La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-lunes

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Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdecincelejo.org)

La Palabra del día

Primera lectura

Comienzo de la carta a los Hebreos (1,1-6):

EN muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas.
En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos.
Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues ¿a qué ángel dijo jamás:
«Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy»;
y en otro lugar:
«Yo seré para él un padre,
y él será para mí un hijo?».
Asimismo, cuando introduce en el mundo al primogénito, dice:
«Adórenlo todos los ángeles de Dios».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 96,1.2b.6.7c.9

R/.
 Adorad a Dios todos sus ángeles

V/. El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Justicia y derecho sostienen su trono. R/.

V/. Los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
Adoradlo todos sus ángeles. R/.

V/. Porque tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):

DESPUÉS de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Palabra de Dios

La reflexión del padre Adalberto
Lunes de la I semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
El escrito comúnmente conocido como «carta a los hebreos» no es «carta», porque no encaja en el género epistolar, ni se dirige a «hebreos», ya que el interpela a destinatarios cristianos. Se trata de un «discurso de exhortación» (λόγος τῆς παρακλήσεως: Hb 13,22) que se orienta a cristianos expuestos a influencias judaizantes y quizás tentados por ellas. El escrito tiene este esquema:
Exordio (1,1-4)
1. El Hijo Mediador (1,5–2,12)
2. Las cualidades del Mediador (3,1–5,10)
3. El sacerdocio del Mesías (5,11–10,39)
4. La fe y la esperanza en Dios (11,1–12,13)
5. Amor y convivencia cristiana (12,14–13,21)
Final (13,22-25).
El texto de hoy abarca el exordio y se extiende al comienzo de la primera parte.
 
