La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la XVII semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (4,7-16):

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33

R/. Bendigo al Señor en todo momento

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
y lo salva de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa
en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que le temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,19-27):

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Lunes de la XVII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Después de la «alianza de sangre» entre el Señor y el pueblo a través de Moisés, saltamos siete capítulos, cuyo contenido prepara la narración de hoy. Esos siete capítulos se refieren al culto, pero de un modo tan detallado que es evidente que se trata de una retroproyección del culto que más tarde tendrá lugar en el templo de Jerusalén. Si se vincula con el desierto, es con la finalidad de darle legitimidad a las manifestaciones posteriores del culto como expresión de relación con Dios basada en la alianza. El ser humano se mueve así entre dos mundos, el sacro y el profano, y pasa del uno al otro ateniéndose a unos requisitos establecidos por la divinidad. En el fondo, se trata de mantener el respeto hacia el Señor que los sacó de Egipto, que es único.
 
Exo 32,15-24.30-34.
Moisés se había quedado en el monte recibiendo instrucciones de parte de Dios durante cuarenta días (cf. Ex 24,15-18). El relato generaliza («Viendo el pueblo…») lo que probablemente es una iniciativa de un grupo que no comulgó con el segundo precepto del decálogo, que prohibía hacer representaciones del Señor (cf. Ex 20,4), y propuso representárselo para que esa representación guiara su marcha. El becerro, que es símbolo de fuerza y fecundidad, sería como su pedestal, y reemplazaría el arca de la alianza. Aarón terminó siendo el determinador y organizador del hecho, «el pueblo» apoyó su financiación, y todos lo celebraron. Pero el Señor le advirtió a Moisés que se había consumado una idolatría y declaró que su ira iba a destruir el pueblo y a crear uno nuevo a partir de Moisés. Este intercedió por el pueblo y la «ira» cesó (cf. Exo 32,1-14, omitido). Esta «ira» se entiende de dos maneras: o la reprobación de Dios, o las consecuencias del extravío. En este caso, se trata de que el Señor impidió la repercusión negativa del hecho, es decir, que dicha idolatría destruyera su pueblo.
La lectura que hoy se nos propone contiene:
1. Descenso de Moisés del monte con las losas de la Ley escritas por Dios (אֱלֹהִים) y su encuentro con el pueblo que se ha «hecho» un dios (אֱלֹהִים/ אֱלֹהַּ) para postrarse ante él. Josué, ayudante de Moisés, confundió el griterío con tumulto de guerra, pero Moisés precisó que eran cantos. Y, al verificar su apreciación, rompió las losas (signo de la ruptura de la alianza) y quemó y trituró el becerro hasta pulverizarlo, lo echó en agua y se los dio de beber a los culpables. En Israel había una especie de sondeo de culpabilidad aplicada a la esposa de un marido que no tuviera pruebas de que ella le era infiel, y que consistía en hacerla beber ceniza del suelo del santuario mezclada en agua: si la mezcla le hacía daño, era culpable; si no, era inocente (cf. Num 5,11-31). Se llamaba «ley de los celos». En la edad media, se llamó «ordalía», y así se conoce hoy. Aquí no se trata de ese sondeo judicial, porque no hay duda alguna sobre la culpabilidad del pueblo.
Moisés interrogó a su hermano Aarón, quien se excusó alegando la perversidad del pueblo. Hay que notar el contraste entre lo que se dijo antes, donde Aarón desempeña un papel activo tanto en la fabricación del becerro como en su declaración de que ese becerro representaba al Señor (cf. 32,4); ahora, Aarón afirma que lo único que hizo fue solicitar el oro y echarlo al fuego, y que el becerro «salió» (por sí mismo, o prodigiosamente) del fuego.
2. Opción por el Señor (יהוה) y pena capital contra 3.000 por mano de los hijos de Leví. Moisés convocó a los leales al Señor, y respondieron todos los levitas, a los cuales facultó para ejecutar a espada a los culpables. El narrador calcula el número de ejecutados «como 3.000» (o tres «clanes» o «familias»: אַלְפֵי, como en 12,37). Su significado puede ser que estos fueron declarados «muertos» (excluidos) para el pueblo, teniendo en cuenta que antes se había establecido un cierto paralelo entre ser «reo de muerte» y ser «excluido del pueblo» (Exo 31,14) a causa de la violación del precepto sabático. El relato tiene la función de excluir a los levitas de complicidad con dicha idolatría y justificar su posterior posición privilegiada en el culto (cf. Exo 32,25-29, omitido).
3. Intercesión de Moisés a favor del pueblo pecador. La conciencia de pecado era clara, como lo era también la de su gravedad. Moisés consideró necesario pedir el perdón del Señor, y se ofreció él mismo a «subir» hasta el Señor para impetrarlo, esperando obtenerlo. Cuando el relato habla de que Moisés subió de nuevo al monte a interceder por el pueblo, queda la impresión de que el exterminio atrás mencionado no se hubiera dado. La confesión de culpa que hizo Moisés indica el reconocimiento de la perversidad que cometió el pueblo «haciéndose dioses de oro». El plural («dioses») implica una retroproyección de los futuros pecados de idolatría.
Moisés se solidarizó con el pueblo pecador para interceder por él. Su petición de ser «borrado» del «libro» (o registro) del Señor alude a las listas que se hacían después de los censos, y que de él es borrado el que debe morir (cf. Sal 69,29). El Señor respondió a la súplica de Moisés con un principio de responsabilidad personal, asegurándole que solo el que hubiera pecado era el que, a su hora, rendiría cuentas y sería borrado del libro. Pero el Señor ya no se refiere al pueblo como «mi pueblo», sino «tu pueblo». La intercesión de Moisés fue aceptada al precio de hacer efectiva su solidaridad con el pueblo. No obstante, el ángel del Señor seguirá guiando la marcha, pero la sanción por el pecado queda pendiente. De hecho, en el v. 35 se informa que «el Señor castigó al pueblo por venerar el becerro que había hecho Aarón».
 
