La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la VI semana del Tiempo Ordinario. Año I

San Policarpo, obispo y mártir. Memoria obligatoria, color rojo

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (11,1-7):

HERMANOS:
La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.
Por ella son recordados los antiguos.
Por la fe sabemos que el universo fue configurado por la palabra de Dios, de manera que lo visible procede de lo invisible.
Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio mejor que Caín; por ella, Dios mismo, al recibir sus dones, lo acreditó como justo; por ella sigue hablando después de muerto.
Por la fe fue arrebatado Henoc, sin pasar por la muerte; no lo encontraron, porque Dios lo había arrebatado; en efecto, antes de ser arrebatado se le acreditó que había complacido a Dios, y sin fe es imposible complacerlo, pues el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan.
Por la fe, advertido Noé de lo que aún no se veía, tomó precauciones y construyó un arca para salvar a su familia; por ella condenó al mundo y heredó la justicia que viene de la fe.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,2-3.4-5.10-11

R/.
 Bendeciré tu nombre; Señor, por siempre

V/. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

V/. Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. R/.

V/. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,2-13):

EN aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía qué decir, pues estaban asustados.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.
Le preguntaron:
«¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
Les contestó él:
«Elías vendrá primero y lo renovará todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito acerca de él».

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
 
Sábado de la VI semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Los primeros 11 capítulos del libro del Génesis, que hasta ayer meditamos, contienen un mensaje de fe, no una enseñanza de astrofísica, ni de cosmología, ni de antropología. Es muy importante reiterar esta claridad para que no se distorsione el mensaje de la fe ni se cree un conflicto artificial entre ciencia y fe, que carece de sentido.
 
La fe implica una relación personal con Dios por la cual se le atribuye la autoría de «los mundos y las edades» (Heb 1,2), dado el conocimiento que de él se tiene a partir de dicha relación. Esto es, la convicción de fe de que Dios es el autor del espacio y del tiempo no se fundamenta en una deducción filosófica ni científica, sino experiencial, es decir, es un saber derivado de la relación interpersonal con él. Esto no obsta para que el hombre de fe compruebe la racionalidad de su fe recurriendo a la filosofía y constatando que puede ser, a la vez, filósofo, científico y creyente.
 
De esta fe, en una perspectiva concreta, trata la carta de los hebreos.
 
Heb 11,1-7.
El autor comienza indicando a qué se refiere cuando habla de fe. Una realidad tan compleja tiene muchos aspectos, pero a él no le interesa hacer «teoría» o teología de la fe; su finalidad es muy precisa: se propone revitalizar la fe de los destinatarios de su sermón, fe que muestra síntomas de cansancio por la escasa libertad interior y por el desaliento sin esperanza de los creyentes (cf. Heb 3,6), que se mueve en el mismo punto, está tentada de dar marcha atrás (cf. Heb 3,10-4,11) y no muestra avances notables en su esperado proceso de maduración (cf. Heb 5,11-6,6). Así que él describe (no define) la fe en función de esa intención como una persuasión cierta que da una visión más profunda (y realista) de las circunstancias presentes y actúa en contravía de lo aparente (cf. Heb 10,32-34) y con la expectativa de un futuro que da por seguro.
 
En términos generales, la fe es la razón por la cual Dios aprobó «a los antiguos».
Primero, la fe ayuda a ver más allá de las causas naturales para descubrir que fue su palabra la que formó los mundos, de forma que lo que se ve tienen su origen en lo que no se ve. Este es el punto capital de su afirmación: una realidad no-visible da razón de la realidad visible. Luego, aporta testimonios de esa clase de fe, es decir, de hombres que se apoyan en esa certeza y, por eso, actúan de manera inexplicable, pero esa certeza les infunde un diferente sentido a la propia vida. Los ejemplos que propone de los primeros 11 capítulos del Génesis, no eran usuales en su época para hablar de la fe. Posiblemente, su intención consiste en proponer testigos que no sean del patrimonio exclusivo de los israelitas, sino de un horizonte más universalista:
 
