La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Lunes de la VII semana del Tiempo Ordinario. Año I

Primera lectura
Comienzo del libro del Eclesiástico (1,1-10):

TODA sabiduría viene del Señor
y está con él por siempre.
La arena de los mares, las gotas de la lluvia
y los días del mundo, ¿quién los contará?
La altura de los cielos, la anchura de la tierra
y la profundidad del abismo, ¿quién las escrutará?
¿Quién ha escrutado la sabiduría de Dios, que es anterior a todo?
Antes que todo fue creada la sabiduría,
y la inteligencia prudente desde la eternidad.
La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas
y sus canales son mandamientos eternos.
La raíz de la sabiduría, ¿a quién fue revelada?
y sus recursos, ¿quién los conoció?
La ciencia de la sabiduría, ¿a quién fue revelada?
y su mucha experiencia, ¿quién la conoció?
Uno es el Altísimo, creador todopoderoso.
Uno solo es sabio, temible en extremo:
el que está sentado en su trono.
El Señor mismo creó la sabiduría, la vio, la midió
y la derramó sobre todas sus obras.
Se la concedió a todos los vivientes
y se la regaló a quienes lo aman.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 92,1ab.1c-2.5

R/. El Señor reina, vestido de majestad

V/. El Señor reina, vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder. R/.

V/. Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R/.

V/. Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R/.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,14-29):

EN aquel tiempo, Jesús y los tres discípulos bajaron del monte y volvieron a donde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos escribas discutiendo con ellos.
Al ver a Jesús, la gente se sorprendió y corrió a saludarlo. El les preguntó:
«¡De qué discutís?».
Uno de la gente le contestó:
«Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces».
Él, tomando la palabra, les dice:
«Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo».
Se lo llevaron.
El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; este cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos.
Jesús preguntó al padre:
«Cuánto tiempo hace que le pasa esto?».
Contestó él:
«Desde pequeño. Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos».
Jesús replicó:
«Si puedo? Todo es posible al que tiene fe».
Entonces el padre del muchacho se puso a gritar:
«Creo, pero ayuda mi falta de fe».
Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo:
«Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él y no vuelvas a entrar en él».
Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió.
El niño se quedó como un cadáver, de modo que muchos decían que estaba muerto.
Pero Jesús lo levantó cogiéndolo de la mano y el niño se puso en pie.
Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas:
«Por qué no pudimos echarlo nosotros?».
El les respondió:
«Esta especie solo puede salir con oración».

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

Lunes de la VII semana del Tiempo Ordinario. Año I.

Además de los escritos de los profetas, el Eclesiástico (o Sirácida) es el único libro del Antiguo Testamento de autor ciertamente conocido: Jesús, hijo de Sirá (50,27; 51,30). Fue un libro tan leído en la Iglesia antigua que, por eso, se le dio el título de «Eclesiástico». Como no era tenido por canónico entre los judíos, el texto hebreo original desapareció hasta fines del siglo VIII, cuando un grupo hebreo lo usó durante dos siglos; desapareció nuevamente en el siglo XII hasta finales del siglo XIX. En 1931, 1958 y 1960 aparecieron nuevos fragmentos, hasta que en 1966 se encontraron unas páginas suyas en excavaciones hechas en Masada.
Jesús ben Sirá quiere defender el patrimonio religioso del judaísmo e intenta convencer a sus correligionarios de que Israel posee la auténtica sabiduría en la Ley, y que no tiene que envidiarles a las conquistas, reales pero ambiguas, del pensamiento y de la cultura del mundo helénico.

