La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-jueves

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Foto: Pixabay.

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (7,10-14):

EN aquellos días, el Señor habló a Ajaz y le dijo:
«Pide un signo al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».
Respondió Ajaz:
«No lo pido, no quiero tentar al Señor».
Entonces dijo Isaías:
«Escucha, casa de David: ¿no basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 23,1-2.3-4ab.5-6

R/. Va a entrar el Señor; él es el Rey de la gloria.

V/. Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R/.

V/. ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede entrar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R/.

V/. Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Esta es la generación que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):

EN el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazarat, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
Él ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?»
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido en hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

20 de diciembre. 

Es natural que el ser humano experimente temor ante lo que amenaza su vida, su convivencia con los otros y su supervivencia como especie. Es comprensible que se enfrente a las condiciones adversas a sus aspiraciones. Es justificable que se rebele ante las situaciones de injusticia que le impiden su desarrollo personal o social. Es legítimo que aspire a una calidad de vida cada vez superior, sin dejarse imponer límites en este sentido, porque el ser humano nació para vivir, y no admite que su vida se cifre en mezquindades. La esperanza de una vida mejor nunca se colmará aquí. Dios alienta esa esperanza, para colmarla él, pero solo los humildes se fían de él. 

1. Primera lectura: promesa (Is 7,10-14).

El rey Acaz (735-720), sintiéndose perplejo y acobardado ante el poderío de sus dos enemigos, el reino de Israel y el reino de Damasco, recibió un oráculo del profeta, que sostenía en brazos a su pequeño hijo Sear Yasub (שְׁאָר יָשׁוּב: «un resto volverá»), que funge como testigo del futuro de la vida y de la convivencia para el pueblo y como promesa para la dinastía de David. El poder, en concreto el poder militar, no garantiza la vida y la supervivencia del pueblo. Si de poder se tratara, el Señor podría dar «una señal» del mismo, sea en el ámbito de la muerte («en lo hondo del abismo»), quizás exhibiendo su dominio sobre ella, o dando muerte a sus enemigos, o en el ámbito divino («en lo alto del cielo») quizás provocando fenómenos estelares, o exhibiendo en su favor prodigios salvadores. El rey se rehúsa a «tentar al Señor» (cf. Ex 17,7; Sl 78,18.41.56; 95,9; 106,14), aduciendo respeto y fingiendo así una fe que no tiene. En realidad, se trata de una evasiva del rey, porque es Dios mismo quien, por medio del profeta, le ofrece dicha «señal».Pero el profeta Isaías lo desenmascara y le enrostra su realidad.

Primero le recuerda que tiene la responsabilidad de ser heredero y custodio de la promesa («casa de David»), y acto seguido le reprocha «cansar a los hombres» (es decir, la mala administración del reino) y de intentar «cansar a mi Dios» (su actitud prepotente y autosuficiente). Ya no le habla de «tu Dios» (v. 11), sino de «mi Dios», porque el rey se muestra sin Dios. Y el Señor toma la iniciativa de dar una «señal»: una vida naciente que realizará la presencia de Dios en medio del pueblo. Este anuncio reviste la forma de otros oráculos de anunciación (cf. Gn 16,11-12; Jc 13,7). Dicha señal no se realizará en los ámbitos exteriores al mundo («cielo», «abismo»), sino en el ámbito intra-mundano. Será una señal de carácter histórico. En todo caso, deja clara constancia de que la salvación no depende del poder sino de la fidelidad; no de la capacidad de dar muerte, sino de la de transmitir vida. 

2. Evangelio: cumplimiento (Lc 1,26-38).

Una vez más, la dinastía de David está seriamente cuestionada. En su trono ya no se sienta un descendiente suyo, sino un rey ilegítimo, Herodes, que era de origen idumeo, no judío. El pueblo ya no está amenazado de dominio foráneo, sino ocupado por el invasor poder romano. Tampoco la institución religiosa custodia la promesa ni asegura su cumplimiento, porque, igual que el rey Acaz, se ha quedado con una religión formal, no tiene fe, y por eso, como Zacarías, el sacerdote mudo, no tiene ya mensaje alguno para el pueblo que espera.Al sexto mes de la concepción de Juan (evocando el «sexto día», cf. Gn 1,26-31), Dios actúa. Busca un lugar periférico y se dirige a una «virgen» (joven y fiel) capaz de comprometerse, y de hecho ya comprometida (estaba «desposada») con un descendiente de David. Su nombre, muy apropiado: «María» (Μαριάμ, מִרְיָם: «exaltada», «revoltosa»). Mientras la institución (en Zacarías) se quedó muda, el ángel Gabriel trae un «saludo» (mensaje) para María de parte de Dios, que hace eco a las profecías «atadas» por la institución religiosa (cf. Zac 9,9; Sof 3,14; Lc 19,29-36): el anuncio del Mesías de paz, anuncio silenciado por la ideología nacionalista. Ella verá cumplida la profecía del Emanuel, «el trono de David» (el de la promesa) se lo dará el Señor Dios a Jesús, no lo heredará del modo habitual, y su reinado se prolongará sin fin, no será cosa de un período breve o largo, pero, en todo caso, limitado. María capta que esto sobrepasa las fuerzas humanas y el ángel le explica que sí, que se realizará por la acción del Espíritu Santo, como don de vida de lo alto, lo cual ya se insinúa en el nombre del mensajero. En efecto, Gabriel significa «fuerza de Dios». Y la fuerza de Dios es la vida.

Como testimonio, el ángel aporta el caso de Isabel: donde la vida era humanamente imposible, Dios la hizo florecer, «porque con Dios nada resulta imposible» cuando de dar vida se trata. María se fía y se compromete con Dios de manera incondicional (se declara «la sierva del Señor»). En ella, la fe de la humanidad en Dios alcanza su plena madurez; ella no necesita apoyos, puede conducirse con autonomía. Por eso, «el ángel la dejó». Quien está disponible para el Espíritu es autónomo, no necesita de tutores, es libre para amar. El poder, por su lógica impositiva, niega la libertad y reprime la fe, oprime el amor y suprime la esperanza. Sin libertad –sobre todo la interior– es impensable la opción de fe, inconcebible la decisión de amar, e iluso alimentar la esperanza. La institución religiosa se muestra impermeable a la palabra de Dios porque está interesada en su propia conservación, y la fe en Dios no le da la seguridad de lograrla.

Por eso, el hombre-funcionario (el incrédulo rey Acaz) se desentiende de la promesa y del pueblo, sin tener en cuenta que la dinastía de David es proyecto divino antes que un interés individual suyo.En cambio, la virgen llamada «María» muestra –incluso siendo joven– una grande capacidad de compromiso, apertura al auténtico mensaje de Dios y sentido de la realidad. Es libre, y por eso opta por fiarse de Dios, amar al Mesías que ha de venir, y esperar con confianza el cumplimiento de la promesa, «porque con Dios todo es posible».Una vez más, la Virgen María aparece como ícono viviente de la Iglesia y testigo de la fe necesaria para recibir al Señor. Por eso, al celebrar la eucaristía y al recibir la comunión eucarística, ella nos sirve como modelo para acoger al Señor.¡Ven, Señor Jesús!

Feliz día.

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