;
estabas airado,
pero restáuranos. R/.

Has sacudido y agrietado el país:
repara sus grietas, que se desmorona.
Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo,
dándole a beber un vino de vértigo. R/.

Tú, oh Dios, nos has rechazado
y no sales ya con nuestras tropas.
Auxílianos contra el enemigo,
que la ayuda del hombre es inútil.
Con Dios haremos proezas,
él pisoteará a nuestros enemigos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,1-5):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Déjame que te saque la mota del ojo», teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.»

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra

Lunes de la XII semana del Tiempo Ordinario. Año II.
Del reino del Sur en el año 835 pasamos ahora al reino del norte en el año 731. Es un gran salto espacio-temporal. Vamos a presenciar la caída de Samaría y el fin del reino de Israel. El último rey de Israel será Oseas, hijo de Elá. Ya en los tiempos de Salmanasar, rey de Asiria, Samaría le rendía tributo de vasallaje Asiria, pero el rey Oseas buscó ayuda en Egipto para zafarse el yugo asirio, y el rey de Asiria se dio cuenta e invadió el país asediando a Samaría durante tres años.
Samaría debió de haber sido tomada en el año 722, al final del reinado de Salmanasar V (726-722). La conquista se dio propiamente en tiempos de Sargón II. Se dice en los anales asirios que se llevó 27.290 prisioneros, y esta es la segunda deportación de israelitas; la primera fue cuando Tiglat Piléser hizo su expedición (cf. 2Ry 15,29).
2Ry 17,5-8.13-15a.18.
Para perpetuar la conquista de Samaría, Sargón II deportó a los israelitas y trajo colonos asirios para repoblar el país, de modo que el retorno resultara muy difícil. En efecto, a los deportados los dispersaron en diversos territorios conquistados por Asiria con el fin de privarlos de cualquier posibilidad de revancha.
La explicación de este desastre está en estos hechos que lo causaron:
• La idolatría, que fue un pecado contra el Señor (יהוה), su Dios, el que los hizo subir de Egipto.
• La adopción de las costumbres de las naciones paganas por iniciativa de sus propios reyes.
• El establecimiento de lugares de culto para divinidades paganas, incluso prostitución cultual.
• El desprecio de la voz de los profetas que los invitaban de parte del Señor a convertirse.
• El rechazo de la alianza con el Señor tanto en la convivencia entre ellos como en el culto.
• El sacrificio de seres humanos a ídolos (2Ry 16,3), y la práctica de magia, adivinación y brujería.
En otras palabras, se convirtieron en un pueblo como los demás, legitimaron religiosamente la opresión y se rehusaron a ser lo que eran, el pueblo del Señor. Esto los condujo a la ruina y a la desaparición. El autor presenta estas consecuencias de sus actos como castigos del Señor (era la mentalidad y el lenguaje de la época), «castigo» con el cual lo que quiere es afirmar que el Señor no comparte tales conductas ni se hace cómplice de los autores de las mismas.
Genéricamente, la idolatría produce dos grandes consecuencias:
• La mentira. Supersticiones: adivinación, brujería, hechicería y magia.
• La violencia. Sacrificios humanos con pretexto religioso (culto).
No es difícil trasponer tales hechos a las circunstancias de los pueblos modernos y reconocer en otras formas semejantes consecuencias. Todos los pueblos han nacido para ser dignos, libres y felices. A veces ellos mismos, por mano de sus dirigentes –ahora escogidos por los pueblos y no por el Señor– han hipotecado su dignidad, su libertad o su felicidad en busca de ilusiones vacías (ídolos) que no les producen bienestar, sino ruina. El Señor libera, dignifica y salva siempre. La auténtica fidelidad a él (o a los valores que él encarna) garantizan las libertades individuales y el éxito de la convivencia social. El ansia de libertad, dignidad y vida, hábilmente manipulada por los dirigentes de los pueblos, se trueca en nuevas formas de alienación y esclavitud; no es preciso que los habitantes sean deportados, pueden ser expulsados y convertirse en «desplazados» o en «refugiados», extraños en su propia tierra, o alienígenas en otras tierras, poco acogedoras.
La celebración de la eucaristía reconoce la dignidad, afirma la libertad y estimula la felicidad de las personas y los pueblos en la medida en que los confirma en la fidelidad al designio de Dios, que ha sido revelado en la persona de Jesucristo. Comulgar con el Señor implica asumir ante él la responsabilidad de velar por el bienestar de su pueblo. Esta vigilancia excluye la mentira y la violencia de las relaciones de convivencia, porque ellas son incompatibles con la fe en el Señor.
Feliz lunes.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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