La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (7,18-25a):

Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí, es decir, en mi carne; porque el querer lo bueno lo tengo a mano, pero el hacerlo, no. El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que habita en mí. Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,66.68.76.77.93.94

R/.
 Instrúyeme, Señor, en tus leyes

Enséñame a gustar y a comprender,
porque me fío de tus mandatos. R/.

Tú eres bueno y haces el bien;
instrúyeme en tus leyes. R/.

Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo. R/.

Cuando me alcance tu compasión, viviré,
y mis delicias serán tu voluntad. R/.

Jamás olvidaré tus decretos,
pues con ellos me diste vida.R/.

Soy tuyo, sálvame,
que yo consulto tus leyes. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,54-59):

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: «Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: «Chaparrón tenemos», y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: «Va a hacer bochorno», y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer? Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Viernes de la XXIX semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Leemos solo el final del capítulo 7, el comienzo puede resumirse así:
• Para liberarse del pecado, es preciso emanciparse de la Ley (cf. Rom 6,14). La Ley tiene validez mientras vive el ser humano; después de que este muere, cesa su vigencia. La muerte del Mesías –y nuestra vinculación a ella por el bautismo– nos libera de la Ley y nos une a él por medio del Espíritu Santo con una alianza de vida (7,1-6).
• La promesa contenida en la Ley –la vida– es buena. Pero el pecado degeneró el anhelo de vida en deseo de autoafirmación. La observancia de los preceptos de la Ley degeneró el afán de vida en autosuficiencia. Y el pecado hizo ver a Dios como un tirano y condujo a la falsa conclusión de que hay que deshacerse de él para alcanzar la libertad (7,7-11).
• La Ley hace que el hombre pase del anhelo de vida, que es bueno, al ansia de afirmarse a sí mismo, que es enfermiza y lleva a la muerte. La Ley es buena, pero el pecado la usa para darle muerte al hombre, porque lo divide interiormente (7,12-17)
 
