La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XI semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (11,18.21b-30):

Son tantos los que presumen de títulos humanos, que también yo voy a presumir. Pues, si otros se dan importancia, hablo disparatando, voy a dármela yo también. ¿Que son hebreos?, también yo; ¿que son linaje de Israel?, también yo; ¿que son descendientes de Abrahán?, también yo; ¿que si ven a Cristo?, voy a decir un disparate: mucho más yo. Les gano en fatigas, les gano en cárceles, no digamos en palizas y en peligros de muerte, muchísimos; los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes menos uno; tres veces he sido apaleado, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa. Y, aparte todo lo demás, la carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿quién cae sin que a mí me dé fiebre? Si hay que presumir, presumiré de lo que muestra mi debilidad.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33,2-3.4-5.6-7

R/. El Señor libra a los justos de sus angustias

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,19-23):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Viernes de la XI semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Pablo rebate las acusaciones personales y afirma que, aunque no habla elocuente, procede con pulcritud, la que les falta a los «super apóstoles» (ὑπερλίαν ἀπόστολοι). Manifiesta que se propone desenmascararlos, porque son «falsos apóstoles, obreros tramposos disfrazados de apóstoles del Mesías», imitadores de Satanás en el arte de mimetizarse. Pero pronostica que el final de ellos corresponderá a sus obras (cf. vv. 12-15, omitidos).
Los corintios no se daban cuenta de que al dejarse deslumbrar por los títulos humanos que se arrogaban los «super apóstoles» ellos mismos se ponían en condición de inferioridad respecto de quienes luego los humillaban haciéndolos sentir inferiores y justificando así su pretensión de superioridad y dominio, y allanándoles el camino para que ellos los despojaran.
Por eso, Pablo se propone ahora«presumir» de tales títulos, advirtiendo que eso constituye una «insensatez». Enseguida, Pablo pasará a alardear de sus títulos. Pero antes hace constar que los corintios soportan sin problemas a quienes los esclavizan, explotan, engañan y humillan. Y, en eso, ciertamente, él se reconoce «débil» (que era una de las acusaciones que le hacían: vv., 19-20, omitidos). La fina ironía consiste en hacerles entender que el «débil» los respeta, en tanto que los otros, que son «audaces» –y considerados por ellos dignos de admiración–, los irrespetan.
 
