La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XXII semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (5,1-6.9-11):

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.
Porque Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo; él murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vivamos con él. Por eso, animaos mutuamente y ayudaos unos a otros a crecer, como ya lo hacéis.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 26,1.4.13-14

R/.
 Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida


El Señor es mi luz y mi salvación, 
¿a quién temeré? 
El Señor es la defensa de mi vida, 
¿quién me hará temblar? R/.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: 
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; 
gozar de la dulzura del Señor, 
contemplando su templo. R/.

Espero gozar de la dicha del Señor 
en el país de la vida. 
Espera en el Señor, sé valiente, 
ten ánimo, espera en el Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,31-37):

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. 
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús le intimó: «¡Cierra la boca y sal!» 
El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño.
Todos comentaban estupefactos: «¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.» Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Martes de la XXII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Termina aquí la lectura de la carta, sin que haya terminado la carta misma. Recomendable tener en cuenta los dos versículos 7-8, omitidos por el leccionario. En ellos se contraponen dos actitudes: «los que duermen» (muertos en vida) y «los borrachos» (desentendidos), que actúan en «la noche» (zona de «la tiniebla»). Lástima que también se vayan a omitir los vv. 12-28, los finales de la carta, porque el miércoles comienza la lectura de otro escrito muy oportuno.
 
1Ts 5,1-6.9-11.
Finalmente, el autor habla «in extenso» de «la venida del Señor», hasta ahora mencionada de pasada. Se especulaba acerca de tiempo y las circunstancias de «la venida del Señor» Y esta era una de las causas de la perturbación que había en la iglesia local. El autor les recuerda que «el día del Señor» llegará de manera sorpresiva, sin aviso ni preparación. Obsérvese el paralelo terminológico con «el día del Señor» del Antiguo Testamento. El autor no parece conocer lo que está expuesto en Mc 13, Mt 24, y Lc 21.
Como el trasfondo mental es ese concepto del Antiguo Testamento («el día del Señor»), los dos aspectos en que lo plantea se sitúan en ese horizonte. En el Evangelio y en Apocalipsis los dos aspectos de «la venida del Señor» se presentan de esta manera:
a) La injusticia acumulada por los regímenes opresores y explotadores los lleva a su propia ruina, y estos se derrumban abatidos por el peso de su propia maldad.
b) Entonces se reivindican tanto la causa del Hijo del Hombre como los valores que él y los suyos encarnan. Se juzga el período anterior, pero la historia continúa.
En cambio, los dos rasgos de «el día del Señor» en el AT se presentan así:
a) Exterminio de los impíos, como castigo («ira») de parte del Señor.
b) Salvación portentosa de los justos que esperaban en el Señor.
El «día del Señor» se refiere a ocasiones en las cuales el Señor actúa de manera particular para definir un asunto pendiente (cf. Am 5,18-20; 8,9; Sof 1,7.15-18), tanto en medio de su pueblo como ante los paganos circundantes. Es día de «cólera» (Sof 1,15), en que los «impíos», sean israelitas o paganos, reciben su merecido. Y la historia continúa.
Pablo comienza advirtiendo que, respecto del «tiempo y el momento» (χρόνος, καιρός), ellos saben bien que el «día del Señor» vendrá repentina e inesperadamente, «como un ladrón en la noche». En el evangelio Jesús habla del «día y la hora» (ἡμέρα, ὥρα: cf. Mc 13,32), y declara que es competencia del Padre determinarlos (en razón de su condición de Padre). Dado que Pablo prácticamente identifica «del día del Señor (יהוה)» con «la venida del Señor (Ἰησοῦς)», en la descripción que hace resalta el aspecto de «castigo» para los que viven confiados en que podrán perpetuar la situación de injusticia en la que conviven («hay paz y seguridad»).
En cambio, los cristianos no participan de esa injusticia colectiva («no viven en las tinieblas») y por eso no deben sentir temor alguno, pues todos viven con evidente transparencia («en la luz y en pleno día»), puesto que no son cómplices del orden social injusto que se camufla de «paz y seguridad» (cf. v. 3), pues los miembros de la comunidad cristiana «no pertenecemos ala noche ni a las tinieblas». Se trata de un distanciamiento existencial, de la ruptura con los valores de la sociedad pagana, ruptura que cada uno verifica en su propia vida.
Por eso hace una recomendación que evoca las advertencias de Jesús a los suyos: no dormir como los demás; hay que mantenerse despiertos y despejados (cf. Mt 13,25; 25,5; 26,36-45). Es evidente que detrás de las metáforas del sueño y la vigilia está la exhortación a mantenerse conscientes para no dejarse absorber por la mentalidad y la conducta adversas. Menciona dos formas de inconsciencia, el «sueño» y la «embriaguez»; una debida al cansancio, y la otra a la complacencia. Ambas perjudican la vida cristiana comunitaria e individual. Por eso se expresa con el lenguaje militar («estemos despejados y armados»); el cristiano responsable actúa como el soldado que no bebe vino y se mantiene listo para el combate. Y, para no dar pábulo a los fanatismos delirantes, explica cuál es el pertrecho de este combatiente: la fe en el Señor y el amor entre hermanos son la coraza; la esperanza de la salvación, el casco (para no exponer la cabeza), evocando palabras del Señor (cf. Isa 59,17; Sab 5,17-23. Ver vv. 7-8, omitidos).
La oposición que Pablo hace entre «castigo» y «salvación» permite ver que «castigo» equivale a «perdición». Si la salvación es fruto de la adhesión de fe, la perdición es consecuencia de la negativa a esa fe. Dios no ha destinado a los cristianos a la muerte, sino a la vida por medio del «Señor Jesús Mesías» (liberador y salvador enviado por Dios). Por tanto, quienes se fían de él y de su palabra se salvan; quienes se resisten a fiarse, se pierden, y ese es su «castigo».
El «Señor Jesús Mesías» es presentado sucintamente como el que «murió por nosotros» con el fin de que, «despiertos o dormidos, vivamos con él». Aquí la vigilia y el sueño se convierten en metáforas de la vida y la muerte (cf. 4,13; Rom 14,8-9). Admite así la posibilidad de morir antes de la venida del Señor, sugiriéndoles a sus interlocutores que eso no le crea problema.
La invitación final a exhortarse y edificarse mutuamente implica que la palabra de Dios sirve para ambas finalidades, para ayudarse los unos a los otros a crecer en la fe y el amor, y para construir juntos la comunidad como convivencia alternativa, como iglesia local consagrada a Dios Padre y a Jesús Mesías (cf. 1,1).
 
