La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Jueves de la XXV semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Comienzo de la profecía de Ageo (1,1-8):

El año segundo del rey Darío, el mes sexto, el día primero, vino la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a Zorobabel, hijo de Salatiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Josadak, sumo sacerdote: «Así dice el Señor de los ejércitos: Este pueblo anda diciendo: «Todavía no es tiempo de reconstruir el templo.»»
La palabra del Señor vino por medio del profeta Ageo: «¿De modo que es tiempo de vivir en casas revestidas de madera, mientras el templo está en ruinas? Pues ahora –dice el Señor de los ejércitos– meditad vuestra situación: sembrasteis mucho, y cosechasteis poco, comisteis sin saciaros, bebisteis sin apagar la sed, os vestisteis sin abrigaros, y el que trabaja a sueldo recibe la paga en bolsa rota. Así dice el Señor: Meditad en vuestra situación: subid al monte, traed maderos, construid el templo, para que pueda complacerme y mostrar mi gloria –dice el Señor–.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 149,1-2.3-4.5-6a.9b

R/.
 El Señor ama a su pueblo

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey. R/.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. R/.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca;
es un honor para todos sus fieles. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,7-9):

En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?»
Y tenía ganas de ver a Jesús.

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Jueves de la XXV semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Darío subió al trono en circunstancias convulsas: intrigas palaciegas y revueltas populares. Al regresar de una campaña contra Egipto, Cambises, el antecesor de Darío, se suicidó cuando se enteró de que un usurpador, de nombre Gaumata, se había proclamado rey en su lugar. A Darío, miembro de la familia real, le tocó luchar durante dos años en dos frentes: derrocando a Gaumata y sofocando las sublevaciones que pululaban en el imperio. Nada extraño que en esas circunstancias los judíos fueran maltratados por los persas, sus captores, presa del miedo y el recelo. Ageo se hace eco de esa situación (cf. 2,6-7. 21-22).
Entre tanto, la «tierra prometida» ha quedado reducida en extensión (poco más de 30 km2), y tanto Jerusalén como los demás asentamientos estaban en ruinas y los campos incultos a causa de las malas cosechas (cf. 1,9-11; 2,15-17). El pueblo está dividido y desesperado: unos venden a otros como esclavos por deudas (cf. Neh 5; Mal 3,5); los que fueron al destierro y los que se habían quedado apenas coexistían, pero no convivían. Los samaritanos del Norte fueron tratados con desprecio cuando quisieron participar en la reconstrucción del templo (cf. 2,10-14), y esto provocó reacciones de retaliación. Algo semejante sucedió respecto de los edomitas del Sur (cf. Mal 1,3; Abd).
Después del primer intento de reconstruir el templo (537 a.C.), la precariedad de los medios disponibles y la oposición de los «samaritanos» (colonos asirios) forzaron a los repatriados a suspender los trabajos. La inestabilidad política de los primeros años del reinado de Darío se hizo sentir en Jerusalén, y el profeta Ageo –seguido después por Zacarías– aprovechó para despertar el sentimiento nacional. Su mensaje interpreta los «signos de los tiempos» como un reproche a su letargo espiritual.
El breve ministerio de Ageo se sitúa entre junio y diciembre del año 520 a.C. Su libelo apenas contiene cuatro oráculos, fechados y con destinatario: tres a Zorobabel y uno a los sacerdotes. El leccionario solo nos trae los dos primeros, dirigidos a Zorobabel.
A finales de agosto del 520 pronuncia el primero de sus oráculos (hoy se lee la mitad). Es «el año segundo del reinado de Darío».
 