2Cor 11,18.21b-30.
Pablo –consciente de que es un disparate–, se refiere a los títulos de pureza de sangre, que en acasos polémicos saca a relucir (cf. Hch 21,39; 22,3; Rom 11,1; Fil 3,4-5): origen hebreo, linaje israelita, familia de Abraham, y declara que en eso están en igualdad de condiciones. Finalmente, se refiere a la condición de «servidores» (διάκονοι) del Mesías, y afirma que él lo es mucho más. Hay que tener en cuenta aquí que διάκονος denota al amigo que ayuda a su igual con afecto, no al esclavo (δοῦλος). Y enumera las varias penalidades que ha sufrido por llevar la buena noticia.
Primero, se refiere a cuatro en las cuales pondera su ventaja personal sobre sus antagonistas: fatigas («mucho más»), encarcelamientos («mucho más»), palizas («muchísimo más») peligros de muerte («repetidas veces»). En todas ellas les gana.
Enseguida, detalla tres condenas: Cinco veces castigado con los cuarenta azotes menos uno (cf. Dt 25,3: para no excederse, le daban 39), de las cuales consta la de Filipos (cf. Hch 16,22); tres veces fue apaleado (con bastones; no hay noticias de esta condena); y una vez fue condenado a lapidación, hecho que se produjo en Listra (cf. Hch 14,19).
Después reporta tres tipos de incidentes en la misión: tres naufragios, zozobra de un día y una noche a pleno mar abierto, y fatigosos viajes a pie en zonas inhóspitas y plagadas de toda clase de peligros (en ríos, por bandidos, de paisanos y paganos, en ciudades y en desiertos, en el mar y por los falsos cristianos). Los viajes, tanto por vía terrestre como por las vías fluvial y marítima, tenían una alta dosis de riesgo. Los salteadores abundaban en los caminos.
Además de eso, sus necesidades insatisfechas: cansancios, privación del sueño, del alimento y de la bebida, días enteros a menudo en ayunas, carencia de abrigo e insuficiente vestido. Carencias que no se deben a mera insuficiencia económica, sino a los «peligros» que enumeró antes. Pese a que la hospitalidad era una norma sagrada, no faltaban los rechazos fanáticos que obligaban a los misioneros a vivir en estrechez y con escasez.
Por último, la solicitud por todas las comunidades, como consecuencia de su responsabilidad en su condición de apóstol. Las cuatro listas anteriores hablan de penalidades exteriores, de carácter ocasional; ahora se refiere a algo interior y constante («la carga de cada día, la preocupación por todas las comunidades»). Pablo fundaba iglesias y no se desentendía de su crecimiento; era, a la vez, un infatigable evangelizador y un desvelado pastor. Se preocupaba por la vida de cada uno de los miembros de las comunidades («¿quién enferma sin que yo enferme?»; cf. 1Cor 9,22), así como por su fidelidad («¿quién cae sin que a mí me dé fiebre?»).
El servicio a Cristo se identifica con los padecimientos a causa de su nombre. Esto significa que Pablo ha tomado nota de las condiciones para el auténtico discipulado (cf. Mc 8,34). Libremente ha asumido la decisión de seguir a Jesús. Y esta libertad no es solo exterior, es decir, ausencia total de coacción, sino –ante todo– interior: no lo animan otras intenciones (riqueza, dominio o renombre) para dedicarse a la causa de Jesús. Voluntariamente ha renegado de sí mismo. Y esta voluntad implica –además de deponer ambiciones personales– la renuncia a sus seguridades –e incluso a sus derechos– para poner su vida entera al servicio de la buena noticia. Generosamente ha aceptado cargar la cruz. El rechazo que experimenta por parte de los suyos y de los paganos, e incluso por parte de «falsos hermanos», entre los cuales se cuentan los «super apóstoles», le da la seguridad de hacer su propio viacrucis detrás del Señor.
Afirma que esos son sus títulos de honor; que no presume de fuerte, sino de lo que muestra su «debilidad» (es decir, su fragilidad humana), y asegura que Dios sabe que dice la verdad. Pablo no es un superhumano, sino un ser humano que decidió servirle a Dios. En estos padecimientos, en los cuales también ha experimentado la persecución por parte del poder pagano, se considera unido e identificado con Jesús Mesías (cf. vv. 31-33, omitidos).
 
De todo lo expuesto, se deduce que los «super apóstoles» se caracterizan por estos rasgos:
1. Se aprovechan de las comunidades. Las manipulan, las despojan, las engañan y las hacen sentir indignas, incompetentes y culpables, como si fueran amos de las mismas. No son interiormente libres y, por eso, conducen sus relaciones con las comunidades y sus miembros con un sutil pero reprochable esquema de dominación.
2. Se presentan ante ellas alegando títulos «según la carne» y pretendiendo ser reconocidos con un rango superior por ese concepto. Esta búsqueda de reconocimiento, que no es mera vanidad, es un recurso para establecer la desigualdad y justificar la dominación con base en una supuesta superioridad de parte de ellos.
3. Rehúyen la cruz. No consideran que los trabajos por la buena noticia los hagan crecer como discípulos, buscan su propia promoción en títulos honoríficos, en ejercicios de dominación y en la acumulación fraudulenta de bienes. Entre los requisitos para el apostolado, ellos no incluyen los sacrificios por la causa de la buena noticia.
Son cosas para meditar también hoy. Lamentablemente, ese tipo de mentalidad sobrevive a pesar de todo. El Señor quiere vernos como sus amigos personales (διάκονοι) que comparten con él la pasión por el reino de Dios y que libre, gustosa y generosamente le meten el hombro a la tarea con la alegría de quien tiene la esperanza de una más generosa recompensa. A eso nos llamó. Y esa es la invitación que nos hace cuando nos ofrece el pan eucarístico, invitación que aceptamos decididamente cuando en público le decimos «¡amén!».
Feliz viernes.

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