La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XX semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Jueces (6,11-24a):

En aquellos días, el ángel del Señor vino y se sentó bajo la encina de Ofrá, propiedad de Joás de Abiezer, mientras su hijo Gedeón estaba trillando a látigo en el lagar, para esconderse de los madianitas.
El ángel del Señor se le apareció y le dijo: «El Señor está contigo, valiente.»
Gedeón respondió: «Perdón, si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha venido encima todo esto? ¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres: «De Egipto nos sacó el Señor.» La verdad es que ahora el Señor nos ha desamparado y nos ha entregado a los madianitas.»
El Señor se volvió a él y le dijo: «Vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo te envío.»
Gedeón replicó: «Perdón, ¿cómo puedo yo librar a Israel? Precisamente mi familia es la menor de Manasés, y yo soy el más pequeño en la casa de mi padre.»
El Señor contestó: «Yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre.»
Gedeón insistió: «Si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres tú quien habla conmigo. No te vayas de aquí hasta que yo vuelva con una ofrenda y te la presente.»
El Señor dijo: «Aquí me quedaré hasta que vuelvas.» Gedeón marchó a preparar un cabrito y unos panes ázimos con media fanega de harina; colocó luego la carne en la cesta y echó el caldo en el puchero; se lo llevó al Señor y se lo ofreció bajo la encina.
El ángel del Señor le dijo: «Coge la carne y los panes ázimos, colócalos sobre esta roca y derrama el caldo.» Así lo hizo.
Entonces el ángel del Señor alargó la punta del cayado que llevaba, tocó la carne y los panes, y se levantó de la roca una llamarada que los consumió. Y el ángel del Señor desapareció.
Cuando Gedeón vio que se trataba del ángel del Señor, exclamó: «¡Ay, Dios mío, que he visto al ángel del Señor cara a cara!»
Pero el Señor le dijo: «¡Paz, no temas, no morirás!»
Entonces Gedeón levantó allí un altar al Señor y le puso el nombre de «Señor de la Paz.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 84,9.11-12.13-14

R/. El Señor anuncia la paz a su pueblo

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón.» R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. <R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,23-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo.»
Entonces le dijo Pedro: «Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»
Jesús les dijo: «Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Martes de la XX semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
El libro presenta «jueces». Se suele hablar de «jueces mayores» y «jueces menores» teniendo en cuenta la mayor o menor extensión dedicada a la narración de su vida y sus acciones. El biblista Luis Alonso Schökel separa dos grupos: los que intervienen militarmente en contra de la opresión extranjera (Otoniel, Ehud, Débora y Barac, Gedeón, Abimelec, Jefté Sansón) y a los cuales –siguiendo a Max Weber– identifica como «jefes carismáticos», que coinciden con la denominación de «mayores», y otros, cuyos nombres apenas se registran para relatar brevemente sus vidas (Sangar, Tolá, Ibsán, Elón, Abdón), a los cuales –siguiendo también a Max Weber– identifica como «funcionarios», que son los denominados «menores».
El leccionario solo se referirá a Gedeón, Abimelec y Jefté.
La vocación de Gedeón tiene parecidos a la vocación de Moisés (Ex 3) y la de Jeremías, el profeta (Jr 1); además, evoca las teofanías de la época patriarcal, por ejemplo, las de Agar (cf. Gn 16,7-14; 21,14b-19), Abraham (cf. Gn 18,1-15) o Jacob (cf. Gn 28,10-22).
Este relato ilustra el cuadro general trazado en 2,11-19, pero subraya el hecho de que, para desempeñar el oficio de juez, el Señor no llama a los poderosos sino a los pequeños. La figura del «ángel del Señor» expresa como una exteriorización del mismo Señor, en cuanto se revela (מַלְאָךְ: ángel, mensajero), de lo cual Gedeón solo se da cuenta al final (cf. v. 22), como es usual (cf. Gen 18,1-15; 32,23-33; Jos 5,13-15; Jue 13,16-21).
 