1. Abel.
La superioridad del sacrificio de Abel con respecto del de Caín no es preferencia arbitraria de Dios, sino consecuencia de la fe de Abel, que se verifica en su rectitud personal, la que cualifica sus dones haciéndolos aceptos a Dios (cf. Heb 13,16). Los profetas insistían en que los dones manchados de injusticia eran inaceptables para Dios (cf. Is 1,10-19). Esa fe es la que le confiere valor a su sangre (su vida interior) haciéndola elocuente aún después de muerto él. Quiere decir que la integridad de Abel le da coherencia a su vida y hace que sea ejemplar, por su fe, incluso después de muerto. La vida del creyente perdura.
2. Henoc.
La salvación de Henoc «sin pasar por la muerte» muestra otro alcance de la fe: dar una vida de intimidad con Dios como resultado de esa fe por la cual él agradaba a Dios. El libro del Génesis insiste en el trato de Henoc con Dios (cf. Gen 5,22.24) como la razón por la que Dios se lo llevó. El autor afirma que «sin fe es imposible agradar a Dios», de donde deduce que Henoc era un exponente de esa fe. Su trato íntimo con Dios se basa en dos hechos: creer que Dios existe y que recompensará a los que lo buscan. El Dios vivo y remunerador garantiza la permanencia del creyente. La fe en la existencia de Dios no es metafísica, es exclusión de los ídolos.
3. Noé.
La fe de Noé se manifiesta en que da crédito al mensaje de Dios, cuyo anuncio no muestra realidades visibles ni tangibles, pero sí terribles. Su fe se concretó en que construyó el arca y se aseguró así la salvación, es decir, en hacer caso al mensaje en el que había creído. La fe de Noé denunció el sinsentido del mundo y así adquirió el derecho a la salvación que procura la misma fe. Noé es presentado en oposición al mundo, como llevándole la contraria, característica muy importante de la fe de todos los tiempos, y que el autor quiere urgir en los destinatarios de su escrito. El creyente es un nadador a contracorriente.
4. Balance.
La fe por la que Dios «declaró su aprobación a los antiguos» se ejemplifica de modo universal a partir de tres figuras (totalidad homogénea): Abel, quien le tributó culto a Dios con «un sacrificio superior» y, a causa de eso padeció a manos de su hermano; Henoc, quien se fio de Dios y esperó su recompensa, y Dios lo libró de la muerte; y Noé, quien dio crédito al juicio de Dios respecto de una convivencia social sin razón de ser, y le apostó a un mundo nuevo creyéndole a Dios.
 
La fe en el Dios vivo y vivificador le da un sentido diferente a la vida humana, saca al hombre de la mediocridad y lo lleva por un camino de justicia que contrasta con los criterios comúnmente admitidos. Perseverar en este género de vida requiere de un trato íntimo con Dios para hacerle frente a la muerte con una actitud de plena confianza en que él no solo da sentido, sino también consistencia a la vida personal. El creyente no es un contradictor de oficio, es testigo de un mundo invisible, futuro y mejor, más cierto que el que se alcanza a ver con los ojos. Y dando testimonio de esa realidad se convierte en testigo del Dios vivo y remunerador, es decir, en el Dios que da la vida, la salva y la prolonga más allá de la muerte.
Los cristianos podemos comprender el mensaje de esos tres primeros antepasados con mayor claridad, porque Jesús nos ha dado el conocimiento de Dios más allá de la revelación antigua, y nos permite experimentar al Padre que nos da su Espíritu y nos hace partícipes de su propia vida en un trato muy personal, con nombre propio: nos llama y nos hace efectivamente hijos suyos. En la eucaristía, a través de su Hijo, nos hace sentir hijos en torno a la mesa familiar, alimentando nuestra vida con la suya por la generosa comunicación de su Espíritu Santo.
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.

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