La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de la XIV semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la profecía de Daniel (5,1-6.13-14.16-17.23-28):

En aquellos días, el rey Baltasar ofreció un banquete a mil nobles del reino, y se puso a beber delante de todos. Después de probar el vino, mandó traer los vasos de oro y plata que su padre, Nabucodonosor, había cogido en el templo de Jerusalén, para que bebieran en ellos el rey y los nobles, sus mujeres y concubinas. Cuando trajeron los vasos de oro que habían cogido en el templo de Jerusalén, brindaron con ellos el rey y sus nobles, sus mujeres y concubinas. Apurando el vino, alababan a los dioses de oro y plata, de bronce y hierro, de piedra y madera. De repente, aparecieron unos dedos de mano humana escribiendo sobre el revoco del muro del palacio, frente al candelabro, y el rey veía cómo escribían los dedos. Entonces su rostro palideció, la mente se le turbó, le faltaron las fuerzas, las rodillas le entrechocaban.
Trajeron a Daniel ante el rey, y éste le preguntó: «¿Eres tú Daniel, uno de los judíos desterrados que trajo de Judea el rey, mi padre? Me han dicho que posees espíritu de profecía, inteligencia, prudencia y un saber extraordinario. Me han dicho que tú puedes interpretar sueños y resolver problemas; pues bien, si logras leer lo escrito y explicarme su sentido, te vestirás de púrpura, llevarás un collar de oro y ocuparás el tercer puesto en mi reino.»
Entonces Daniel habló así al rey: «Quédate con tus dones y da a otro tus regalos. Yo leeré al rey lo escrito y le explicaré su sentido. Te has rebelado contra el Señor del cielo, has hecho traer los vasos de su templo, para brindar con ellos en compañía de tus nobles, tus mujeres y concubinas. Habéis alabado a dioses de oro y plata, de bronce y hierro, de piedra y madera, que ni ven, ni oyen, ni entienden; mientras que al Dios dueño de vuestra vida y vuestras empresas no lo has honrado. Por eso Dios ha enviado esa mano para escribir ese texto. Lo que está escrito es: «Contado, Pesado, Dividido.» La interpretación es ésta: «Contado»: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el límite; «Pesado»: te ha pesado en la balanza y te falta peso; «Dividido»: tu reino se ha dividido y se lo entregan a medos y persas.»

Palabra de Dios

Salmo

Dn 3,62.63.64.65.66.67

R/.
 Ensalzadlo con himnos por los siglos

Sol y luna,
bendecid al Señor. R/.

Astros del cielo,
bendecid al Señor. R/.

Lluvia y rocío,
bendecid al Señor. R/.

Vientos todos,
bendecid al Señor. R/.

Fuego y calor,
bendecid al Señor. R/.

Fríos y heladas,
bendecid al Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,12-19):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general
Miércoles de la XXXIV semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Los hechos aquí narrados no corresponden a acontecimientos históricos, pretenden transmitir un mensaje que, más que advertir a los reyes paganos, tiene la intención de animar a los judíos perseguidos. Las referencias de carácter histórico se proponen mostrar que el reinado de Dios se realiza en la historia. De hecho, Nabucodonosor no tuvo un hijo llamado Baltasar. Por «hijo» ha de entenderse la sucesión, a la cual se le asigna un nombre programático: «Baltasar», nombre efectivamente babilonio («Bel-šar-usur»), significa «Bel protege al rey». Este nombre corresponde a un hijo de Nabonido, que nunca fue rey.
La trama de este relato –esencialmente la misma de las narraciones de los capítulos 2 y 4– difiere de las anteriores en su sustancia. El enigma que deberá descifrar Daniel no consiste en un sueño que contenga una visión, sino en tres palabras escritas de un modo inexplicable en un muro del palacio real y que, ante la impenitencia del rey, le acarrean una fuerte condena. Su moraleja será también diferente a las de las narraciones anteriores: Dios sanciona a quienes dan culto a ídolos y profanan las cosas santas en sus fiestas sacrílegas. Desde el punto de vista literario, la narración está vinculada a la anterior, ya que este rey es hijo del que aparece en la narración anterior.
El vino no estaba prohibido en el culto israelita (cf. Is 25,6); se lo utilizaba con toda probabilidad antes del siglo II en la cena pascual. Pero es sabido el papel que jugaba en las orgías y bacanales introducidas en Jerusalén bajo el reinado de Antíoco Epífanes (cf. 2Mac 6,4).
«Como pieza literaria, el capítulo es memorable. La escena ha inspirado a muchos artistas, entre otros a Calderón de la Barca» (L. A. Schökel).
 