Es probable que –al menos al escribir este fragmento de la carta– el autor no tuviera noticia del desarrollo que tiene el concepto cristiano de «la venida del Señor», según lo que se explica en los sinópticos y en el libro del Apocalipsis. Por eso, el autor recurre a los conceptos que se manejan en el Antiguo Testamento: juicio de condenación para los que viven en tinieblas (los que se oponen al Evangelio) y juicio de salvación los que viven en la luz (los miembros de la comunidad). Es claro que concibe «la venida del Señor» en los mismos términos que se concebía «el día del Señor». La mezcla de estas dos concepciones ronda en la síntesis que, al respecto, hoy circula en las comunidades cristianas, con diferentes énfasis. Hay comunidades que privilegian la visión del «día del Señor» por encima de la visión de «la venida del Señor». Y esto ha dado origen a los «milenarismos» que sobresaltan a muchos y hacen sonreír a otros.
Los términos «tinieblas-noche» y «luz-día», lo mismo que «dormir» y «estar despejados» se refieren metafóricamente a los dos modos antagónicos de vida: la vida de los cristianos (fe, amor, esperanza) y la vida de los que están en tinieblas («borrachos», es decir, inconscientes e insensatos). El final de unos es la salvación (vida), el de los otros, es la perdición («castigo»). Jesús, el Mesías, el que murió para darles vida a los suyos garantiza la salvación. Por él los miembros de la comunidad se animan y ayudan unos a otros a crecer. El «día del Señor» es, ahora, el día de la resurrección de Jesucristo, y –a futuro– el día de la salvación definitiva.
Así también, al celebrar la venida del Señor en la eucaristía sabemos si estamos en la luz y podemos abrazarnos a él por la comunión con su cuerpo y con su sangre, o si estamos en las tinieblas exteriores, lejos de él.
Feliz martes. 
 

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