La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-martes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Martes de la XXX semana del Tiempo Ordinario. Año I.

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,18-25):

Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un dia se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6

R/.
 El Señor ha estado grande con nosotros

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R/.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R/.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R/.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,18-21):

En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»
Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general
Martes de la XXX semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Ser «hijo» de Dios es una realidad presente y abierta a un futuro insospechado. En la realidad presente, el creyente vive la ambivalencia de «tener vida eterna» y ser mortal, participar del Espíritu de Dios y resistirse a la tiranía de «la carne» (los bajos impulsos), esperar con certeza y no avizorar todavía el objeto de esa esperanza. Pero, al mismo tiempo, la certidumbre del «hijo» consiste en la dicha de la nueva vida que experimenta y que lo impulsa a vivir como el Padre, siguiendo los pasos del «Hijo», y a comprobar que la victoria sobre la «carne» es ya un hecho comprobable, aunque todavía no definitivo. Sabe que eso «definitivo» vendrá, y tiene la actitud y la disposición para esperar cuando aparentemente no haya esperanza a la vista.
Lo que le da esa certidumbre al cristiano no es un mero optimismo, sino la esperanza propia de quien ha recibido en lo más hondo de su ser la fuerza arrolladora del amor de Dios, amor que inunda su existencia con una vivencia que se verifica tanto en el hecho de sentirse amado de forma asombrosa y desbordante, como en el hecho inédito y gozoso de amar como nunca pensó hacerlo, superando sus propios límites. Esa esperanza se cifra en la comprobación de que, al infundirle su Espíritu, Dios lo capacitó para heredar la condición divina, y, por tanto, ya no hay meta que no pueda alcanzar.
 
Rom 8,18-25.
Después de haber afirmado que el hecho de compartir los sufrimientos del Mesías es señal de que compartiremos su «gloria» (8,17), ahora expone la ventajosa desproporción entre esos sufrimientos y esa gloria, que es un hecho en Jesús resucitado y, de algún modo, en el cristiano reengendrado (cf. 2Cor 3,18), aunque todavía no se haya manifestado plenamente. Pablo no habla solo de manifestación, sino también de «revelación», dando a entender que el hombre es todavía incapaz de concebir el esplendor de esa gloria futura, ni de imaginar cómo la misma gloria, a través suyo, llegará a la humanidad entera. Luego, pasa a referirse a la esperanza de la misma. Y la presenta en dos perspectivas, una universal y la otra particular:
1. Perspectiva universal.
Como un vigía que avizora el horizonte, también la humanidad –toda la humanidad (κτίσις, «creación», se refiere a la humanidad entera: cf. 2Co 5,17; Ga 6,15)– espera anhelante que se revele lo que es ser hijos de Dios (ser libre y heredero). Esto deja entender que la condición de «hijos de Dios» va más allá de las apariencias, y que requiere una «revelación» por parte de Dios para conocerla. De hecho, la humanidad es pecadora ante él («la sometió»: a juicio suyo es pecadora. Cf. Rm 11,32; Ga 3,22). Este sometimiento de la humanidad a la «decadencia» (ματαιότης: «vaciedad»), expresado primero en categorías morales, en relación con el pecado, se expresa más delante en categorías físicas (v. 21: φθορά: «corrupción»), en relación con la muerte. Pero esta misma humanidad abriga la esperanza de verse libre del sometimiento a la decadencia para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Esa libertad y esa gloria sanean la condición moral («pecado») y física («corrupción») del ser humano.
Aquí se aprecia un distanciamiento con respecto de la «filosofía» griega. Esta pretendía liberar el espíritu de la materia, considerando mala la materia; la fe cristiana –como considera «obra» de Dios el ser entero– anuncia la liberación integral del ser humano.
La liberación que la humanidad anhela a tientas tiene dos aspectos: a) la liberación del pecado, y b) la liberación de la corrupción. Esto lo «sabemos» por experiencia humana y porque nos ha sido revelado el sentido de la historia: es como un parto doloroso (cf. Isa 66,6-8; Jer 13,21). La liberación del pecado elimina la sujeción interior; la liberación de la corrupción conduce a la superación de la corrupción y a la participación de la gloria de Dios.
2. Perspectiva particular.
Pero no solo la humanidad en general. Incluso los que poseemos el Espíritu, como primicia de esa vida nueva, anhelamos y esperamos llegar a la plena condición de los hijos de Dios, el definitivo rescate de nuestro ser (la resurrección de la muerte), ya que con esa esperanza nos salvó Jesús (nos dio vida/Espíritu). El concepto de «primicia» implica un don inicial, real, y a la vez incompleto, en vistas a una plenitud futura. En esa perspectiva, la adopción es una realidad presente (cf. 8,15), pero también abierta a una realización plena en su alcance. A eso se refiere cuando habla de «la plena condición de hijos», a semejanza de la condición filial de Jesús después de su resurrección (cf. 1,4), por obra del Espíritu Santo (cf. 1,3; 8,11), que es el rescate definitivo de la persona en cuanto ser en relación («cuerpo»). Esa es la «esperanza» con la cual fuimos «salvados», colmados de vida, agraciados con las primicias del Espíritu. La esperanza es como la adopción: ya disfrutamos del cumplimiento de la promesa, pero todavía esperamos un cumplimiento futuro en plenitud. Esa esperanza tiene que seguir siendo futura, porque, si no, dejaría de ser esperanza. Por eso, necesitamos constancia para aguardar que se realice dicha esperanza. Pablo describe con el vocabulario de la vista –en categorías semitas– la experiencia de la salvación. En efecto, «ver» no es simplemente percibir con los ojos, sino tener experiencia personal de algo. Quiere dar a entender que la salvación (vida) objeto de la esperanza es humanamente inimaginable (cf. 1Cor 2,9; Isa 64,4) y que esta existencia limitada no nos permite comprender la plenitud de vida a la que estamos destinados. Por eso, esperar el cumplimiento de una promesa cuyo pleno contenido escapa a nuestra comprensión es algo que requiere confianza y constancia de nuestra parte.
 
La realización de la esperanza requiere de nuestra parte actividad, no pasividad. El cristiano muestra su esperanza en el compromiso y en la capacidad de correr riesgos, sin imprudencia, para que la promesa de Dios sea conocida y la humanidad reciba así respuesta a sus anhelos. No hay esperanza en la pasividad, sino en el dinamismo que provoca el Espíritu Santo.
La liberación es obra del Espíritu de Jesús. Él rompe nuestra sujeción a los impulsos egoístas («los bajos instintos»), anula de raíz nuestra inclinación al pecado (la injusticia personal), nos saca de nuestra complicidad con la injusticia social («el pecado del mundo») y nos sitúa por encima de la ley (natural, civil y religiosa) para que amemos con la libertad del Hijo de Dios.
La glorificación es la consecuencia última y definitiva de nuestra salvación. Dios la realiza en nosotros por medio de su Espíritu, como la realizó en Jesús, resucitándolo de la muerte, para romper nuestra última atadura: la condición mortal, y hacernos exclusiva y plenamente hijos suyos, iguales a él, así como Jesús. Y esa será nuestra herencia definitiva.
Esta es la realidad que la eucaristía opera de manera progresiva en nosotros, porque nos va liberando y salvando y, de este modo, el sacramento nos va configurando con Jesús.
Feliz martes.
 

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