Dan 5,1-6.13-14.16-17.23-28.
El escenario en donde se desarrolla la acción es un espléndido banquete real con mil invitados, todos de la nobleza, y con derroche de vino y con los excesos que de esto se derivan. Ya bebido, el rey hace traer los «utensilios» (en realidad, los vasos) de oro y plata «que Nabucodonosor había robado en el templo de Jerusalén». La designación «utensilios» vincula los vasos con el resto del botín tomado del templo; su utilización en ese banquete implica una provocación, ente todo por el hecho de que bebiera él en ellos y también «los nobles, sus mujeres y sus concubinas», porque esto entrañaba una profanación intencional, señal de desprecio. No se trata de una celebración cultual, sino de un banquete real en donde se invocan los dioses locales. La aparición repentina de «unos dedos de mano humana» que escribían de manera visible «frente al candelabro» ponen al rey a temblar de miedo y a reclamar la presencia de sus «sabios» en busca de explicación.
Aquí se observa el contraste –primero– entre la actitud arrogante del rey, su descarada impiedad y –enseguida– la incapacidad de sus magos, astrólogos, agoreros y adivinos. La palidez del rey deja al desnudo su fragilidad interior y su indecible miedo. Contrastan también el lujo y el poder que promete el rey con el desdén con que Daniel se rehúsa a aceptarlos.
El autor presenta los nombres de tres tipos o unidades de monedas:
• Mina (de la raíz מוי: «contar», someter a un cómputo).
• Tequel (de la raíz תקל: «pesar», llevar a una balanza).
• Dividido (de la raíz: פרס: «dividir», repartir la unidad).
En portugués «conto» (cf. «contar») es nombre de moneda, así en español «peseta» (cf. «pesar»); y en muchas lenguas se habla de «céntimo», «centavo» (cf. «dividir»). El autor podría referirse al valor decadente de los tres imperios sucesivos: babilonios, medos y persas, o de los tres reyes: Nabucodonosor, Baltasar y los reyes de medos y persas (en un solo bloque).
El reconocimiento que hace el rey de que los sabios y astrólogos de su reino no ha sido capaces ni de leer ni de explicar el sentido del escrito es una declaración del fracaso de la sabiduría de sus dominios y de sus súbditos, y expresión de su desconcierto (cf. v. 15, omitido).
El rey no habla de su propio saber, sino de un saber recibido («me han dicho») para referirse al saber que posee Daniel «para interpretar sueños y resolver problemas». Lo único de lo que puede alardear como propio son los lujos y honores de la corte, que Daniel desdeña con energía y con dignidad, sin rehusarse por eso a leer el escrito y a explicar su sentido para el rey.
En primer lugar, la realeza del «padre» del rey –de acuerdo con la teología judía de la época– era un don del «Dios Altísimo» (nombre universal de Dios) con el fin de hacer justicia en las naciones (castigando los regímenes injustos con el fracaso, entre ellos el judío). Sin embargo, el rey no se reconoció servidor del Dios Altísimo, sino que se ensoberbeció, lo cual lo redujo a comportarse como las bestias del campo hasta cuando reconoció al Dios Altísimo (cf. 3,31–4,34).
Daniel le reprocha en duros términos al rey su impiedad y contumacia, rasgos todos heredados de su «padre» Nabucodonosor. Se refiere al Dios de Israel con el nombre de «Señor del cielo», contra el cual se ha rebelado el rey con esa burla de usar los utensilios del templo en una fiesta palaciega. Es decir, el rey se muestra seguidor de la misma línea de conducta de los otros reyes paganos. Los dioses que adoran el rey y sus cortesanos son inertes («dioses de oro y plata, de bronce y hierro, de piedra y madera»), y son incapaces de hacerse respetar («ni ven, ni oyen, ni entienden»), pero no es así el Dios de Israel («Dueño de sus vidas y de sus empresas»); por eso, él ha reaccionado enviando esa mano para escribir ese texto. Lo que aquí importa es la conducta, no los nombres ni la condición del representante de turno en el poder. El dinero del cual el rey se ufana es causa y presagio de su perdición.
La interpretación de Daniel le hace entender que su reino corre la misma suerte que su dinero, que ha sido contado, pesado y dividido (repartido, enajenado). Es decir, que el dinero no le da estabilidad ni le ofrece garantía alguna al reino del cual él se siente tan seguro. La duración de su reinado tiene ya un límite fijado para pronto, el rey en persona ha sido pesado en la balanza de la justicia y ha sido encontrado falto de peso (cf. Sal 62,10; Prv 16,11-12; Job 31,6), y el reino ya dividido será repartido entre medos y persas.
Aunque Daniel había rehusado los honores que el rey le ofreciera, este se los otorgó, porque Daniel satisfizo sus inquietudes. Y lo anunciado por Daniel se cumplió aquella misma noche.
 
¡Qué necesaria será siempre esa libertad ante el tirano y sus regalos! Los cristianos somos luz del mundo en la medida que disfrutamos de esa libertad. Pero, cuando la perdemos, la luz se vuelve tinieblas y los tiranos hacen de las suyas… con nuestra complicidad. Los tiranos se imponen por el recurso al engaño, en primer lugar; si este no funciona, porque la gente no se dejare embaucar, entonces recurre al halago, que manipula el deseo de reconocimiento; y si tampoco este funciona, porque la gente fuese insobornable, recurre a la amenaza; esta solo funciona cuando la gente es cobarde. Si la gente no se deja amedrentar, el tirano recurre a la muerte. Y surgen los mártires.
Jesucristo manifestó entereza ante Herodes y ante Pilato, incluso cuando ellos lo amenazaban de muerte. Comulgar con Jesús es afianzar en él nuestra dignidad para dar testimonio con una noble declaración en presencia de Dios (cf. 1Tm 6,13).
Feliz miércoles.

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