La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

Fiesta patronal en Sincé
Solemnidad de la Natividad de la Santísima Virgen María

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (9,13-18):

¿Qué hombre conocerá el designio de Dios?,
o ¿quién se imaginará lo que el Señor quiere?
Los pensamientos de los mortales son frágiles
e inseguros nuestros razonamientos,
porque el cuerpo mortal oprime el alma
y esta tienda terrena abruma la mente pensativa.
Si apenas vislumbramos lo que hay sobre la tierra
y con fatiga descubrimos lo que está a nuestro alcance,
¿quién rastreará lo que está en el cielo?,
¿quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría
y le envías tu santo espíritu desde lo alto?
Así se enderezaron las sendas de los terrestres,
los hombres aprendieron lo que te agrada
y se salvaron por la sabiduría».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 89

R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

V/. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. R/.

V/. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

V/. Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervo. R/.

V/. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Filemón (9b-10.12-17):

Querido hermano:
Yo, Pablo, anciano, y ahora prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien engendré en la prisión Te lo envío como a hijo.
Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en nombre tuyo en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo: así me harás este favor, no a la fuerza, sino con toda libertad.
Quizá se apartó de ti por breve tiempo para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido, que silo es mucho para mí, cuánto más para ti, humanamente y en el Señor.
Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,25-33):

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general
XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
A medida que los dirigentes del pueblo se cierran al mensaje universalista de Jesús, este explicita aún más las condiciones para seguirlo. Ahora aparece dirigiéndose a las multitudes que van tras él, pero no con él. A la primera oportunidad, Jesús se «vuelve» hacia esas multitudes y les plantea claramente las exigencias del seguimiento, que no se trata de un fenómeno de masas, sino de una opción muy personal que implica rupturas. Por eso, su condición indispensable es la libertad: «si uno quiere venirse conmigo…». Él invita, no engaña, ni amenaza ni halaga.
Supuesta la libertad, Jesús propone tres condiciones a quienes quieran seguirlo, y –después de la segunda– intercala una exhortación a reflexionar antes de tomar esa decisión.
 
