La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la X semana del Tiempo Ordinario. Año I

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5,14-21):

Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie según la carne. Si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no. El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo-, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no habla pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 102,1-2.3-4.8-9.11-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor, 
y todo mi ser a su santo nombre. 
Bendice, alma mía, al Señor, 
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas 
y cura todas tus enfermedades; 
él rescata tu vida de la fosa 
y te colma de gracia y de ternura. R/.

El Señor es compasivo y misericordioso, 
lento a la ira y rico en clemencia; 
no está siempre acusando 
ni guarda rencor perpetuo. R/. 

Como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor.» Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir «sí» o «no». Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general
Sábado de la X semana del Tiempo Ordinario. Año I.

La entereza del apóstol se funda en la promesa de Dios y en su propia experiencia del amor y la vida que le da el Espíritu del Señor. No se afirma en lo transitorio, sino en lo definitivo. Porque esta condición terrestre es pasajera, pero su precariedad, incluso aunque quisiéramos retenerla, nos permite experimentar la vida superior que nos garantiza el Espíritu Santo. Sentimos doble nostalgia: por esta condición, que no quisiéramos perder, y por estar con el Señor, que es, sin duda, nuestro mayor anhelo. Finalmente, a causa de la muerte inevitable, compareceremos «ante el tribunal del Mesías», y su juicio misericordioso será el reconocimiento de nuestra respuesta al amor que Dios nos manifestó (cf. 2Co 4,17-5,10: omitido).
El cristiano no vive de apariencias, no busca llamar la atención ni recibir aprobación humana. Lo que él pretende es que se sientan tranquilos respecto de él, para que lo distingan de sus antagonistas, que viven de apariencias (cf. 2Co 5,11-13: omitido).

2Cor 5,14-21.
Quien conoce el amor de Jesús, que dio su vida por los suyos, tiene como norma de vida dicho amor, que es real e histórico, no aparente. «Es que el amor del Mesías no nos deja escapatoria». Que el Mesías haya muerto «por todos» –es decir, en nombre de todos–, como representante de la humanidad entera, significa que murió en lugar de todos, y que –por lo tanto– todos murieron. Esa muerte tiene un significado y un valor propios: es la entrega de la vida para realizar el designio del Padre. Los que –por el bautismo– participan de la muerte del Mesías ratifican esa solidaridad con él dando el mismo testimonio de amor que él dio. En ese sentido, «no deja escapatoria». La experiencia de ese amor no deja más alternativa que amar del mismo modo. O sea, los que viven la nueva vida (el Espíritu) «ya no viven para sí mismos», no están centrados en su egoísmo, sino que viven «para el que murió y resucitó por ellos», es decir, viven a imagen de Jesús. La perífrasis «para el que murió y resucitó por ellos» –en vez del nombre de Jesús– significa que el cristiano vive para realizar un ideal, la entrega vivificadora de su Señor, y no para ensimismarse en una relación cerrada con él. Jesús no absorbe al creyente, al contrario, su Espíritu lo potencia para que salga de sí mismo y se dé a los demás como él.
Porque el cristiano es un «hombre nuevo», entabla con los demás nuevas relaciones y genera una «nueva humanidad», que es, a la vez, hombre nuevo y nueva sociedad. Dejar de valorar a la gente por las apariencias («según la carne») significa ir más allá de las apariencias y valorar las personas desde la perspectiva del amor del Mesías. Pablo y muchos otros valoraron a Jesús con criterios «según la carne», y por eso se equivocaron con él. Ya Pablo, y otros con él, no lo valoran así; ese cambio de perspectiva significa haber pasado del grupo de «los hombres» a la comunidad de los seguidores de Jesús. Es que el amor del Mesías, manifestado en la cruz, puso a disposición de la humanidad el Espíritu, para que el ser humano pueda romper efectivamente con el egoísmo y la injusticia («pecado») a fin de hacer presente a Dios de una forma efectiva en la sociedad humana. Así que donde hay un cristiano («si alguno está en Cristo») hay humanidad nueva, es decir, existe ya una nueva creatura y, por tanto, una nueva creación: «lo viejo ha pasado… existe algo nuevo».
La experiencia de ese amor descubre la certeza de que Dios, por medio del Mesías, inauguró una nueva alianza (nueva relación), tomando la iniciativa de la reconciliación, y derrochó generosidad haciéndonos a todos capaces de hacer lo mismo por los demás. Ese término, «reconciliación», podía evocar un sentido histórico preciso para los corintios. Después de que la ciudad hubo sido arrasada por Lucio Mumio en el 146 a. C. y reconstruida por Julio César en el 44 con el nombre de Colonia Iulia Corinthia, este proclamó una «reconciliación» acogiendo de toda Grecia y del resto del Imperio gente con pasado irregular, a la que hizo gracia de una amnistía. Pablo le aplica la imagen al Mesías, pero indica cuánto le costó esta reconciliación a Dios. Porque Dios «estaba reconciliando el mundo consigo, cancelando la deuda de los delitos humanos, y depositando en nuestras manos el mensaje de la reconciliación». Por eso, dice, «somos embajadores del Mesías, y es como si Dios exhortara por medio nuestro». A través de nuestro limitado amor, podemos transmitir el Espíritu Santo y en nombre del Mesías exhortar a los hombres a dejarse reconciliar con Dios. El pronombre «nosotros» que usa Pablo se refiere a los cristianos. La comunidad es depositaria de ese carácter de «embajada» y de la respectiva exhortación. El costo que tuvo para Dios esa reconciliación consistió en que, siendo el Mesías inocente, sufrió las consecuencias del pecado de todos (judíos y paganos) para que nosotros (los embajadores de la reconciliación), por el don del Espíritu que nos obtuvo el Mesías, llegáramos a ser justos. Dicho de otro modo, Dios hizo al Mesías solidario con la humanidad pecadora para que los pecadores, al adherirnos por la fe al Mesías, nos hiciéramos solidarios con su inocencia. Esta reconciliación no es mero producto de la persuasión, sino que es fruto de la experiencia del Espíritu Santo a través de la demostración de un amor como el de Jesús.

El amor de Dios, «encarnado» por el Mesías, se convierte para sus seguidores en apreciación de valor, criterio de juicio y norma de vida. Ese amor es la urgencia que anima al creyente a vivir su fe. El cristiano «encarna» ese amor cuando acepta a Jesús como su ideal humano, su sabiduría y sensatez, su línea de conducta, tanto en la vida personal como en su convivencia social. Valorar a las personas con el amor del Mesías, juzgarlas con ese mismo amor y convivir con ellas a la luz de las exigencias del amor, eso es ser cristiano, seguidor del Mesías.
Así como Jesús cargó nuestro pecado (sufrió sus consecuencias) y no reaccionó con ira sino con un perdón reconciliador, también nosotros «carguemos el pecado» de otros y prolonguemos la obra reconciliadora del Mesías. Para eso fuimos «ungidos» y «sellados» con el Espíritu Santo, que es «prenda» de nuestra herencia. Estamos llamados a garantizarle a la humanidad del perdón de Dios a través del nuestro.
Y derivamos esa capacidad del Espíritu, que se nos renueva cuando celebramos la eucaristía y confirmamos así nuestra adhesión al Señor.
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.

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