La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de XXI semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1,1-5.8b-10):

 

Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda. Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 149,1-2.3-4.5-6a.9b

 

R/. El Señor ama a su pueblo

Cantad al Señor un cántico nuevo, 
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; 
que se alegre Israel por su Creador, 
los hijos de Sión por su Rey. R/. 

Alabad su nombre con danzas, 
cantadle con tambores y cítaras; 
porque el Señor ama a su pueblo 
y adorna con la victoria a los humildes. R/. 

Que los fieles festejen su gloria 
y canten jubilosos en filas: 
con vítores a Dios en la boca; 
es un honor para todos sus fieles. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,13-22):

 

En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito y, cuando lo conseguís, lo hacéis digno del fuego el doble que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: «Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga!» ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro? O también: «Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga.» ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? Quien jura por el altar jura también por todo lo que está sobre él; quien jura por el templo jura también por el que habita en él; y quien jura por el cielo jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Lunes de la XXI semana del Tiempo Ordinario. Año I.

Inicialmente, Tesalónica era una notable ciudad portuaria ubicada en el golfo Térmico, al norte de Grecia, fundada hacia el año 316 a. C. por Casandro, general de Alejandro Magno. Casandro le asignó este nombre en honor a su esposa, que era hermanastra de Alejandro. Los romanos la conquistaron en el año 168 y pasó a ser capital de la provincia romana de Macedonia en 146. La actual ciudad de Salónica era esa capital de la provincia romana de Macedonia establecida en 146 a.C. Según Hch 17,1, existía allí una colonia judía con una sinagoga a la que eran asiduos muchos prosélitos, entre los cuales se destacaba un importante grupo femenino (cf. Hch 17,4). Allí, a Tesalónica, llegó Pablo con Silvano (Silas) y Timoteo procedentes de Filipos, en donde Pablo y Silvano habían sido perseguidos (cf. 1Ts 2,2), hacia el año 49/50, poco después de la resurrección de Jesús. Fueron bien acogidos (cf. 1Ts 1,6-7), y allí debieron de permanecer largo tiempo, pero la colonia judía los rechazó y Pablo huyó a Berea, y de allí se marchó a Atenas, mientras Silvano se quedó en Berea y Timoteo lo acompañó a Atenas. Después, Pablo mandó a Timoteo a averiguar por la comunidad de Tesalónica (cf. 1Ts 3,5), este y Silvano se le unieron en Corinto, lugar del que probablemente Pablo escribió esta carta.