Lc 14,25-33.
El seguimiento tiene como punto de partida una base humana, indispensable para ser persona y para aceptar como tal las condiciones propiamente dichas del seguimiento.
1. Condición básica: la libertad.
La libertad, humanamente considerada, tiene dos formas de realización: la libertad de acción y la libertad de opción. La primera se refiere a la facultad para actuar; la segunda, a la posibilidad real de escoger. En la concepción general, una persona es libre cuando hace lo que le venga en gana, lo cual pone el acento en el deseo; pero, cuando el deseo es irracional, dañino para la convivencia, o autodestructivo, no se puede hablar de libertad sino de servidumbre. Entonces se percibe que esa libertad de acción es muy superficial, «exterior», que necesita un regulador, lo cual pone el acento en la razón, dada la necesidad de escoger sin condicionamientos externos ni internos. Es la llamada libertad de opción, que es más profunda, «interior», más humana, más verdadera.
Pero hay una tercera forma de libertad, que es la libertad para amar, fruto del Espíritu Santo, la que se requiere para seguir a Jesús, que pone el acento en el amor que consiste en el don de sí. Es libre el que se desprende para dar, pero es más libre el que se desprende de sí para darse.
2. Primera condición: la opción personal por él.
Jesús exige subordinarlo todo a su persona, comenzando por los valores más sagrados: preferirlo incluso a las lealtades familiares y a la propia vida. Esta exigencia llama la atención sobre lo que él encarna y propone. Por eso hay que examinarla en su contexto.
La sociedad antigua tenía tres valores fundamentales e intocables: la familia, la religión y la patria. Si uno prefiere a Jesús por encima de su familia, lo prefiere también por encima de su religión y por encima de sus lealtades sociopolíticas. Esto implica que él ofrece algo superior a la familia, a la religión y a la patria.
Él no niega la importancia de esos valores, sino que los relativiza. Esta opción personal por él y por su causa ensancha el concepto de familia al incorporar a los suyos en una familia fundada en vínculos superiores a los biológicos, o sociales (cf. Lc 8,21; 18,29); sustituye la religión por la fe al revelar a Dios como Padre y su amoroso designio de vida para la humanidad entera; y supera el estrecho concepto nacionalista de patria al proponer el reino de Dios como la patria de toda la humanidad. Optar por él no es perder, sino ganar, aunque haya que renunciar.
3. Segunda condición: La coherencia indoblegable.
Jesús exige que su seguidor esté preparado para afrontar la hostilidad de la sociedad con la cual rompe al escogerlo a él. Es comprensible que una sociedad fundada en el dominio de las personas que la integran se sienta amenazada por el crecimiento de la libertad de sus miembros, y que, por esa causa, se oponga a ese crecimiento. Esa sociedad no acepta la propuesta de Jesús, y la rechaza juzgando, condenando y persiguiendo a los que se atrevan a seguirlo.
Experimentar ese rechazo significa «cargar la cruz»; es asumir la exclusión por haber preferido a Jesús y desarrollar así la libertad más allá de lo socialmente permitido. Cargar con el descrédito social, afrontar el fracaso humano, o sea, participar de la suerte de los excluidos de esa sociedad, es consecuencia de la opción personal por Jesús. Esta exigencia tiene en cuenta la costumbre de abuchear, insultar y maldecir al condenado a morir crucificado cuando recorría el trayecto entre el lugar del tribunal que lo condenó y el lugar en donde se ejecutaba la crucifixión. Jesús compara ese trayecto a la entera existencia terrena de su seguidor: «cada día» (cf. Lc 9,23).
4. Exhortación a la reflexión.
Dada la seriedad de la decisión, Jesús invita a la reflexión valiéndose de dos comparaciones:
Primera: La construcción de una casa o torre.
Un proyecto familiar tiene sus costos. También los tiene un proyecto comunitario. Sobre todo, el proyecto del reino de Dios. Hay que calcular los recursos con los cuales se cuenta, a ver si se puede comenzar y llevar a cabo ese proyecto. Los recursos humanos no son suficientes. Si no se abren al amor universal del Padre, sus potenciales seguidores no podrán recibir el Espíritu Santo, y jamás podrán ser parte de ese proyecto, ni miembros del reino de Dios.
Segunda: La batalla de un rey contra otro.
Una lucha no se libra sin medir fuerzas. Y si las fuerzas del oponente son superiores, sería una temeridad dar batalla para terminar vencido y humillado. La lucha contra el «mundo» injusto no se libra con sus armas, porque sus recursos de opresión y muerte son ilimitados. Si no se apoya en el amor del Padre –que da vida incluso a los muertos–, el miedo a ese «mundo» acobardará al potencial seguidor antes de romper con él y de vivir la libertad cristiana.
5. Tercera condición: El desprendimiento total.
La libertad que exige el seguimiento hace posible el desapego de todos los bienes, y permite la subordinación de todos ellos al proyecto de Jesús. Quien tiene apegos no es libre, está atado a aquello de lo que está apegado. No es interiormente libre. No puede ser discípulo de Jesús. Solo quien pueda desprenderse de sus valores más preciados –sean los valores familiares, culturales, sociales, políticos o económicos– será verdaderamente libre para seguir a Jesús.
Esta «renuncia» total va en contravía con la acumulación de bienes, que es causa de la injusticia social denunciada por Jesús en muchas ocasiones (cf. Lc 12,33-34; 16,1-13; 18,22-30). Renuncia que los primeros llamados hicieron espontáneamente al emprender la misión de «pescar hombres vivos» (cf. Lc 5,11). Más allá de individuos libres, Jesús se propone crear sociedades libres. En la base de esa libertad está el desprendimiento, y en su cumbre, la generosidad.
 
Definitivamente, el cristianismo es una decisión personal, que es la «puerta estrecha» de la que anteriormente habló Jesús (cf. Lc 13,24). Esta decisión la toma cada uno, la mantiene con la autenticidad de su opción, y la alimenta con la fuerza del Espíritu Santo.
Seguir a Jesús no es simplemente asumir un código ético ni cumplir un proyecto de perfección ascética; es dejarse renovar por el Espíritu Santo, disfrutar de la libertad de los hijos de Dios, y alcanzar la propia plenitud viviendo en el amor, a imagen de Jesús, el hombre nuevo. Pero ese seguimiento solo se puede concretar forjando una nueva sociedad humana, de la que es primicia la comunidad cristiana; esa nueva sociedad es la que Jesús llama «el reino de Dios», que surge de la total disponibilidad a la fuerza de vida y libertad que procede del Espíritu Santo.
Esa es la fuerza que Jesús nos infunde cuando se nos da en el pan de vida que él parte y reparte entre nosotros para que, compartiéndolo, lo sigamos unidos.
Feliz día del Señor.

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