La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XXI semana del Tiempo Ordinario. Año I

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (4,1-8):

Por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús. Esto quiere Dios de vosotros: una vida sagrada, que os apartéis del desenfreno, que sepa cada cual controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Y que en este asunto nadie ofenda a su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos. Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino sagrada. Por consiguiente, el que desprecia este mandato no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 96,1.2b.5-6.10.11-12

R/.
 Alegraos, justos, con el Señor

El Señor reina, la tierra goza, 
se alegran las islas innumerables. 
Justicia y derecho sostienen su trono. R/.

Los montes se derriten como cera 
ante el dueño de toda la tierra; 
los cielos pregonan su justicia, 
y todos los pueblos contemplan su gloria. R/. 

El Señor ama al que aborrece el mal, 
protege la vida de sus fieles 
y los libra de los malvados. R/. 

Amanece la luz para el justo, 
y la alegría para los rectos de corazón. 
Alegraos, justos, con el Señor, 
celebrad su santo nombre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.» Pero las sensatas contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.» Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos.» Pero él respondió: «Os lo aseguro: no os conozco.» Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Viernes de la XXI semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
El apóstol da unas instrucciones a la comunidad. Primero formula un principio general que sirve de fundamento a toda la parénesis. Después da recomendaciones de carácter personal que derivan naturalmente hacia recomendaciones para la convivencia comunitaria. Parte de estas últimas se concentran en la relación de amor fraternal, en la cual se extiende, en el que será el texto de la lectura de mañana.
Se puede pensar que las instrucciones y aclaraciones que siguen en el resto de la carta dejan entrever lo que Pablo considera «las deficiencias» (τὰ ὑστερήματα) de la fe de la comunidad (cf. 3,10). Se trata de criterios de conducta propios de la vida de fe, de amor y de esperanza propia de los cristianos. La opción fundamental por Jesús necesita hacerse explícita de varios modos en la conducta personal y en la convivencia comunitaria y social. Es «deficiente» la fe que no transforma la vida individual en vida cristiana, y la convivencia social en fraternidad cristiana. Pasado, presente y futuro, individuos y sociedades quedan afectados por la fe.
 