Ageo 1,1-8.
Los cimientos del templo habían sido puestos en abril-mayo del año 536 (cf. Esd 3,7-13). Y nada más se había podido hacer (cf. Esd 4).
Las dificultades materiales de los recién repatriados y de los antiguos residentes no permitían holgura para continuar esas obras. Por otro lado, los colonos del norte (asirios-samaritanos) habían logrado que se interrumpieran los trabajos comenzados. Y, por último, Jeremías había anunciado que transcurrirían 70 años para el regreso (cf. Jer 25,11), y ese plazo todavía no se había cumplido. Por todo eso, la gente decía que todavía no era el momento para reconstruir el templo. El profeta discute esos razonamientos comparando las ruinas del templo demolido por los caldeos con las casas que se han construido, e indirectamente los acusa de indolencia.
Enseguida, los pone a reflexionar en la situación en la que se encuentran: ingentes esfuerzos y escasos resultados: Se refiere a las actividades fundamentales de la economía agropecuaria de la época: sembrar-cosechar, que debía proporcionarles pan (trigo) y vino (vid); esquilar las ovejas (lana) para hilar, tejer y elaborar vestiduras (abrigo); y la situación del asalariado, al que le pagaban con monedas, es igualmente precaria: el dinero se le va sin que él sepa cómo («en bolsa rota»). Trabajan, sí, pero no logran mejorar sus condiciones ni la calidad de su vida; es un trabajo improductivo. Cada uno siente que hace lo mejor que puede, pero no avanzan.
Entonces, él les hace una exhortación: comprometerse con una obra grande, la construcción del templo, para que vean la gloria del Señor. En las indicaciones que les hace, no habla Ageo de cortar piedras para construir el templo, solo de traer maderos. Es probable que la ciudad de Jerusalén se encontrara llena de las piedras cortadas que quedaron como ruinas después de las demoliciones hechas por los caldeos cuando se tomaron la ciudad y derribaron tanto el templo como las otras grandes construcciones.
El Señor promete dos cosas: aceptar el templo reconstruido y manifestar en él su gloria. Con la primera promesa va implícita una oferta de reconciliación; el Señor aceptará el culto que le tribute el pueblo, lo que implica el perdón de sus faltas pasadas –que produjeron la ruina del templo– y la renovación de la alianza –«ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios»–, de modo que la historia común se reanude. Con la segunda, que puede entenderse como acción refleja («me cubriré de gloria») o transitiva («manifestaré mi gloria»), se describe la actividad liberadora del Señor (cf. Exo 14,4.17.18; Isa 8,23) y el reconocimiento de la misma por parte del resto rescatado por él (cf. Isa 24,15), o por parte de los tiranos (cf. Isa 25,3-4).
Continúa después (vv. 9ss, omitidos) explicando que la esterilidad de sus esfuerzos se debe a su infidelidad a Dios (el profeta se vale del arcaico esquema de culpa-castigo; es su teología). Cuando todos reaccionan con «temor del Señor» (respeto a Dios, principio de la sabiduría), entonces el profeta, como mensajero de Dios, garantiza la presencia protectora de Dios y el pueblo pone manos a la obra en la construcción del templo.
 
No es preciso recurrir al esquema de culpa-castigo para captar el fondo del razonamiento de Ageo. Aparentemente, se trata de construir un edificio, pero es mucho más que eso. Se trata de manifestar la decisión colectiva de dar culto al Señor que los sacó de Egipto y los repatrió de Babilonia. En efecto, los logros dependen del alcance de los proyectos. Si subordinan los proyectos individuales (sus casas) al proyecto comunitario (la casa del Señor), la construcción de una nación unida los hará fuertes y alcanzarán estabilidad y prosperidad. La reflexión que Ageo propone tiene la finalidad de llevarlos a la conclusión de que la deseada abundancia no provendrá del individualismo, sino que será fruto de su fidelidad al proyecto de Dios.
El razonamiento de Ageo parece un eco lejano (pero eco, ciertamente) de lo que enseña Jesús en dos pasajes del evangelio: En Mt 4,4 recuerda que «no solo de pan vive el hombre, sino también de lo que Dios vaya diciendo»; la última palabra no está en la prosperidad económica, sino en el designio de Dios. En Mt 6,25-34 explica que si cada uno se limitara a sus intereses particulares (comer, beber, vestirse), todos demostrarían no estar adheridos al Padre; si todos buscan el reinado de Dios, tendrán todo aquello que los apremia, y mucho más.
La eucaristía nos ayuda a superar los individualismos y a buscar ante todo ese macroproyecto que nos satisface plenamente: el reino de Dios. De hecho, en el banquete eucarístico comen los individuos en la medida en que se construye la comunidad eclesial. Si se dejara de edificar la comunidad, los individuos no podrían comulgar con el cuerpo del Mesías.
Feliz jueves eucarístico y vocacional.

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