La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Fiesta de los santos Simón y Judas, apóstoles

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2,19-22):

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,2-3.4-5

R/. A toda la tierra alcanza su pregón

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,12-19):

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Lunes de la XXXI semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Pablo explica que la condición de «hijos de Dios» les da a los creyentes la vida divina, que se recibe por el Espíritu y se manifiesta en la conducta. La expresión de carácter semítico «hijo de» indica una relación muy cercana entre la persona a la que se le aplica y la realidad a la que se refiere. En el Antiguo Testamento puede significar: discipulado (cf. Sir 3,8), localización (cf. Eze 23,15), pertenencia a un grupo (cf. Eze 3,11; Neh 12,28; Amo 7,14), pertenencia a la condición humana (Joel 1,12; Dan 7,13), atribución de una cualidad (cf. Jue 18,2), o de un defecto (cf. Sal 89,23), o de un castigo (cf. Deu 25,2).
En el Nuevo Testamento suele indicar: destino final (cf. Jn 17,12), identificación (cf. Ef 2,2), condición (cf. Efe 5,8), pertenencia (cf. Mt 8,12), o actividad (cf. Mc 2,19). La condición de «hijos de Dios» implica también la identificación con «el Hijo», la pertenencia a la familia (o «casa») del Padre y la actividad propia tanto del Padre como de su Hijo: dar vida.
 
Rom 8,12-17.
Los «hermanos» (hijos del mismo padre) sí estamos en deuda, pero no con los bajos instintos, porque ellos dan muerte, no vida; por consiguiente, no tenemos por qué vivir a merced de sus descontrolados impulsos. Si viviéramos a su arbitrio, lo único que podríamos esperar sería la muerte. Dios es vida, y se da por medio de su Espíritu para infundirnos su vida. Lo que nos hermana es el Espíritu de Dios, que da vida, porque Dios es Padre, comunicador de su propia vida, que es vida eterna. Gracias al Espíritu, podemos «dar muerte» a las obras de la carne (suprimirlas del todo) para vivir de verdad. Se trata de romper definitivamente con un estilo de vida egocéntrico y egoísta. Por eso estamos en deuda de gratitud con Dios, pues, al darnos su Espíritu nos da su vida y nos hace sus hijos. Como queda dicho, la condición de «hijo» entraña varios sentidos, pero los principales son estos:
• Origen o procedencia
• Condición o naturaleza
• Conducta o destino.
La condición de «hijo de Dios» se acredita por medio de la conducta. «Todos y solo aquellos que se dejan conducir por el Espíritu de Dios» son los únicos que pueden llamarse «hijos de Dios». Se trata de algo libre («se dejan llevar») pero con un origen y un destino determinados: el origen es el amor vivificador («Espíritu») de Dios; el destino, dar vida como la da el Padre. La disciplina, por importante que sea en la vida humana, y por supuesto en la vida cristiana, no es la que constituye al ser humano en hijo de Dios, es el Espíritu Santo, con su dinamismo de amor (espontáneo impulso de auto donación) y de vida (comunicación del Espíritu por la propia entrega de amor) el que nos hace semejantes al Padre, según el modelo del Hijo.
Pablo precisa ahora el sentido en que había utilizado la metáfora del «siervo» (cf. 6,16-22) a partir de la oposición esclavo-hijo. Además, juega con dos sentidos del término «espíritu». Si el «espíritu» del hombre es el impulso interior que define sus motivaciones, sus tendencias y sus decisiones, el «Espíritu» de Dios es Dios en persona, que se da a sí mismo, que se entrega al ser humano para infundirle su propia vida. El cristiano recibe el Espíritu de Dios (o «de su Hijo»: Gal 4,6), que es factor de libertad (cf. 2Cor 3,17).
Hay una enorme diferencia entre el hijo y el esclavo. El impulso vital que por amor infunde Dios en el cristiano no es un «espíritu» de esclavos ni de temor. El esclavo no es libre, y vive en el temor; el hijo, al contrario, es libre y vive en el amor confiado («¡Abba!»). El Espíritu le certifica al hijo su condición de hijo; y, como el hijo es heredero, el Espíritu nos asegura que somos hijos y herederos de Dios. La realidad de hijo queda asegurada por la experiencia del amor divino y por la vida nueva, libre de la tiranía de los bajos impulsos: libertad para amar. La realidad de heredero consta por la permanencia de esa vida libre para amar, que espera «la plena condición de hijos» (8,23). Ya sabemos cuál es la herencia de este Padre, porque él ya se la dio a Jesús, su Hijo primogénito; por eso nos consta que lo que vamos a heredar es la vida eterna. Y el hecho de compartir la pasión de Jesucristo (Jesús Mesías) es señal segura de que compartiremos también su gloria. Aquí vuelve al principio de solidaridad que expuso un poco antes (cf. 5,12-19), pero ahora en su aspecto más positivo: la solidaridad en el destino definitivo (cf. Gal 4,7). De hecho, la intimidad y el trato familiar que el cristiano tiene con su Padre Dios (supuesta en el grito Ἀββά, del arameo אַבָּא) es igual a la de Jesús (cf. Mc 14,36). Por la comunidad de Espíritu, el cristiano es partícipe de la ternura y de la confianza con las que Jesús se dirige el Padre (cf. Mt 11,25; Lc 22,42), y es posible que Pablo aquí se refiera al comienzo del padrenuestro según la tradición de Lucas (cf. 11,2). El «espíritu de adopción» (πνεῦμα υἱοθεςίας) es, a la vez, la acción del Espíritu, que constituye al hombre hijo de Dios, y la decisión humana de hacerse hijo siguiendo al Hijo. La «adopción» (υἱοθεςία), predicada de Israel (Rom 9,4) por haber sido elegido por Dios (cf. Exo 4,22; Isa 1,2; Jer 31,9; Os 11,1), ahora se predica de los cristianos (cf. Rom 8,23; Gal 4,5; Efe 1,5).
La oposición entre «sufrimientos» de Jesús y «gloria» evoca el rechazo de Jesús por parte de «los hombres» –porque él no avalaba sus conductas «según la carne»– y su total aceptación por parte de Dios, porque con su conducta mostró ser realmente hijo suyo.
 
En la cultura hebrea las condiciones del hijo y la del esclavo se diferencian por estos rasgos: la libertad, obviamente, y la herencia, o patrimonio familiar.
El hijo es libre y es heredero. El esclavo no es libre ni tampoco heredero. Pablo aplica esos conceptos a los hijos de Dios y a los que no lo son esta manera:
• Esclavos son los sometidos a los bajos instintos («los deseos de la carne»).
• Hijos son los que libremente aceptan ser guiados por el Espíritu de Dios.
• La herencia de los esclavos es, ahora, la muerte en vida y, en el futuro, la muerte definitiva.
• La herencia de los hijos, después de haber tomado parte en los sufrimientos del Mesías, es la plenitud de vida desde ahora (la dicha de los hijos) y, en el futuro, la gloria del Padre.
Hay que advertir, sin embargo, que Pablo no hace mención ni alusión a los que no siendo cristianos son, de hecho, dóciles al Espíritu de Dios y dan vida como él (posibilidad que Jesús abrió declarando que también ellos reciben en herencia el reino del Padre: cf. Mt 25,34). Esto es importante no perderlo de vista para no caer en fanatismos excluyentes.
En la eucaristía nos sentamos a la mesa de los hijos para compartir desde ahora «el pan del mañana», y nos regocijamos con la dicha de los hijos en presencia del Padre.
Feliz lunes.

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