La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la profecía de Amos (8,4-7):

Escuchad esto, los que pisoteáis, al pobre
y elimináis a los humildes del país,
diciendo: «Cuándo pasará la luna nueva,
para vender el grano,
y el sábado, para abrir los sacos de cereal
—reduciendo el peso y aumentando el precio,
y modificando las balanzas con engaño—
para comprar al indigente por plata
y al pobre por un par de sandalias,
para vender hasta el salvado del grano?».
El Señor lo ha jurado por la Gloria de Jacob:
«No olvidaré jamás ninguna de sus acciones».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 112,1-2.4-6.7-8

R/. Alabad al Señor, que alza al pobre.

V/. Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. R/.

V/. El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? R/.

V/. Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2,1-8):

QUERIDO hermano:
Ruego, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto.
Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Pues Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos; este es un testimonio dado a su debido tiempo y para el que fui constituido heraldo y apóstol —digo la verdad, no miento—, maestro de las naciones en la fe y en la verdad.
Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando unas manos limpias, sin ira ni divisiones.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,1-13):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando».
El administrador se puso a decir para sí:
“¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”.
Este respondió:
“Cien barriles de aceite”.
Él le dijo:
“Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”.
Él contestó:
“Cien fanegas de trigo”.
Le dice:
“Toma tu recibo y escribe ochenta”.
Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.
Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
Jesús cambia de interlocutores, aunque no de lugar. Se dirige a «sus discípulos», sin perjuicio de que lo escuchen también «los fariseos» (Lc 17,14), para presentarles la vida con el lenguaje de la administración. En aquella época, el propietario designaba como administrador de sus bienes a uno de sus siervos, de reconocidas aptitudes (cf. 12,42), con tres funciones. Inicialmente, era el que parcelaba el pastizal y racionaba el consumo del pasto por parte del ganado. Después, era el capataz que se encargaba de la alimentación de los otros siervos. Finalmente, fue el hombre de confianza a quien su señor le encargaba la gerencia de sus negocios, sobre todo de comercializar sus mercaderías, autorizándolo a cobrar una comisión por esto último. La buena administración agropecuaria y la doméstica lo habilitaban para la administración comercial (cf. 12,43-44).
 