Jc 6,11-24a.
La vocación d Gedeón se da en unas circunstancias de gran tribulación para los israelitas a causa del rechazo de los madianitas. Los obligó a replegarse en refugios precarios, perjudicó sus cosechas y sus ganados, y los redujo a la indigencia. Esta vez, del ángel del Señor (enviado suyo) es un profeta anónimo que le reclama fidelidad a los israelitas en relación con el Señor y con la alianza pactada con él. A Gedeón se le manifiesta el Señor en persona.
El terebinto designa un árbol tenido por sagrado que se cultivaba en los alrededores de los santuarios tanto de los israelitas como de los cananeos (Siquén: Gen 12,6; Betel: Gen 35,8; Guibeá: 1Sam 14,2; Mambré: Gen 13,18; Berseba: Gen21,33).
Los madianitas eran también un pueblo grande y nómada, en el cual Israel reconocía tanto un pariente (cf. Gen 25,2-6) como un aliado estratégico (cf. Exo 2,15-22; 3,1; 18,1-12; Num 10,29-23), y también como un peligroso enemigo (cf. Num 22,4.7; 25,6-18; 31). Este último es el caso en el tiempo de los jueces
Gedeón, hijo de Joás, del clan de Abiezer, de la tribu de Manasés, trilla el trigo a escondidas de las bandas de salteadores madianitas –que se lo podían robar–, y no solo ellos, también los amalecitas y otros nómadas provenientes de oriente. La metáfora de la langosta junta las nociones del ingente número de las mismas con la enorme devastación que causaban, y que era inevitable (cf. Jue 6,3-6). El ángel del Señor se le aparece a Gedeón y lo saluda deseándole la presencia del Señor, Dios de Israel, que sacó el pueblo de Egipto. Gedeón manifiesta cierto escepticismo, preguntando cómo esa presencia es compatible con tantas desgracias. Y, sobre todo, reclamando esa presencia en razón de la alianza con el Señor que hizo subir a Israel de Egipto hasta esa tierra. Por boca suya, se expresa una sensación de desamparo.
El diálogo entre ellos, extenso y cuidado, se desarrolla de forma esquemática:
1. El Señor envía a Gedeón a que, con sus propias fuerzas, salve a Israel de sus enemigos. A todas luces, la «fuerza» (כֹּחַ) de Gedeón es su habilidad para trabajar. No necesita más.
2. Gedeón aduce como objeción la pequeñez de su tribu y su juventud personal. Esto que le parece un obstáculo es lo que el Señor busca: mostrar que es su obra, no la de Gedeón.
3. El Señor hace la promesa usual: «yo estaré contigo» (en respuesta a la objeción formulada por él: v.13), por la cual se compromete él también. Gedeón responderá su pregunta.
4. Gedeón pide una «señal» (אוֹת) de haber alcanzado el favor del Señor y de que es él quien le habla. Se trata de una «señal» liberadora, al estilo de las que hizo Moisés.
5. La señal se concreta en la aceptación de una ofrenda de alimentos que se convierte en un sacrificio de comunión y que, finalmente, el Señor acepta en holocausto, sacrificio agradable.
El «fuego» que se dispara de repente sin haber sido encendido ni alimentado por combustible alguno es un signo de la teofanía que confirma la aceptación del sacrificio y, quizá, consagra el lugar como santuario (cf. Exo 3,2-6; Lv 9,24; 1Rey 18,38).
La certeza de que realmente se trata del Señor le ocasiona temor a Gedeón, quien piensa que, por haber visto cara a cara al Señor tiene que morir. Según las concepciones de la época, todo sr humano que viera a Dios –salvo por inadvertencia– debía morir (cf. Jue 13,32; Gen 32,31; Exo 3,6; 33,20-23; Isa 6,5).
Ahora el Señor en persona, por medio de su ángel (manifestación o teofanía) saluda a Gedeón con la paz. Este saludo le hace eco al que inicialmente Gedeón recibió con escepticismo. El ángel le dijo: «el Señor esté contigo»; ahora le dice: «la paz esté contigo». Finalmente, Gedeón reconoce que el Señor es «Señor de la paz», en alusión a la paz que él y sus compatriotas no experimentaban (cf. v. 13). Al ponerle ese nombre al altar, Gedeón responde al oráculo del Señor; la denominación de un altar tiene siempre el carácter de una confesión de fe, porque ella perfecciona la consagración del lugar santo (cf. Gen 33,20; 35,7; Exo 17,15-16; Jos 22,34).
 
La «señal» que Gedeón pidió y recibió fue la aceptación benevolente del Señor. Dios no requiere de poderes ni de fuerzas sobrehumanas para salvar. Con las fuerzas que tenemos le basta. En la vida de Jesús hay «señales» de amor, por la palabra (cf. Lc 11,29-30) y por su entrega (cf. Mt 12,38-40; 16,4); en la cruz del Mesías no hay despliegues de poder, sino un derroche del amor que da vida (el Espíritu) entregando la propia. El «abandono» que Jesús experimenta en la cruz, y por el cual le pide explicación al Padre, muestra que no hay «vacío» de Dios cuando faltan manifestaciones de poder, sino cuando falta el amor, porque él está presente en el amor que asume el dolor para infundir su Espíritu Santo en la humanidad. El cristiano no necesita más apoyo que la fuerza de amor y de vida que dimana del Espíritu Santo de su Señor crucificado y resucitado.
Aunque sea válido apelar a los recursos que ofrecen la ciencia y la técnica para transmitir el mensaje, no podemos olvidar que esos recursos jamás podrán sustituir el amor. Tampoco las cualidades humanas (inteligencia, elocuencia, erudición, dotes de liderazgo) o los numerosos recursos metodológicos que tenemos a nuestro alcance (capacidad de persuasión, sugestión o de convencer, dominio de auditorios…) pueden sustituir la fuerza del testimonio de vida. No somos «mercaderes de lo santo»; por tanto, las técnicas de mercadeo están excluidas.
De hecho, la eucaristía no es un «súper pan». Es «carne» (realidad humana mortal) de Jesús, animada, eso sí, por el amor del Espíritu Santo («sangre del Señor»). Con ella nos basta para realizar la obra de Dios.
Feliz martes.

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