Resulta irónico «hacer» un dios (hechura de manos humanas), es muy sarcástico que justamente sea Aarón (representante del culto) quien «hace» ese dios, y es patético el espectáculo del pueblo que se desprende fácilmente de su oro para que le hagan un «dios» a su antojo. También hay que reparar en el hecho de que Moisés les haga beber el ídolo pulverizado. A la hora de la verdad, el becerro es nada, no puede salvarse de la ira de Moisés; mucho menos podía salvar al pueblo.
De los tres «castigos» que menciona el relato (cf. 32,20.28.35), el leccionario prefiere el atribuido a Moisés. Pero, si tiene en cuenta la prohibición de la idolatría contenida en el decálogo, allí se anuncia este «castigo» hasta la tercera generación después de cometido el pecado (cf. Exo 20,5). El «castigo» consiste en las consecuencias del culto a los ídolos rivales del Señor (יהוה).
El perdón del cual aquí se habla consiste en que no se da el exterminio total del pueblo. Pero es importante señalar que la idolatría surge de dos hechos:
1. Separar el culto de «las palabras del Señor» (el decálogo).
2. Dar prioridad al culto sobre la alianza (rito sin fidelidad).
Se puede dar la idolatría sin necesidad de cambiarle el nombre a Dios. Basta con darle un nuevo contenido. Se puede invocar al Dios liberador dándole culto al ídolo opresor. Y para estos ídolos parece haber más disponibilidad de recursos económicos que para ser fiel en la relación con el Dios liberador. El Padre Dios guarda a su pueblo de esa solapada idolatría cuando pronuncia su palabra en el don de su Hijo amado y cuando, en el sacramento de la eucaristía, une el culto con la palabra por medio del «sacrificio» del Hijo, su entrega de amor por todos.
Feliz lunes.

29 de julio.
Memoria de Santa Marta.
 
Llama la atención que la liturgia celebre la memoria de santa Marta, y no celebre la de su hermana María ni la de su hermano Lázaro. Hay que anotar que la liturgia no hace memoria de cada uno de los santos, por eso existe un día en que se conmemoran todos juntos. La impresión que queda es que propone la memoria sobre todo de aquellos que en su vida tuvieron que realizar un notable proceso de conversión. Esto anima a los discípulos de todos los tiempos para hacer su propio proceso «animados por su presencia alentadora» (Prefacio de los santos I).
 
1. Primera lectura (1Jn 4,7-16).
La «santidad» del cristiano consiste en su «consagración» a Dios. Jesús, el Consagrado, confiere a sus discípulos su propia unción, que les permite tener conocimiento directo del Padre (cf. 1Jn 2,20.24). Esta santidad es dinámica (cf. 1Jn 3,2), y se va desarrollando al ritmo del seguimiento de Jesús, a impulsos del Espíritu Santo (cf. 1Jn 3,24).
El «conocimiento» de Dios no es teórico, sino vital; solo el que ama es «hijo» y «conocedor» de Dios. Dios se ha manifestado como amor porque se da a sí mismo dando vida (salva), es decir, comunicando su Espíritu, y purificando del pecado (libera), es decir, devolviéndole al hombre el señorío de sí mismo. Y ese amor es libre norma de conducta para el cristiano. Así constata que la vida cristiana es «santa», porque está animada por el Espíritu Santo y santificador. De allí brota el testimonio de vida nueva que da el cristiano: él habla de su experiencia («conocimiento»), no simplemente de su ciencia («saber»). Y allí radica la seguridad que tiene el cristiano de estar unido a Dios, porque ama como él.
Ese conocimiento se basa en la fe («…le hemos dado fe y conocemos el amor…»), es decir, la fe compromete en un estilo de vida, el seguimiento de Jesús, y ese compromiso lleva a conocer por experiencia la realidad de su amor. No es que la fe resulte del conocimiento, sino a lo inverso, la fe –como experiencia de vida– conduce al conocimiento vivo del amor de Dios manifestado en Jesús. Sin el seguimiento de la «fe» no hay «conocimiento» (experiencia) del amor.
 