Rom 7,18-25.
Pablo quiere mostrar la condición del hombre-carne sujeto a la Ley. Él refiere en este aparte a esa realidad para luego contrastarla con la condición del hombre-espíritu libre de la Ley; es decir, en los dos capítulos 7 y 8 desarrolla lo que había afirmado antes: «ustedes ya no están en régimen de Ley, sino en régimen de gracia» (6,14). Por consiguiente, el uso de la primera persona (desde el v. 7 hasta el 25) no se refiere a su experiencia presente, sino –si acaso– a la anterior a su encuentro con Jesús resucitado, aunque es muy probable que le esté prestando su voz a Adán, engañado y privado de vida por el pecado (cf. vv. 9.11).
Sin la Ley, no hay criterio ético, moral ni religioso para valorar los actos humanos. El pecado –aquí personificado (vv. 13-20)– se caracteriza por su mortal influjo en el ser humano. Y así describe la condición del hombre sometido al pecado e incapaz de sujetarse a la Ley. La Ley es «espiritual», es decir, buena; pero el pecado la usa para dar muerte al hombre, porque este está dividido en sí mismo, desintegrado, y resulta haciendo lo que la le Ley prohíbe. Ese ser humano descubre que su querer y su obrar están separados y enfrentados: no realiza el bien que quiere, y en cambio ejecuta el mal que no quiere.
Este descubre, además, que la Ley de Dios le parece buena y razonable, pero en su propia persona percibe unos criterios diferentes que están en conflicto con su voluntad y su razón. Esos «criterios diferentes» que guerrean contra los «criterios» de su razón anidan en sus bajos instintos y lo convierten en un prisionero de sí mismo, porque los bajos instintos no integran la persona, la desintegran, por no estar unidos en torno a una aspiración integradora. Separan su «querer» de su «hacer» de manera dramática: racionalmente, está de acuerdo con la Ley de Dios; impulsivamente, se deja arrastrar por la tendencia al pecado. O sea, su razón encuentra válida la Ley de Dios, pero impulsivamente tiende al pecado. Su «querer» son aspiraciones de carácter ético (racional), o moral (cultural) o religioso, que concuerdan con los dictados de la Ley, pero su «hacer» lo aparta de la razón, de la cultura y de la religión, enfrentándose contra sí mismo, contra los demás y contra Dios.
Eso lo lleva a la conclusión de que, si el hombre actúa en contra de su voluntad, es porque ha perdido el control de sí mismo y porque el pecado domina su vida, pero, al mismo tiempo, reconoce que ese pecado «habita» en él, que no es constitutivo de su ser personal. Recurre a la personificación del pecado con el fin de objetivarlo y distinguirlo del hombre mismo, es decir, el pecado no es «genético», no es inherente al ser humano, por mucho que se adquiera desde el vientre materno; es «contagiado», es decir, transmitido por contacto. Pero ese mismo pecado tampoco es un «tirano externo», puesto que reside en los bajos instintos de cada ser humano. Está dentro («habita»), pero no es extraño al ser humano diseñado por Dios.
Creado bueno y para hacer el bien, se encuentra fatalmente cometiendo el mal y sintiéndose mal por esa razón. A la Ley de Dios –que en lo íntimo de su ser aprueba– se opone la «ley» de la costumbre y de la triste experiencia humana: la incapacidad para hacer el bien que quiere realizar de acuerdo con la razón que lo lleva a reconocer que la Ley de Dios es buena. Existe una dramática división: la interioridad racional en conflicto con los impulsos propios de las apetencias de los bajos instintos. «El hombre interior» (ὁ ἔσω ἄνθρωπος) designa lo racional del ser humano que se opone al «hombre exterior» (ἔξω ἄνθρωπος), que designa su condición de ser «de carne», mortal. Esta es la que somete al hombre al dominio del pecado (lit.: «la ley del pecado»). Por la razón, quiere ser bueno y libre; por los impulsos, se somete y se vuelve pecador, es decir, injusto.
Es ser humano, sometido al pecado, se siente desdichado antes del encuentro con el Mesías: deseoso de vida y prisionero de una condición que lo lleva a la muerte. Pero cuando encuentra a Jesús, Mesías y Señor, solo tiene palabras de gratitud para Dios por ese Salvador.
 
Dice –en nota de pie de página– la Biblia de Jerusalén: «El pecado personificado, ver 5,12, sustituye a la Serpiente de Gn 3,1 y al diablo de Sb 2,24». Se trata de la misma realidad, vista desde ópticas diferentes y caracterizada por sus efectos sobre el hombre; esta personificación, que abarca los vv. 13-20, muestra los estragos que causa el pecado en el ser humano antes de su «rehabilitación» por Jesús. El pecado aliena al ser humano, en el sentido de que lo empeña a dirigirse a un objetivo contrario a sus más profundas aspiraciones de vida y contrario, por tanto, a la meta gloriosa a la que Dios lo destinó desde su creación.
Muchas personas se han identificado con esa dramática descripción que hace Pablo en ese capítulo. Pero muy pocas de ellas han advertido de que tal descripción no corresponde a su condición de cristianos. O, mejor dicho, no han llegado a la conclusión de que cuantas veces se han sentido tan retratadas por ese texto eso se ha debido a que no estaban viviendo como cristianos sino como quienes todavía no conocían la fuerza del Espíritu del Señor. Por eso no le expresan su gratitud a Dios por el don de «Jesús, Mesías y Señor nuestro», liberador de todos –judíos y paganos–, porque aún no han experimentado la alegría de la salvación.
La comunión de fe con el Señor nos infunde el Espíritu Santo, que nos hace sentir el amor salvador del Padre y nos da la experiencia de la libertad cristiana. Qué bueno que la eucaristía nos conduzca a vivir esa feliz experiencia de liberación y salvación.
Feliz viernes.

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