Sir 1,1-10.
El libro comienza explicando la relación intrínseca entre sabiduría y respeto a Dios. El traductor griego utiliza escasamente el nombre griego de Dios (θεός); prefiere el término «Señor» (κύριος) para traducir los nombres más comunes de Dios en hebreo (יהוה, אֱלֹהִם, עֶלְיוֹן).
Los primeros 10 versículos se refieren a la sabiduría en sí. A partir del v. 11 se refiere a su relación con el respeto a Dios («temor del Señor»). Los primeros diez versículos son el texto propuesto para este día. En él, la sabiduría aparece, a la vez, como atributo divino, y, por tanto, eterna como él; también es la primera creación de Dios, y, además, es objeto de revelación y de donación.
1. La sabiduría, atributo divino (vv. 1-3).
La sabiduría es una cualidad divina. Por eso, lo primero que afirma el autor es que toda sabiduría procede del Señor. Se entiende por «sabiduría» (griego σοφία; hebreo חָכְמָה) un saber práctico, una habilidad o destreza; es inteligencia que implica saber-hacer. Cualquier conocimiento (saber y experiencia) de la realidad, es a la vez teórico y práctico, y tiene su origen en el Señor. Pero esa procedencia no implica desprendimiento; la sabiduría «está con él eternamente», es un «efluvio divino, emanación purísima de la gloria del omnipotente» (cf. Sab 7,25); brota de Dios, pero, al mismo tiempo, mantiene su íntima relación con él y relaciona lo demás con él.
Se relaciona con la creación en sus aspectos minúsculos («los granos de la arena de la playa, las gotas de agua de la lluvia, los días de los siglos»), y también en los mayúsculos («la altura de los cielos, la anchura de la tierra, la hondura del abismo») cuyo número y cuyas dimensiones escapan al saber práctico del ser humano («contar») y a su saber teórico («rastrear»).
2. La sabiduría, creación divina (vv. 4.9).
La sabiduría es creación de Dios. Para su mejor comprensión, ahora la expresa en términos de «inteligencia prudente» o «inteligencia y prudencia», otra forma de insistir en su doble carácter, a la vez, «teórica» y «práctica»; esta insistencia del autor quizá se deba al propósito de diferenciarla de la «sabiduría» griega, que es ante todo especulativa (cf. 1Cor 1,22), aunque en Israel hubo también sabios teóricos, o sea, no comprometidos con su saber (cf. Is 29,14). Después del versículo 4, el texto latino inserta un versículo 5 que no aparece en el texto griego (salvo en los designados con la sigla griego 248): «La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios que está en el cielo; sus canales son los mandamientos eternos», versículo que distingue con más claridad las dos expresiones de la sabiduría, el atributo divino y la creación divina.
La sabiduría no fue creación mediata de Dios, es decir, no la creó mediante recurso alguno, sino que es creación personal suya (κύριος αὐτὸς), él la «conoció y la midió». Su preexistencia se afirma con frecuencia en los libros sapienciales (cf. Job 28,12-23; Pr 8,22-31; Bar 3,20-32), en relación con la creación. En cuanto creación divina, no es identificable con Dios, y se entiende más bien como atributo de las creaturas, de lo cual se hablará en el próximo apartado.
3. La sabiduría, don divino (vv. 8.10).
Antes del versículo 8, el texto latino y el «griego 248» insertan un versículo 7 (ausente en el texto griego corto): «¿A quién fue revelada la ciencia de la sabiduría? ¿Quién comprendió su mucha experiencia?», que introduce este tema. El autor quiere insistir en que la fuente de la sabiduría es el Señor (cf. v. 1), y por eso ahora afirma que el único sabio por excelencia es Dios, el rey que inspira respeto (cf. v.8). Así establece que él es su único autor y su propietario indiscutible.
Él «la derramó sobre todas sus obras» (v. 9). Es la sabiduría manifestada en la existencia, en el hecho mismo de ser. La existencia de las creaturas es expresión de la sabiduría creadora y creada de Dios. Al mismo tiempo, ellas manifiestan la sabiduría, atributo divino, y participan de ella en su calidad de seres autónomos, que ostentan consistencia propia y muestran un orden admirable.
Por otro lado, la sabiduría solo es accesible al hombre por revelación, no por empresa humana (cf. v. 6). La sabiduría además de derramada sobre las creaturas, particularmente ha sido repartida «entre los vivientes». Aquí se avanza un paso más: ya no es la existencia, sino la vida, sobre todo la de los animales y la humana (σάρξ), la que recibe y a la vez refleja la sabiduría divina repartida a ellos «según su generosidad». Y, por último, pasa de esa vida que el Señor ama con generosidad a la vida de «los que lo aman», refiriéndose así a los que tienen relación con él en virtud de la alianza basada en la Ley. La Ley expresa el grado máximo de sabiduría revelada o comunicada.

La sabiduría no es un simple saber teórico; incluso cuando se refiere a ella en ese sentido, el autor tiene en mente su carácter eminentemente práctico. Se resume su sentido en el hecho de «saber vivir» y «saber convivir». Por eso hay como una triple distinción:
1. La sabiduría divina, atributo del Señor, que reina desde el cielo, por la cual él es recto, procede con rectitud e infunde respeto.
2. La sabiduría creada, reflejada en las creaturas, manifestación de la bondad del ser divino y portadoras de bondad.
3. La sabiduría revelada, transmitida a los hombres, por la cual el ser humano aprende a vivir y a convivir con los demás. Esta es más visible en los que aman al Señor cumpliendo la Ley.
El autor afirma que toda sabiduría procede de Dios, y que él es la fuente misma de la sabiduría que existe en las creaturas y, particularmente, en el ser humano.
Los cristianos llamamos a Jesús «sabiduría de Dios» (cf. 1Co 1,24), y esta sabiduría se expresa en la cruz, que confunde los saberes humanos (cf. 1Cor 1,19). Es la sabiduría del amor manifestado hasta el extremo, que no concuerda con las teorías humanas, aunque es el verdadero camino de realización para el ser humano. En la eucaristía hacemos memoria de «la locura de la cruz» (1Co 1,21) y, para asombro del mundo, decimos «amén» a esa locura, comprometiéndonos nosotros también a vivirla. Esa «locura de Dios» es la sabiduría del Espíritu que se manifiesta en nuestro compromiso de amor al estilo de Jesús.
Feliz lunes.

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