La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto tomada de Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (3,17-18.20.28-29):

Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres,
y te querrán más que al hombre generoso.
Cuanto más grande seas, más debes humillarte,
y así alcanzarás el favor del Señor.
«Muchos son los altivos e ilustres,
pero él revela sus secretos a los mansos».
Porque grande es el poder del Señor
y es glorificado por los humildes.
La desgracia del orgulloso no tiene remedio,
pues la planta del mal ha echado en él sus raíces.
Un corazón prudente medita los proverbios,
un oído atento es el deseo del sabio.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 67,4-5ac.6-7ab.10-11

R/.
 Tu bondad, oh, Dios, preparó una casa para los pobres.

V/. Los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad a su nombre;
su nombre es el Señor. R/.

V/. Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece. R/.

V/. Derramaste en tu heredad,
oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios,
preparó para los pobre. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (12,18-19.22-24a):

Hermanos:
No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando.
Vosotros, os habéis acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,1.7-14):

En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga:
“Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Y dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
La buena noticia presenta el reino de Dios con la figura de un banquete. En todo banquete hay alimento, fiesta y comensales, elementos que connotan la vida, la alegría y la amistad propias del reino de Dios. Los alimentos compartidos, la fiesta disfrutada y la libertad de los asistentes son, a la vez, figura de la convivencia social humana. En el reino de Dios hay vida desbordante para todos, se siente la alegría del Espíritu Santo, y se vive la fraternidad de los hijos de Dios.
A propósito del banquete, Jesús muestra el sentido que tiene la humildad, ya no en función de la Ley, sino en la perspectiva del reino de Dios. En función de la Ley, la humildad es una virtud de perfección individual con reputación social; en cambio, en la perspectiva del reino de Dios, es la actitud indispensable para construir la nueva sociedad humana.
 
Lc 14,1.7-14.
Es la tercera vez que un fariseo invita a Jesús a comer, y no precisamente con buena intención. Podemos distinguir dos partes en el relato del evangelio que se nos propone para este domingo, la primera se desarrolla en un banquete sabático; la segunda, en el banquete eucarístico.
1. Recomendaciones para una sana convivencia.
La primera parte nos sitúa en el contexto de un banquete sabático, que está referido a la alianza, como celebración de la misma, pero el ambiente no es acogedor, sino hostil, al menos en relación con Jesús. Él fija su mirada en la causa de esa hostilidad, más allá de una antipatía personal, se trata de una rivalidad colectiva de todos contra todos en busca de los puestos de honor.
Haciendo uso del género sapiencial, al que estaban acostumbrados sus oyentes, Jesús propone a su consideración unas máximas que van más allá de la etiqueta o del protocolo, porque su alcance apunta a la convivencia social. De hecho, se refiere a esa rivalidad que observa en los invitados.
Jesús recuerda que la alianza es un compromiso de convivencia a los ojos del Señor. Y denuncia la competencia por los primeros puestos como causa y consecuencia de una sociedad clasista, en la cual hay unos que se arrogan la facultad de decir quién es más importante y quién lo es menos. Esa es una sociedad que arbitrariamente somete al ser humano a la vergüenza pública, como si fuera cierto que hay unos más dignos, valiosos o importantes que los otros.
Él propone una nueva escala de valores, en la cual la valía de la persona se funda en su capacidad de entrega y de servicio a sus semejantes. Eso significa «sentarse en el último lugar»: no es una postura pusilánime, es la actitud propia de quien está dispuesto a crecer sirviendo. Esta actitud dará origen a una sociedad en la que la promoción humana es el fruto reconocido del bien hecho a los demás, y no producto de la afinidad con el que tiene el poder de degradar.
Se observa que en las dos máximas se hace alusión a dos diferentes anfitriones: en la primera, se tata de un déspota desconsiderado e irrespetuoso, carente de tacto y cortesía («déjale el puesto a este»); en cambio, en la segunda el anfitrión es «amigo», es decir, alguien que se dirige al otro de igual a igual, y lo trata con respeto y cortesía, sin desplazar a nadie («amigo, sube más arriba).
La sentencia final de Jesús se refiere a un dicho profético (cf. Ez 21,31), que anuncia que el rey Sedecías será despojado de sus insignias reales y destronado por el rey de Babilonia, lo que causa una confusión de valores, confusión debida más a la injusticia local que a la humillante derrota a manos del rey invasor. En otras palabras, el orgullo de los fariseos (cf. Lc 16,15; 18,14) produjo en la sociedad judía una inversión de valores que está arruinando dicha sociedad.
2. Recomendaciones para una convivencia incluyente.
La segunda parte no se refiere a lo que está aconteciendo, sino que mira al futuro, y se refiere a lo que debería suceder. El tono hipotético de las máximas sugiere que es algo que aún no se da.
Dirigiéndose al anfitrión –que puede ser cualquiera–, Jesús propone unos criterios para que la convivencia social sea verdaderamente humana. Supera el banquete sabático, descrito como una «boda», para referirse ahora a «un almuerzo o una cena», lo que se sitúa más en la vida ordinaria, en la convivencia cotidiana. Su primera recomendación es romper el propio círculo de afinidades e intereses, es decir, practicar el amor universal. Cuatro categorías de afinidad, unidas por unos adjetivos posesivos y sendas conjunciones copulativas, se contraponen a cuatro categorías de excluidos, unidos solo por su condición de marginados. La máxima que propone en este caso al anfitrión está en contra de los usos y costumbres de la época. Era impensable que alguien hiciera una fiesta para invitar a los desposeídos de la sociedad.
Se trata de hacer el tránsito de la sociedad de los favores recíprocos, la que mantiene la riqueza y la miseria, a la sociedad de los servicios gratuitos y desinteresados, la que crea la igualdad. Esto es lo que responde al designio divino, como lo expresó la madre del Señor (cf. Lc 1,51-53), quien se hizo vocera de la tradición del éxodo; lo que reclamó el precursor del Señor (cf. Lc 3,5.10-14) para prepararle el camino; y lo que el mismo Jesús pone como condición a quien quiera colmar sus propios anhelos de vida (cf. Lc 18,22). Renunciar al ansia de rango y al reclamo posiciones de privilegio es indispensable para ser realmente grande y verdadero discípulo de Jesús.
Esta es la convivencia social que permite lograr la realización personal y alcanzar la dicha que la otra no puede ofrecerle ni al individuo ni, mucho menos, a la colectividad. Jesús promete la vida eterna entre «los justos» a quien se da sin esperar reciprocidad ni retribución, vida eterna que está en relación con la justicia, según sus palabras. Ser desinteresado asegura que, como recompensa, se hereda la condición de hijo del Altísimo (cf. Lc 6,32-35).
 
La humildad cristiana no es una virtud de ascética individualista para cultivar cierto narcisismo espiritual. Es reconocimiento efectivo de la igualdad de todos los seres humanos, para construir una convivencia social incluyente, en donde se haga posible el desarrollo de cada uno y de todos, y en donde el ser humano se pueda realizar a satisfacción. Allí es donde reina Dios.
La asamblea que celebra la eucaristía debe dar testimonio de esa humildad, porque en ella no caben hostiles rivalidades ni absurdas estratificaciones. Allí todos somos invitados de primera categoría e igualmente hijos del mismo Padre, destinatarios de la misma buena noticia y partícipes del mismo pan, el pan del amor universal, que da vida eterna.
¡Feliz día del Señor!

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