La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la I semana de Cuaresma. Año I

Feria, color morado

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (55,10-11):

ESTO dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33,4-5.6-7.16-17.18-19

R/. El Señor libra de sus angustias a los justos

V/. Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

V/. Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.

V/. Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R/.

V/. Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,7-15):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
Martes de la I semana de cuaresma.
 
La palabra que Dios le dirige a su pueblo pretende provocar un diálogo fructífero con él, no una comunicación vacía. Dios no habla por hablar, sino para entablar un diálogo liberador y salvador a favor del ser humano al cual se dirige. Desde su punto de vista, comunicarse es darse. Esta que llamamos «palabra» de Dios es lo que se llama «revelación». No es una mera dicción divina, sino verdadera apertura de Dios al ser humano, oferta de relación personal.
De modo semejante, el ser humano es invitado a dirigirse a Dios con un propósito constructivo. La oración cristiana no es para generar una dependencia infantil de la creatura con respecto del creador, sino para establecer sintonía en torno a un designio común. Tiene dos objetivos:
• Avivar el compromiso de los «hijos» que quieren dar a conocer a su «Padre», no simplemente a «Dios» (primera parte del padrenuestro), y
• Apoyarse con filial confianza en el Padre y pedirle lo necesario para cumplir dicha misión con toda propiedad (segunda parte del padrenuestro).
Lo demás es palabrerío inútil, «oración» pagana.
 
1. Primera lectura (Is 55,10-11).
Después de marcar la distancia entre el cielo y la tierra, y entre el camino de Dios y los caminos de los hombres (cf. Is 55,9), el profeta salva esa distancia por la mediación activa de la palabra divina. Este oráculo fue pronunciado en un momento particular de la historia del pueblo, cuando estaba en condición de desterrado y con las esperanzas debilitadas a causa de los sufrimientos que venía padeciendo por su extrañamiento y por las dudas de fe con las que debía lidiar. Sentirse huérfano del Dios que lo sacó de Egipto era un dolor intolerable.
 
El pueblo tiene la experiencia de esta acción de la palabra de Dios. Pero las circunstancias en las que se encuentra parecen desmentir esa esperanza. El profeta le asegura que la promesa hecha a Abraham sigue vigente, y que su palabra realizará su designio y cumplirá su misión.
La experiencia muestra que la lluvia y la nieve bajan del cielo y a él vuelven, pero antes de volver cumplen una misión vivificadora. El hombre que siembra no pierde su tiempo ni su esfuerzo, ya que su labor le procura alimento. Así también la palabra (דָבָר) de Dios tiene eficacia creadora de vida, o sea, es salvadora. No es pronunciada para rebotar, sino para incidir de forma positiva en la vida humana, haciéndola fecunda y fructífera. Eso significa que la palabra infunde vida a quien la escucha, y al mismo tiempo lo capacita para transmitir vida. Esta circulación de vida constituye el agrado (חָפַץ) de Dios y es la «misión» de dicha palabra.
 
2. Evangelio (Mt 6,7-15).
El cristiano no pide como mendigo que suplica, sino como hijo que solicita. No siente necesidad de convencer a su Padre, y por eso considera inútil la cháchara y toda forma de adulación. Alaba por admiración, reconoce con gratitud y pide con confianza. La oración es diálogo. La oración propia del cristiano refleja su experiencia del Padre (el Dios que le infunde la vida) y pone de manifiesto su compromiso para que esta experiencia se generalice. La alabanza y la acción de gracias son más espontáneas. El modelo de su petición es el padrenuestro, que tiene dos partes:
1. Primera parte.
La primera parte del padrenuestro se refiere al Padre en relación con toda la humanidad a través de la comunidad de hijos suyos que ora. Tiene tres peticiones:
• que su «nombre» –es decir, su realidad de Padre– sea reconocido por la humanidad gracias al testimonio filial de la comunidad que lo invoca. Es visto como rey si es aceptado como Padre. Esto entraña la disposición de tomarlo como modelo de vida.
• que el reinado del Padre se haga efectivo para toda la humanidad. El padre, como rey, actúa transmitiendo su propia vida, que es el Espíritu. El ejercicio de su realeza es liberador y salvador. Esta es la raíz de la buena noticia del reinado de Dios.
• que se realice en la tierra el designio concebido por el Padre en el cielo, es decir, que se cumpla en la historia humana, en las personas y en los pueblos, su proyecto de libertad y de vida. Esto abre paso al hombre nuevo y a la nueva convivencia humana.
Las primeras tres peticiones se refieren, pues, a las tres principales acepciones del término griego βασιλέια en relación con el Padre: su realeza, su reinado, y su reino. La comunidad cristiana, que conoce la vida del Padre, quiere compartir esa dicha con el resto de la humanidad.
2. Segunda parte.
La segunda parte se refiere a la misma comunidad que ora, la cual pide lo que precisa con el fin de lograr lo anterior. También tiene tres peticiones:
• que el Padre le anticipe el banquete de los últimos tiempos, es decir, la alegría, la amistad, la plenitud, para que ella dé gozoso testimonio de realización y felicidad. En la historia se vive ya el amor universal y se anticipa la vida definitiva. Esto se relaciona con la eucaristía.
• que el Padre perdone a la comunidad, porque ella se ejercita en el perdón a sus deudores; es decir, la comunidad transmite el amor universal (por el perdón a los enemigos) y lo pide para seguir transmitiéndolo. Esto lo viven el cristiano y su comunidad en el día a día.
• que el Padre, con su amor, libere a la comunidad de caer en la seducción («la tentación»), y del perverso seductor («el Malo»: diablo, Satanás, tentador). La comunidad quiere afirmar el designio del Padre, asumir su responsabilidad histórica, y rechazar las ambiciones mezquinas.
 
Orar es abrirse a la vida que procede del Padre y comprometerse a transmitir esa vida a toda la humanidad. No es una práctica ascética de piedad, sino el fruto espontáneo del don del Espíritu. Tampoco es una técnica elaborada, como si hubiera que sujetarse a cierto protocolo para hablar con Dios, sino un impulso de unión de amor con Jesús y con el Padre a favor de la humanidad. Por eso se habla de «oración continua» que es conciencia viva y activa de esa unión bienhechora, incluso sin necesidad de palabras. Con palabras, puede expresarse como:
• alabanza y admiración por el amor del Padre, experimentado como insondable, generoso y leal.
• acción de gracias por sus bendiciones y dones, que alegran y aquilatan la vida de sus hijos.
• petición de lo necesario para dar testimonio y cumplir la misión en las circunstancias difíciles.
Porque hay que rechazar las tentaciones de la oración hecha espectáculo y del palabrerío vacío, Cuaresma es tiempo de rectificar asumiendo la oración al estilo de Jesús, de abandonar la oración de estilo farsante o de estilo «pagano», y de volver al diálogo filial con el Padre.
Feliz martes.

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