2. Evangelio (Jn 11,19-27).
Betania, la comunidad de los amigos de Jesús, aparece aquí «cerca a Jerusalén» (Jn 11,18), indicio de que esta vez –en el acontecimiento de la muerte de Lázaro– a pesar de ser amigos de Jesús, están más cerca del judaísmo que de Jesús.
Y los judíos solo van a manifestarles su pesadumbre, no llevan esperanza. Por eso, Marta tiene que salir de la casa para ir al encuentro de Jesús. Sus palabras para él son de reproche, porque considera que él pudo impedir la muerte de su hermano, pero ella dice saber que Dios lo escucha y le dará lo que él le pida, quizá esperando algo al estilo de los hechos de Eliseo (cf. 2Ry 4,8ss): una revivificación. Jesús le dice que su hermano resucitará, mucho mejor que lo que ella le pide. Pero, como están tan «cerca de Jerusalén», Marta entiende la resurrección al estilo fariseo, y usa la expresión «el último día» en el sentido que le atribuían ellos (fin del mundo; en tanto que, para Jesús, denota el día de su muerte). Aparentemente, se están entendiendo, pero Jesús advierte que Marta habla de un saber que es información y no experiencia. Las cosas que ella dice saber vienen de la enseñanza farisea. Por eso, en su saber se delata cierta decepción.
Jesús, enfrenta ese saber doctrinal con su propia persona. Por ser él «la vida», ya que posee en plenitud el Espíritu, es también «la resurrección», ya que esa plenitud de vida supera para siempre la muerte. Él no retrasa el morir, sino que perpetúa el vivir. Por eso, no es una realidad futura, sino presente. E invita a Marta a pasar del «saber» conceptual a «creer» en su persona. Le asegura que quien le da su adhesión de fe jamás morirá. Y ella da el salto de su saber a la fe. Manifiesta creer «firmemente» en Jesús como Mesías e Hijo de Dios, con lo cual se deslinda de la visión de Mesías que transmitían los fariseos. Y en eso consiste su conversión.
 
2. Evangelio (Lc 10,38-42).
Marta y María (no hay mención de Lázaro) aparecen en este relato como dos estilos de discípulo de Jesús. En tanto que Marta (מָרְתָא, Μάρθα) –nombre de origen arameo, que significa «señora»– aparece como la propietaria de la casa, María (מִרְיָם, Μαρία) –nombre de origen probablemente egipcio, con el significado de «exaltada»– aparece en relación con Marta («tenía una hermana que se llamaba María»). Estos dos personajes aparecen de modo diferente en el evangelio de Juan.
Como «dueña» de la situación, Marta se afanaba por atender al huésped de la mejor manera que sabía, según las heredadas costumbres de hospitalidad. María, en cambio, adoptó una postura de mucho significado: sentarse «a los pies» del Señor a escuchar sus palabras. Es decir, asumió una clara actitud de discípula (cf. Lc 8,35; Hch 22,3). Marta le reclamó a Jesús que se uniera a ella y le reprochase a María su descuido de las normas de hospitalidad. Pero Jesús le reprochó a Marta su preocupación y su dispersión, dos actitudes que impiden la escucha del mensaje (cf. Lc 8,14: «las preocupaciones»). En definitiva, Jesús avaló la actitud de María como «la parte mejor, y esa no se le quitará». Es decir, el mensaje de Jesús, que invita a buscar ante todo el reinado de Dios, garantiza lo demás (cf. Lc 12,31), en tanto que «las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida» (cf. Lc 8,14) van asfixiando el mensaje en la marcha de los discípulos, casi sin que ellos se den cuenta («mientras caminan»), y los llevan al fracaso como tales («no llegan a madurar»). Sin la escucha del mensaje, el servicio sin amor se vuelve una carga agobiante, y el seguimiento sin libertad de elección deriva en cumplimiento de esclavos (cf. Lc 17,10).
María representa a los discípulos que acogen al Señor escuchándolo; Marta, a los que pretenden acogerlo con normas y costumbres. Aquí se aprecia el contraste entre «las obras de la Ley» y la fe como adhesión personal. Jesús exhorta a Marta a pasar de la Ley a la fe.
 
La fe es la confianza absoluta en un ser humano, Jesús, que compromete en la prolongación de su obra y en la fidelidad a su mensaje. Para creer en Jesús no hay que renunciar a la condición humana, hay que llevarla al máximo de todas sus posibilidades; es decir, hay que creer en el ser humano que es uno mismo. Jesús no se presenta como superhombre; él es «el Hijo del Hombre», la cumbre de la realidad humana, la máxima expresión de lo que significa ser humano. Nada es más ajeno a la fe que la mediocridad. Y en la experiencia de la fe, el creyente se encuentra con la realidad de Dios, no al modo de un saber intelectual, sino al de un conocimiento experimental.
La eucaristía es «comer y beber», o sea, interiorizar una experiencia cotidiana en la cual el creyente se trasciende para ir tras Jesús y ser como él. Marta lo captó y lo vivió, y por eso la recordamos.
Feliz conmemoración.

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