Heb 1,1-6.
Es evidente desde el principio que este «discurso de exhortación» (sermón) se propone distinguir y deslindar la antigua alianza de la nueva. Por eso comienza diferenciando la revelación antigua de la nueva. Después se refiere al Mediador, cuya excelencia ponderará a continuación.
1. La revelación.
En primer lugar, el autor establece dos épocas: «antiguamente» y «ahora».
La época antigua tiene como características las «múltiples ocasiones» en las que Dios «habló» a los «padres» y las «muchas maneras» de las que se valió para hacerlo. Esa locución de Dios no se refiere a escritos, sino a palabra viva, a comunicación de viva voz. El revelador es el «Dios vivo» (Jos 3,10) que se ha hecho presente en la historia «en múltiples ocasiones», porque él está por encima del tiempo, no es un dios inerte (un ídolo) ni reciente. Los «padres» a los que se dirigió Dios son «antepasados» y precursores en la fe, y como tales los reconoce el autor, aunque no los llama «nuestros padres», lo que supone cierta distancia con respecto de ellos. La comunicación de Dios se hizo a través de «los profetas», evidente alusión a los portavoces cuya inspiración se atribuye al «Espíritu del Señor» (cf. Is 61,1), es decir, los profetas de la antigua alianza.
La época actual («ahora») se caracteriza por ser la «etapa final», es decir, definitiva. La «antigua» era transitoria, la actual tiene carácter permanente, aunque sigue siendo histórica. Esto indica que lo que caracteriza ambas épocas es la «alianza» que se da en cada una, o sea, la relación entre los seres humanos y Dios (cf. Hb 8,13). Así pues, el carácter definitivo o «permanente» no es de la época en sí –que sigue sujeta a la mutabilidad del tiempo–, sino de la alianza que se da «ahora». Este cambio de época se da por la muerte y resurrección de Jesús, ya que en su «sangre» se pacta esta nueva alianza (cf. Hb 9,11-22).
2. El Mediador.
La locución de Dios ahora se da por medio de «un Hijo al que nombró heredero de todo». Dios no solo se comunica por medio de «un hijo»; esa indeterminación permite suponer que él tiene más de un hijo, y que cualquiera podría hablar en su nombre. Y esta afirmación es válida, porque Dios tiene «muchos hijos» y se propone conducirlos «a la gloria» (cf. Hb 2,10). Por eso, añade la determinación (un Hijo) «al que nombró heredero de todo», lo que equivale a «hijo único», y está en aparente contradicción con la afirmación anterior. Así que esta condición de «hijo único» ha de entenderse en el sentido de «un hijo singular». De hecho, por este Hijo había creado Dios «los mundos y las edades». El término griego αἰών significa «edad» y «mundo» (tiempo y espacio). A Dios se le atribuye la creación de la historia y del cosmos en simultánea por medio de ese Hijo.
La condición de «Hijo» se contrapone a la de «profeta» por su relación con el Dios que se revela. En tanto que el «profeta», inspirado y todo, es «amigo» o «siervo» de Dios, el Hijo es igual a su padre. En efecto, el Hijo es «reflejo de su gloria» (la de Dios) e «impronta de su ser». Estas dos expresiones relacionan al Hijo con la Sabiduría divina que, además de partícipe de la creación del universo (cf. Prv 8,29-31; Sab 7,21; 9,9; Heb 11,3), tiene una relación tan estrecha con Dios que el autor la expresa con los términos más audaces y casi sin antecedentes (cf. Sab 7,25-26).
3. El Mediador-Hijo.
El Hijo, además de su singular relación con Dios tiene también una relación particular con todo lo creado: lo sostiene «con su potente palabra (la de Dios)». La palabra pronunciada por el Dios creador (cf. Gen 1,3ss) tiene tanta eficacia que ella sola basta, sin esfuerzo alguno, para mantener los seres en su existencia: es suficiente con que él lo haya dicho (cf. Sal 33,9). El lenguaje parece sugerir que Dios «dijo» y el Hijo «cita» lo que dijo Dios, y así «sostiene todo», haciéndole eco.
De modo semejante, el Hijo tiene una relación mucho más personal con la humanidad, ya que realizó en su favor «la purificación de los pecados», lo cual implica una gesta liberadora de hondo calado y gran alcance, por cuanto eliminó las injusticias que impedían la deseada relación de Dios con los seres humanos, y así hizo posible que estos pudieran abrirse al don de Dios y recibirlo. Después de esa «purificación», el Hijo «se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas», o sea, asumió la condición real al lado de Dios –rey del espacio y del tiempo (cf. Sal 93,1)–, de manera estable (cf. Sal 110,1), con una victoria garantizada a perpetuidad y más capaz que los ángeles de comunicar con Dios a los hombres, por cuanto es superior «el título que ha heredado», es decir, el nombre mismo de Dios (cf. v. 2: «un Hijo… heredero de todo»).
Su condición de Hijo de Dios es superior a la de los ángeles: estos son cortesanos, el Hijo es lo mismo que el Padre-rey (vv. 5-6); ellos son subordinados, el Hijo es Dios y Señor (vv. 7-12); los ángeles son sus agentes, el Hijo es rey entronizado (vv. 13-14). Así que hay que perseverar fieles al Hijo según lo aprendido para recibir la excepcional salvación que trae el Hijo (cf. Heb 2,1-4).
 
El escrito tiene actualidad en un mundo con tantas ofertas religiosas, científicas y culturales como es el caso actualmente. Aunque –en una suposición hipotética– fuera abolido el calendario actual y no se contaran los años antes de Cristo y después de Cristo, la realidad de la nueva alianza no sufriría merma, porque esta pervive en nuestra relación con Dios a través de su Hijo, y no en las hojas del calendario. Aunque nos dieran plausibles explicaciones científicas sobre el origen del universo, ninguna de ellas podrá probar que el tiempo y el espacio no son dones de Dios para que nos realicemos en su presencia haciendo historia con Jesús en cualquier lugar del mundo. Y aunque surjan «ángeles» que pretendan sustituir al Hijo –y aun al Padre–, ninguno podrá darnos la experiencia de libertad («purificación») y vida feliz («salvación») que encontramos en el Hijo.
Permaneciendo fieles a él, seremos fieles a nosotros mismos y a nuestras más caras aspiraciones. Comulgando con él viviremos esa libertad y disfrutaremos de esa vida nueva.
Feliz lunes.

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