Lc 16,1-13.
Jesús se refiere aquí a un administrador de todos los bienes de su señor que se volvió deshonesto, y que, al ser llamado a rendir cuentas, realizó una última maniobra que resultó ser «sagaz» (12,42), y, a pesar de no haber sido «fiel», esa jugada significó para él una oportunidad de supervivencia, que su señor tuvo que reconocer. De esa parábola deriva Jesús lecciones para sus discípulos.
1. La parábola.
Comienza hablando de «cierto hombre rico», personaje que representa a todos los «ricos». Jesús llama «pobre» al que es libre, desprendido y generoso, y «rico» al codicioso, apegado y mezquino.
Anteriormente habló Jesús del administrador «fiel» y «sensato», que es el ideal de sus discípulos. Ahora se refiere a un administrador que desleal e insensato cuyo señor se entera de eso, le exige rendición de cuentas y le anuncia su despido. Perderá el empleo y la familia.
El administrador mira hacia su incierto futuro, quizá por primera vez, y se pregunta qué hará (cf. 12,17), ya que no tiene capacidad para ser agricultor y no se imagina a sí mismo como mendigo: Ni trabajando, ni pidiendo. Entonces recurre a una solución que en apariencia es contradictoria. El administrador recibía de su señor unos precios por los cuales debía responderle, pero tenía libertad para aumentarlos y apropiarse de la diferencia. Su solución consiste en ser desprendido: descontar de modo generoso las comisiones que él cobraba, sin afectar más el patrimonio de su señor, para ganarse la benevolencia de los deudores, y así tener amigos que lo acojan cuando se quede del todo sin empleo y sin hogar.
La expresión «fue llamando uno por uno a los deudores de su señor» supone tres ejemplos, que darían la noción de totalidad, pero solo aparecen dos. El tercero es él mismo. Por favorecer sus propios intereses, fue desleal con su señor; ahora, para cancelar esa deuda de lealtad, resuelve su problema sin detrimento para su señor, intentando así enmendar su deslealtad. Por otro lado, se puede apreciar que en un caso su comisión era del 100%, y en el otro del 20%. Era avaricioso.
2. El reconocimiento.
El propietario reconoce que el administrador codicioso procedió con la «sagacidad» que le había faltado como administrador de confianza. Al final, este aprendió que vale más tener amigos que amontonar dinero robado. La denominación «administrador de la injusticia» (cf. 18,6: «juez de la injusticia») llama la atención sobre lo que se administra, el intercambio de mercancías, que es de suyo injusto, por la arbitrariedad con la que se gestiona. Estas palabras no se atribuyen al «rico», sino que expresan la valoración del narrador ante la admiración del «rico» por la habilidad con la que sigue procediendo el administrador, incluso en momentos críticos.
Y en esto se ve que, aunque hubiera procedido interesadamente, los sujetos de «esta edad», como él, «son más sagaces con su gente» –con los que piensan y proceden como ellos– y aprenden los unos de los otros a salir airosamente de apuros. En cambio, «los que pertenecen la luz», como es el caso de los discípulos, se muestran menos hábiles y recursivos para gestionar el bien.
3. Las lecciones.
Silenciada la voz del propietario y la valoración del narrador, resuena la de Jesús: «Ahora les digo yo». Invita a los discípulos a que miren el dinero (y en el fondo todos los recursos económicos) no como un fin, sino como un medio. Aquí se refiere al dinero convertido en ídolo. La expresión «dinero injusto», que difícilmente traduce la expresión griega que usa el evangelista (μαμωνᾶ τῆς ἀδικίας), es traducción de un concepto que, en arameo, connota la personificación de la riqueza (מָמוֹן). Ese dinero «idolatrado» debe ser reorientado y utilizado para ganar amigos, de modo que esos amigos nos alcancen lo que el dinero no puede: la acogida en las moradas eternas. El dinero no tiene hogar en esta vida, mucho menos en la vida futura. Los amigos sí.
Enseguida, reflexiona sobre la fidelidad del administrador. La fidelidad administrando minucias –los recursos económicos lo son– muestra la confianza que se nos puede dar para administrar lo valioso. Lo «propio» del ser humano es el don del Espíritu Santo, que infunde vida definitiva; lo «ajeno» a él es el dinero y lo que el dinero representa, que no garantiza la vida. El que no es desapegado, desprendido y generoso con el dinero, no tiene capacidad alguna para recibir el don del Espíritu de Dios, porque este lleva al don de sí mismo. Si alguno no puede dar cosas que son ajenas, menos puede dar lo que le es «propio», no puede darse a sí mismo.
Y concluye afirmando que es imposible servirle a Dios (que es amor), y al dinero (que es codicia), porque, en el plano afectivo, terminará aborreciendo al uno y queriendo al otro, o, en el plano efectivo, si se adhiere al uno rechaza al otro. Cualquier término medio es pura ilusión engañosa.
 
Esta parábola nos impide caer en el sentimentalismo iluso del amor a Dios sin el amor al ser humano. Hay que escoger entre dos señores: o el Señor que nos hace libres, el Padre, o el señor que nos hace esclavos, el dinero injusto convertido en ídolo. La idolatría no está en los recursos económicos en sí, que son neutros, sino en la administración que hagamos de los mismos. «La finalidad fundamental (de la producción económica) no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el poder, sino el servicio al hombre, al hombre integral, teniendo en cuenta sus necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y religiosas» (Gaudium et spes, 64). El dinero no es señor de la humanidad. «La actividad económica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los hombres; por ello es injusto e inhumano organizarlo y regularlo con daño de algunos trabajadores» (Gaudium et spes, 67).
Cuando celebramos la eucaristía debemos recordar que «no podemos participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios» (1Co 10,22), es decir, no podemos comulgar con el Señor y apoyar esos sistemas económicos que exigen sacrificios humanos. A la mesa eucarística traemos pan y vino, «frutos de la tierra y del trabajo del Hombre». Construyamos un mundo nuevo, donde los recursos económicos sean efectivamente para construir el reino de Dios ganando amigos.
¡Feliz día del Señor!

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