La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de la I semana del Tiempo Ordinario. Año I

Feria, color verde

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (2,14-18):

LO mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,1-2.3-4.6-7.8-9

R/.
 El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

V/. Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

V/. Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

V/. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

V/. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,29-39):

EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía era muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
«Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
 
Miércoles de la I semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
El autor considera que la solidaridad entre «el consagrante y los consagrados» es vital para lo que va a exponer. Primero afirmó que «son todos del mismo linaje», ya que forman esa multitud de «hijos» que Dios quiere conducir a la gloria. Esto habla de la comunidad de destino y de origen.
 
Destino y origen que solo pueden estar en Dios mismo (cf. Heb 2,10), porque él no les asigna a sus creaturas una finalidad distinta de sí mismo. Hasta ahora ha hablado de «un Hijo singular» y de «muchos hijos», sin asignar nombres, subrayando la común condición humana, sin perjuicio de afirmar netamente la condición divina de ese Hijo singular.
 
Esta simultánea afirmación de la solidaridad del Hijo con los muchos hijos y de la singularidad del Hijo está en función de la misión del Hijo como «consagrante» de los muchos hijos que han de ser «consagrados». La solidaridad habilita al Hijo para esta misión. Dicha «consagración» se concreta en el hecho de santificar (ἀγιάζω), introducir a los hombres en la realidad divina, lo que equivale a hacerlos también partícipes de la misma condición divina que él «ha heredado» (Heb 1,4). Esa es la «gloria» a la cual Dios quiere conducir a sus «muchos hijos».
 
Heb 2,14-18.
Ahora se dedica a exponer el modo de esa solidaridad para tender el puente entre el destino y el origen, de modo que se vea que la solidaridad lo abarca todo, origen, camino y destino.
Comienza explicitando lo del común «linaje» (ἐξ ἑνὸς πάντες: «todos proceden de uno») y afirma que «los suyos tienen todos la misma carne y sangre». Ese «uno» del que proceden todos, incluido Adán, es Dios. Así que el «linaje» no se refiere a una etnia, sino a la raza humana, y así es como hay que entender esa «carne y sangre» común. El autor está interesado en mostrar la solidaridad del Hijo con la humanidad entera, no con un solo pueblo.
A continuación, afirma que el Hijo asumió «una como la de ellos». La insistencia en la unidad de la humanidad y de la solidaridad del Hijo con la misma supera el nacionalismo religioso y prepara para el universalismo del amor salvador de Dios.
 
De la solidaridad en la vida pasa a la solidaridad en la muerte. Si «todos tienen la misma carne y sangre», todos son igualmente mortales; pero si la experiencia de la vida produce satisfacción y alegría, la sola posibilidad de la muerte causa desazón y temor. La condición de «hijos» connota la vida; la muerte niega la vida y, por tanto, anula esa condición de hijos. El Hijo asumió también la muerte, llevando así al colmo su solidaridad con la humanidad, pero no para sucumbir a ella, sino «para con su muerte reducir a la impotencia al que tenía dominio sobre la muerte, es decir, al diablo». Esta afirmación alude a Sab 2,23-24: «Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo y los de su partido la experimentan», texto que hace referencia al relato de Gen 3,1ss.
 
Dicha «envidia» del diablo (διάβολος) está relacionada con «calumnias» (διαβολαί) en un texto de la versión de los LXX (3Mac 6,7), y consiste en la intriga que incita el mal contra del hombre con el fin de eliminarlo (cf. 2Mac 14,27). Así fue como «entró la muerte en el mundo» (cf. Gen 3,1-19; 4,1-15), y la muerte se convirtió en instrumento de dominación por temor, e hizo presa por igual de la víctima y de su verdugo.
 
El Hijo asumió la muerte «para reducir a la impotencia al que tenía dominio sobre la muerte… y liberar a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos». Murió, y así redujo a la impotencia ambos miedos, el de la víctima y el del verdugo, liberándolos a ambos no solo del miedo, sino de la indignidad de vivir sometidos o sometiendo, pensando que esa era la única forma de sobrevivir. Asumió la condición de víctima, aceptó la muerte más dolorosa y deshonrosa –solidario con los últimos– y desmintió que la muerte suprimiera la vida y anulara la relación de «hijos» entre los seres humanos y Dios.
 
En este momento, el autor llama la atención sobre el hecho de que el Hijo «tiende la mano a los hijos de Abraham» (cf. Is 41,8-9 LXX), y no a los ángeles, para insistir en la solidaridad con todos los seres humanos, ya que Abraham es el destinatario de la promesa de vida para todos (cf. Gen 12,1-3; 17,4). Dicha promesa se cumple por medio del Hijo, así que no solo es representante de los hombres ante Dios, sino representante de Dios ante los hombres.
Esta solidaridad con Dios, como Hijo suyo, y con los hombres, como hermano suyo, constituye al Hijo «sumo sacerdote», es decir, máximo mediador, «compasivo», es decir, manifestador de la generosidad divina «con todas sus creaturas» (cf. Sal 145,8-9), y «fidedigno en lo que toca a Dios», es decir, leal a Dios como él lo es con el ser humano. Esto es lo que lo hace capaz de reconciliar a los hombres con Dios, o sea, de «expiar los pecados del pueblo» (cf. Hb 1,3). Pero no solo eso, además de mediador compasivo y fidedigno que intercede por los pecadores, es ayuda eficaz en la prueba del dolor, porque él mismo la superó. Al asumir la más atroz de las muertes, el Hijo se aseguró de que ningún sufrimiento humano quedara por fuera de su capacidad de compasión ni más allá del alcance de su solidaridad. Él puede auxiliar a todo ser humano que sufre.
 
La muerte ha sido siempre el arma más poderosa de los tiranos, y su más temible amenaza. Pero, al mismo tiempo, también los tiranos le han temido a la muerte y han tomado precauciones para evitarla. Los cuerpos de seguridad, los ejércitos con toda clase de pertrechos, las más sofisticadas armas de guerra… nunca les han bastado. Algunos tiranos, como vemos en la Escritura, tenían a su servicio catadores de bebidas y probadores de alimentos ante el temor de ser envenenados.
 
Con el miedo a la muerte se han construido imperios, y por el miedo a la muerte se han caído. La humanidad ha vivido desde siempre sometida por temor a la muerte, incluso sospechando de que sus dioses les fueran a arrebatar la vida como castigo. La revelación de Dios como Padre, la victoria del Hijo sobre la muerte, y el don del Espíritu como prenda de vida eterna constituyen la noticia que libera la humanidad de ese temor supersticioso a la muerte.
La celebración de la cena del Señor, banquete de vida eterna, nos llena del gozo de esta libertad que nos permite mirar de frente la muerte y sentirnos seguros, a pesar de que nuestros temores todavía persistan, pero el amor que el Padre nos manifiesta por medio de su Hijo y nos garantiza con el don de su Espíritu expulsa día tras día ese temor.
Feliz miércoles.

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