La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

312

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XXII semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,15-20):

 

Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 99,2.3.4.5

 

R/. Entrad en la presencia del Señor con vítores

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R/.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias
y bendiciendo su nombre. R/.

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,33-39):

 

En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.»
Jesús les contestó: «¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán.»
Y añadió esta parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: «Está bueno el añejo.»»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Viernes de la XXII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
 
El designio del Padre realizado por medio de su Hijo, expresión de la «sabiduría» divina, es el objeto de un himno de alabanza que es, al mismo tiempo, profesión de fe. Dicho himno comienza en el v. 13, como expresión de gratitud a Dios Padre por la salvación ya efectuada a través del Hijo de su amor. El himno tiene dos partes: en la primera (vv. 13-17) se describe la acción del Padre creador del universo y su revelación por medio de su Hijo; en la segunda (vv. 18-20), se presenta ese mismo Hijo en su relación con la Iglesia y con la humanidad.
Asumimos hoy los dos versículos (13-14) que omitimos ayer, por considerar que hacen parte de este himno. En efecto, desde el v. 13 se dirige la mirada hacia el Padre y su obra liberadora y salvadora, desde una perspectiva trascendente. Desde el v. 18, en una perspectiva histórica, la mirada se dirige a la obra del Hijo en su condición de revelador del Padre.
 