1Ts 4,1-8.
La fe implica una ruptura con el pasado, un «ya no más…», define de un modo alternativo el presente («ahora…») y perfila un futuro al que se aspira, que el presente no colma («todavía no…»). Esto se da porque el creyente es un «hombre nuevo» que experimenta el reinado de Dios y busca «el reino de Dios y su justicia», por el cual trabaja.
En general, se trata de una insistente exhortación a seguir creciendo. La vida cristiana jamás se estanca, a Dios le agrada el desarrollo de sus hijos. La conducta que el apóstol insiste ahora en reiterar «por el Señor Jesús» remite a la opción de fe y a su criterio fundamental. Eso fue lo que el grupo enseñó con su testimonio «para agradar a Dios». El apóstol admite que los tesalonicenses de hecho están portándose así, y los anima a continuar en esa tónica. Tanto más, cuanto el propósito que los anima no es «agradar a hombres» (cf. 2,4), propósito que el grupo misionero descartó de plano desde el comienzo.
Las instrucciones son reiteradas, no constituyen una novedad; el grupo misionero se las dio a conocer «en nombre del Señor Jesús» desde la primera evangelización.
El designio (θέλημα) de Dios respecto de ellos es una vida consagrada (santa), y eso significa:
a) Apartarse del libertinaje sexual (πορνεία), que cada uno sea dueño de sí mismo, sin dejarse arrastrar por los bajos instintos, como sucede entre «los paganos que no conocen a Dios». El autocontrol, más que disciplina, es consagración a Dios, respeto por sí mismo y, sí, ejercicio del señorío de Jesucristo en la propia vida. Este señorío es posible gracias al Espíritu Santo.
b) Evitar la ofensa y el engaño (la afrenta y la traición) al hermano «en este asunto», o sea, en cuestiones de moral sexual, ya que ellos saben que el Señor (Jesús) reprueba eso. La sociedad pagana, de la que provenían los cristianos, toleraba la licencia y la promiscuidad en conductas sexuales que el judaísmo (y luego el cristianismo) consideraba abominables.
El «designio» de Dios y las exigencias de la fe en el Señor Jesús revisten un carácter distintivo: los que no se atienen a este género de vida demuestran su inexperiencia del verdadero Dios, o sea, están en el engaño; los que engañan a su «hermano» (supuestamente creyente) oponen su vida a la opción de fe que manifestaron haber hecho, asemejándose a los paganos. Por eso hay que asumir esas instrucciones guiados por una triple motivación de fe:
a) La «venganza» del Señor. La expresión «el Señor es vengador (ἔκδικος) de todo eso» hace alusión al hecho de que el Señor no es indiferente a la injusticia y reivindica la justicia de las víctimas (cf. Apo 6,10; 19,2). Pero la «venganza» que el Señor reclama para sí se contrapone a la que practican los hombres, porque dos males no hacen un bien (cf. Rom 12,19).
b) La «vocación» por parte de Dios. El apóstol descarta primero lo que a los tesalonicenses les parecía normal a causa de sus costumbres sociales («Dios no nos llamó a la inmoralidad»), para establecer después cuál es la vocación que él hace («… sino a una vida consagrada»). En esta contraposición se refleja el «antes» y el «después» que produce la fe.
c) El origen de las instrucciones. Puesto que ellos reconocieron que la palabra que les llevaron los misioneros era de origen divino y no humano (cf. 2,13), rechazar estas instrucciones que Pablo les transmite no es lo mismo que cerrar los oídos a los propagandistas de filosofías o de religiones, o a los charlatanes de oficio, sino rechazar al Espíritu Santo de Dios.
Es decir, el designio de Dios –para cuya realización él envió a su Hijo e infundió su Espíritu Santo– consiste en que el hombre escape del «mundo» (el nuevo éxodo) e ingrese en el reino, donde se deja conducir por el Espíritu Santo. Si rechaza las instrucciones de Dios, rechaza la guía del Espíritu, se frustra el éxodo fuera del mundo y, por consiguiente, el propósito de la fe. Las instrucciones tienen la finalidad de poner al alcance del creyente la ayuda del Espíritu Santo para que salga de sí mismo, en primer lugar, y, en definitiva, para que salga del mundo injusto en el que vivió hasta antes de su encuentro con el Señor.
La mención del Espíritu Santo reviste una particular importancia en este momento, ya que es la primera de las dos veces que ocurre en esta carta. La segunda se refiere precisamente al hecho de estar abiertos a los mensajes inspirados por él, haciendo el debido discernimiento (cf. 5,19-22). Los tesalonicenses, que tuvieron la sensatez de distinguir la palabra de Dios de las palabras humanas y escogieron bien al aceptar como palabra de Dios el mensaje de Jesús («la buena noticia»), no pueden ahora equivocarse rechazando las instrucciones que muestran las consecuencias prácticas de la palabra de Dios; eso sería privarse del Espíritu Santo.
 
Las comunidades no solo han de distinguirse por su visible espíritu de superación, el dominio de sí y la decencia de sus costumbres; tampoco basta el respeto por las normas de convivencia y la rectitud moral de sus miembros. También se requiere la responsabilidad de todos y cada uno en relación con la convivencia social. Son luz para el mundo, no carga para la sociedad; sal de la tierra, no levadura de corrupción. Las exigencias de la vida moral –particularmente las de la moral sexual– muestran la efectividad del señorío de Jesucristo en el cristiano, pero no como una imposición exterior, sino como una capacidad interior; demuestran el amor del Espíritu Santo en las relaciones fraternas, muy por encima de las leyes religiosas o sociales; y dan testimonio de lo que significa la consagración al Dios que los cristianos llaman Padre, a diferencia de los cultos de los pueblos paganos a sus dioses.
La eucaristía, por ser banquete de vida, es escuela de convivencia cristiana. Quienes en ella nos reunimos en asamblea fraterna nos comprometemos públicamente a mostrar con nuestra vida y nuestra convivencia que estamos consagrados al Padre y que nuestra consagración es creciente. El pan que partimos y compartimos nos configura cada día más con aquel a quien seguimos, Jesucristo, el Señor.
Feliz viernes.

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