1Ts 1,1-5.8b-10.
El saludo va de parte de los tres fundadores de la comunidad a «los que en Tesalónica forman la Iglesia de Dios Padre y del Señor Jesús Mesías». El carácter «local» de la iglesia se puede valorar como uno de sus rasgos distintivos desde la perspectiva humana, geográfica y cultural; y –como rasgo definitorio de su identidad cristiana– aparece su vínculo con «Dios Padre» por medio del «Mesías Jesús», vínculo que se expresa mediante una sola preposición «en» (ἐν) rigiendo en dativo ambos nombres («Dios Padre» y «Jesús Mesías»), vinculados con la conjunción «y» (καί: cf. 2Tes 1,1). Otras veces, dice «las Iglesias de Dios que están… en el Mesías Jesús» (1Tes 2,14; 1Cor 1,2), para distinguir la iniciativa de Dios de la vinculación al Mesías.
El contenido del saludo («gracia y paz») no tiene indicación de origen, («de Dios nuestro Padre y del Señor, Jesús Mesías»: cf. Rm 1,7; 1Co 1,3; 2Co 1,2; Ef 1,2; Fp 1,2; Col 1,2: «de Dios nuestro Padre»). La «gracia» es el amor gratuito que el Padre otorga por medio del Hijo y establece una relación firme y duradera del hombre con Dios; la «paz» es la consecuencia de esa gracia tanto en la relación con Dios –reconciliación– como en la relación de armonía entre los seres humanos. Desea, pues, la experiencia del amor divino y sus consecuencias en la alianza con Dios y en la convivencia humana («Iglesia de Dios»).
La acción de gracias, segundo elemento de la carta, tiene por motivo la comunidad misma, a la que el apóstol y sus compañeros mantienen presente en su oración por tres motivos: su fe activa, su amor esforzado y su esperanza tesonera, fincados en la persona del «Señor» (liberador), «Jesús» (salvador), «Mesías» (rey). La «oración» (προσευχή) de la que habla es mucho más amplia que la mera petición (δέησις); se refiere a la invocación a Dios, ante quien se acuerda de la comunidad.
La certeza de la elección de los tesalonicenses se funda en dos realidades: la iniciativa del amor de Dios («amados por Dios») y la respuesta de la comunidad al mensaje, que se percibe en «una fuerza exuberante del Espíritu Santo». el amor recibido que, amando, responde al amor divino. Así se comprueba la eficacia de la buena noticia anunciada y acogida. La fe, propuesta y acogida, respondió a la iniciativa del amor divino, amor que quedó patente en la forma como Pablo y sus compañeros llevaron a cabo la predicación de la buena noticia («para bien de ustedes»).
Esta respuesta se dio en medio de muchas dificultades, pero también rebosando «la alegría del Espíritu Santo». Ese hecho los convirtió en referente tanto para los creyentes de la provincia del Norte («Macedonia»), de la que Tesalónica es era la capital, como para los de la provincia del sur («Acaya»), de la que la capital era Corinto (vv. 6-7, omitidos). La comunidad se ha convertido en altavoz del mensaje del Señor incluso más allá de Macedonia y Acaya (Grecia), dado que el hecho fue notorio: judíos, gran número de griegos y mujeres notables (cf. Hch 17,1-4) hasta el punto de ser un acontecimiento muy comentado («ha corrido de boca en boca»). Aunque se trate de una notoria hipérbole, la expresión «en todas partes» se refiere a los lugares en los que Pablo era conocido porque había visitado esos lugares en Acaya y Macedonia
Lo que refiere de ellos se concreta en dos datos importantes como reacción al primitivo kerigma: el abandono de los ídolos (ruptura con el pasado), y la conversión a Dios, «para servir al Dios vivo y verdadero». Esa conversión abre un horizonte de futuro que hunde raíces en el presente: «aguardar la vuelta desde el cielo de su Hijo, al que resucitó de la muerte, de Jesús, el que nos libra del castigo venidero». Les hace un resumen del ya conocido anuncio de la vida, muerte y resurrección de Jesús, del cual son seguidores (cf. v. 6), y en cuyo triunfo encuentran la certeza de realización de su propio futuro. El término «castigo» (ὀργή: «ira») expresa las consecuencias de la idolatría, que inevitablemente lleva al ser humano y su sociedad a la injusticia y a la ruina.

La conversión se da «de los ídolos al Dios vivo y verdadero». La oposición expresa no solo que los ídolos son inertes y falsos, sino que la idolatría implica la muerte y el engaño, o la violencia y la mentira. La evangelización supone todo un impulso de humanización, porque rescata tanto a los individuos como a las sociedades de esos dos factores de disolución: la mentira y la violencia. El amor de Dios no es mera efusión de sentimiento, es el descubrimiento de la gran verdad que deslegitima y supera la violencia, permitiendo a «los hombres» experimentar en su vida y en su convivencia la «fuerza exuberante del Espíritu Santo» y la «alegría del Espíritu Santo», factores de integración y de desarrollo humano. La evangelización de las comunidades, urbanas o rurales, de nuestras sociedades excluyentes se legitima con esa fuerza de amor universal (incluyente) que derriba las barreras artificiales que separan y enfrentan a individuos y grupos y logra la unidad sin anular las diversidades, sino que las interpreta y acoge como factores de integración. Eso es un signo visible y testimonio elocuente de la Iglesia «sacramento universal de salvación».
La celebración eucarística es experiencia de ese amor universal de Dios y escuela de convivencia fraterna, con la fuerza y la alegría del Espíritu Santo. En ella, la comunidad evangelizada muestra y refuerza su unidad, y renueva su compromiso de trabajar por la unidad de los pueblos.
Feliz lunes.

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