Col 1,15-20.
El autor describe el papel del Mesías en un horizonte cósmico y en el trasfondo de lo que en el Antiguo Testamento se dice de la Sabiduría (personificada) de Dios que dirige de un modo armonioso la creación y el curso del universo. El Mesías encarna la Sabiduría divina; en él se esconden «todos los tesoros del saber y del conocer» (Col 2,3). Dándole nombre personal a la sabiduría, el autor se aparta de las sabidurías especulativas de la época.
1. Primera parte.
Siguiendo el esquema del éxodo, describe la acción liberadora y salvadora del Padre al sacar de la esclavitud del pecado (ya no de un país opresor: Egipto, Babilonia) y conducir al reino de su Hijo (la nueva tierra prometida). La «autoridad de las tinieblas» (ἡ ἐξουσία τοῦ σκότους v. 13) se opone al «poder que irradia de él (de su gloria)» (τὸ κράτος τῆς δόξης αὐτοῦ v. 11): aquella, «autoridad» que mata; este, «poder» que infunde vida. Este es un caso particular del Nuevo Testamento, en el que la «autoridad» tiene unas connotaciones negativas (cf. 1,13.16; 2,10.15), en tanto que «poder» (única mención) las tiene positivas. Con el término «autoridad» designa el autor los poderes mundanos, de los cuales libera el Padre por la acción del Hijo. Se trata del éxodo cristiano, pero aquí se refiere al traslado al «reino de su Hijo querido», es decir, a la comunidad cristiana, en donde el Hijo resucitado ejerce su señorío liberando a las personas para que, a su vez, estas se pongan al servicio de la liberación de los demás. Dicha liberación (en lenguaje arcaico, «redención») comienza dentro de cada persona («perdón de los pecados») y es condición indispensable para realizar la obra del Padre y del Hijo (v. 14).
El Hijo es la presencia viva, visible y activa de su Padre («imagen de Dios invisible»), por él es posible conocer al Padre y diferenciarlo de los ídolos. Por eso él es «primogénito de toda criatura», es decir, el Hijo predilecto por ser en todo como el Padre (cf. Hb 1,3.6). El Dios invisible se revela visiblemente como Padre por medio de este Hijo singular (v. 15).
Así como en el AT la Sabiduría personificada estaba al principio de las obras de Dios, así lo está su Hijo como causa instrumental de toda la creación. Las oposiciones «celeste y terrestre, visible e invisible» constituyen una afirmación de totalidad. Y es aquí donde aprovecha el autor para subordinar todo al Hijo y anular las creencias populares en mediadores cósmicos («Tronos» o «Majestades», «Dominaciones» o «Señoríos», «Principados» o «Soberanías», y «Autoridades»), creencias elaboradas a partir de un sincretismo doctrinal ajeno a la fe (v. 16).
«Él está por delante de todo» (lit.), expresión que implica anterioridad en el origen y en el fin («primero y último»: cf. Isa 44,6; Apo 1,8.17). Es decir, el Hijo es el arquetipo y el culmen del universo. Además de ser origen, el Hijo es también modelo y meta de todo, porque él es su fundamento, el que le da su consistencia. El universo no se sostiene en su consistencia física sino en la unidad que el Hijo le confiere (v. 17).
2. Segunda parte.
En relación con la Iglesia, este vínculo con el Hijo es muy estrecho porque, por la fe, o sea, por la adhesión consciente a él, él ejerce sobre ella un influjo vital. Como cabeza de la Iglesia, ella es su cuerpo, es decir, su presencia activa e identificable en el tiempo y en el espacio, y él es el primero de la nueva creación, la humanidad que supera la muerte. Por esa razón, todo se subordina a él. No es cuestión de dominio sino de donación de la existencia e infusión de la vida divina (el Espíritu), que se derivan de su singular relación con el Padre. La primacía del Hijo se afirma con otra «primogenitura», la resurrección de la muerte, que es la que otorga la plena condición de Hijo de Dios (cf. Rom 1,4) porque ya no existe vestigio alguno de esta vida mortal, solo la vida del Espíritu. Así él se constituye en el primero de los nacidos a esa vida eterna. Y es el primero en todo (v. 18).
Porque «la plenitud total» (Dios, cf. 2,9) quiso habitar en él. Otra afirmación con la cual Pablo se adelanta a descalificar la plenitud que a los colosenses les proponían que lograrían con el culto a los presuntos mediadores cósmicos: El Hijo es el único ser en el cual habita la plenitud divina y en el cual se puede alcanzar esa misma plenitud. Dios es plenitud en sí mismo, pero también es plenitud del universo, en el sentido de que él lo llena todo (cf. Is 6,3; Sab 1,7), y «que está sobre todos, entre todos y en todos» (Ef 4,6), particularmente en el Hijo (v. 19).
Y esa plena presencia de Dios en él tiene una finalidad muy concreta: restaurar el orden de la creación. «Reconciliar» todo con Dios es restaurar el orden en donde había caos: entre «lo terrestre» (la humanidad) y «lo celeste» (Dios). Pero esta reconciliación supone y exige la paz o reconciliación ente los hombres. Y esta se ha dado por la entrega de amor de Jesús en la cruz y la efusión del Espíritu sobre toda carne (doble significado de «la sangre de su cruz»). No puede haber verdadera reconciliación sin la demostración de un amor por encima de los intereses individuales. Así el Hijo restaura la obra del Padre, dando vida por amor (v. 20).
 
La «reconciliación» resume y abarca lo que en el evangelio se expresa con los verbos «sanar», «curar», «limpiar», etc., que señalan aspectos diversos de esa restauración del ser humano, de sus interacciones sociales y de su relación con Dios.
Esta «reconciliación» se lleva a cabo por el volcamiento de la plenitud divina en la condición humana, comenzando por Jesús, que es primogénito de la primera creación y primogénito de la definitiva. Esta plenitud se concreta en el don del Espíritu, que nos hace nacer de nuevo y nos hará resucitar para la vida definitiva. Dios habita ya en nosotros y seremos su morada permanente en la futura dicha interminable (cf. Ap 21,1-7).
La salvación es una realidad irreversible. El Padre ha realizado por el Hijo tanto la primera como la nueva creación. Signo sacramental de esta obra es la conversión del pan y del vino (primera creación) en Cuerpo y Sangre del Hijo (nueva creación). Y esto se hace realidad en nosotros por la fuerza misma del Espíritu, presente el sacramento celebrado y vivido con fe.
Feliz viernes.

Comentarios en Facebook

Deja una respuesta

Ingresa tu comentario
Por favor, ingrese su nombre aquí