La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la VII semana de Pascua

surtigas 2

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (20,17-27):

En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. 
Cuando se presentaron, les dijo: «Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas que me han procurado las maquinaciones de los judíos. Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que os he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan a Dios y crean en nuestro Señor Jesús. Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios. He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé que ninguno de vosotros me volverá a ver. Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie: nunca me he reservado nada; os he anunciado enteramente el plan de Dios.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 67,10-11.20-21

R/.
 Reyes de la tierra, cantad a Dios

Derramaste en tu heredad,
oh Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada
y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad,
oh Dios, preparó para los pobres. R/.

Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas,
es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (17,1-11a):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Martes de la VII semana de Pascua.
 
1. El discurso de Pablo tiene cuatro partes:
• Su trabajo en Asia, entre penas y pruebas, ha estado abierto a judíos y paganos (vv. 18-21).
• Su propia decisión (su «espíritu», cf. 19,21) lo empuja a Jerusalén (Ἰερουσαλήμ nombre hebreo), el Espíritu Santo le advierte las consecuencias de dicha decisión (vv. 22-24).
• Predice que será su última visita a Asia.
• Encomienda a Dios los responsables y sus comunidades.
2. La oración de Jesús (Jn 17) tiene cuatro partes:
• Introducción: «¡Padre, manifiesta tu gloria!» (vv. 1-5).
• Petición por los actuales discípulos: «Guárdalos unidos a ti» (vv. 6-19).
• Petición por los futuros discípulos: «Que sean uno como tú y yo» (vv. 20-23).
• Conclusión: «¡Que contemplen mi gloria!» (vv. 24-26).
Hoy leemos la primera y segunda partes del discurso de Pablo, y la introducción y parte de la petición de Jesús por los actuales discípulos.
 
1. Primera lectura (Hch 20,17-27).
Consecuencia del estilo polémico de Pablo: una confusión total en la población que raya en lo patético: «la asamblea estaba hecha un lío y la mayoría ni sabía para qué se habían congregado» (v. 32). Allí lleva la apología. Pablo sale indemne y se va a Macedonia (Hch 19,28-20,1, omitido).
Luego, escoge una ruta larga para ir a Jerusalén con intención de hacer una colecta a favor de los cristianos de allá entre los de Macedonia y Grecia (cf. Hch 24,17). Va con representantes de las comunidades que ha fundado. En Filipos vuelve a aparecer el grupo («nosotros»), que representa a la comunidad del Espíritu (Hch 20,2-6, omitido).
Cuando el grupo del Espíritu («nosotros») se reúne a celebrar la eucaristía, Pablo, con su discurso de corte apologético, causa letargo a las comunidades jóvenes y pone en peligro su vida. Pablo reacciona, se interesa por las comunidades y cambia de la apología a la homilía. Pero solo después que él se marcha esas comunidades recuperan toda su vitalidad (Hch 20,7-13, omitido).
Los vv. 14-16 (omitidos) refieren el encuentro de Pablo con el grupo del Espíritu («nosotros») y su viaje juntos hasta Mileto, donde el grupo otra vez desaparece a causa de la iniciativa de Pablo de evitar pasar por Éfeso, para llegar pronto a la ciudad de Jerusalén y entregar así la colecta en Pentecostés (cf. Rm 15,25-27). En realidad, evita ir a Éfeso porque sabe que los profetas de la comunidad se oponen a su viaje a Jerusalén.
Por eso citó en Mileto a los «responsables» de Éfeso. No quería encontrarse con los profetas de Éfeso, pero sí con los responsables, nombrados por él. Cuando Pablo hace su apología, el grupo del Espíritu («nosotros») no aparece, indicio de que esa apología no es inspirada por el Espíritu. El resumen de su actividad (vv. 18-21) es positivo. Enseguida manifiesta que su propia decisión lo ata y lo conduce a Jerusalén (nombre hebreo), lo que delata su intención de enfrentarse con la institución religiosa. Declara ser consciente de que el Espíritu Santo se opone a esa iniciativa, y que de ciudad en ciudad le advierte que eso solo hará fracasar la misión. Él espera morir en Jerusalén, como Jesús. Por eso, anuncia que no lo volverán a ver. Alardea de que la vida no le importa, declara que ya él cumplió su misión, porque todos conocen el mensaje. Y se exime así de toda responsabilidad con respecto de los demás (cf. Ez 3,15-21; 33,1-7).
 
2. Evangelio (Jn 17,1-11a).
Todavía la morada del Padre es el cielo, de donde bajó el Espíritu (cf. Jn 1,32s) y de donde bajó él como el Hombre-Dios (el Hijo del Hombre: cf. Jn 3,13). Hacia allí levanta Jesús su mirada. La hora anunciada ya llegó y él la acepta libre y plenamente. Pide que se manifieste la «gloria» del Padre, o sea, que al entregar él su propia vida brille el amor del Padre y quede claro que el amor vence el odio que pretende llevarlo a la muerte.
De él depende que el hombre-carne se transforme en hombre-espíritu, y esto se da en la medida en que el hombre reconoce a Dios como Padre, no de un modo intelectual, sino a través de Jesús («salvador», comunicador de vida), que es «hijo» (igual al Padre) y Mesías (es decir, «liberador»). Él manifiesta la gloria del Padre en sí mismo, mostrando amor hasta el extremo y comunicando igual capacidad de amar, mediante el don del Espíritu Santo. Él realiza el proyecto del Padre, que es anterior a la creación del mundo. Así el ser humano puede conocer su propio destino.
Se refiere a sus discípulos como los que conocen al Padre porque él los puso en las manos de Jesús para que los sacara del mundo, y ellos vienen cumpliendo el mensaje. La transmisión y la aceptación de las exigencias del Padre los llevó al conocimiento de Jesús como enviado suyo. O sea, el compromiso los condujo al conocimiento (experimental) tanto del Espíritu como del Padre y de Jesús. La fe de ellos no se basa en un testimonio exterior, sino en la certeza interior de la vida satisfactoria que experimenta todo el que acepta sus exigencias de amor. Y esta fe no necesita más demostraciones, ya que así puede resistir cualquier ataque.
Él ruega por los suyos, no por el orden injusto (el «mundo»), que es su enemigo y de los suyos, y respecto del cual solo hay que desear que desaparezca y que fracase. Como son del Padre, y él se los dio a Jesús, ellos están fuera del mundo (sacados por Jesús), y en ellos brilla su «gloria» o amor (el Espíritu). El mundo es un ámbito a la vez seductor, hostil y mortal. Al ausentarse Jesús, los discípulos van a necesitar ayuda para permanecer en la fidelidad, conservando su identidad y resistiendo a los halagos y a las insidias del «mundo». Por eso él ruega por ellos.
 
La manifestación de la «gloria» del Padre se dará por la entrega de Jesús en la cruz. Esta «gloria» deberá permanecer y ser manifestada después de él por sus discípulos. Por eso necesitan unirse al Padre y que el Padre los libre tanto de las seducciones del mundo como de sus insidias. Esta «gloria» es contradictoria. A los ojos del mundo, es humillación, ignominia, vergüenza; a los ojos de Dios, es la revelación de su propio ser: Dios no está en los alardes del poder que doblega las voluntades ajenas y las anula, sino en el don de sí mismo, incluso a sus enemigos, para dar vida. La cruz del Mesías es abominable para los judíos y despreciable para los paganos, pero para los discípulos de Jesús es la irrefutable demostración del «amor más grande», el amor del Padre. Es allí en donde resplandece la gloria de Dios.
En la eucaristía podemos experimentar esa gloria y recibir esa fuerza para irradiarla. Por esto es necesario que aceptemos las exigencias de Jesús y guardemos su mensaje. 
Feliz martes.

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