La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (18,20-32):

EN aquellos días, el Señor dijo:
«El clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave: voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la queja llegada a mí; y si no, lo sabré».
Los hombres se volvieron de allí y se dirigieron a Sodoma, mientras Abrahán seguía en pie ante el Señor.
Abrahán se acercó y le dijo:
«¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?».
El Señor contestó:
«Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos».
Abrahán respondió:
«Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza! Y si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?».
Respondió el Señor:
«No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco».
Abrahán insistió:
«Quizá no se encuentren más que cuarenta».
Él dijo:
«En atención a los cuarenta, no lo haré».
Abrahán siguió hablando:
«Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?».
Él contestó:
«No lo haré, si encuentro allí treinta».
Insistió Abrahán:
«Ya que me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si se encuentran allí veinte?».
Respondió el Señor:
«En atención a los veinte, no la destruiré».
Abrahán continuó:
«Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más: ¿Y si se encuentran diez?».
Contestó el Señor:
«En atención a los diez, no la destruiré».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 137,1-2a.2bc-3.6-7ab.7c-8

R/. Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor.

V/. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R/.

V/. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

V/. El Señor es sublime, se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
Cuando camino entre peligros, me conservas la vida;
extiendes tu mano contra la ira de mi enemigo. R/.

V/. Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (2,12-14):

Hermanos:
Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos.
Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados y la incircuncisión de vuestra carne, os vivificó con él.
Canceló la nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros; la quitó de en medio, clavándola en la cruz.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,1-13):

UNA vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
Y les dijo:
«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
La oración es una práctica común en todas las religiones. Este dato debe hacernos cautelosos a la hora de referirnos a ella, ya que cada credo tiene su propio concepto y estilo de oración, y, si no se tiene esto en cuenta, podemos incurrir en confusiones lamentables. La oración que hacen los hombres supersticiosos es más bien un «conjuro», como quien da órdenes a la divinidad. La que hacen los hombres religiosos es un hábito ascético, como quien se ejercita en la práctica de la piedad. La oración cristiana es fruto del Espíritu Santo, por la experiencia del amor de Dios.
El Evangelio de este domingo nos habla de la oración cristiana; no de la oración en general, sino de la oración propia del seguidor de Jesús.
El texto tiene dos partes claramente diferenciables:
1. La oración del cristiano.
2. La oración de petición.
 
Lc 11,1-13.
Así como el amor crea identificación entre el cristiano y el Padre por medio del Espíritu a imagen de Jesús, y esta identificación impulsa al cristiano a darse a sí mismo para darles vida a los demás, así la oración cristiana une con Jesús y el Padre, gracias al Espíritu, y mueve a orar en favor del resto de la humanidad; esta última es la oración de petición.
1. La oración del cristiano.
Jesús tiene su modo propio de orar. Esta no es la primera vez que el evangelista hace notar que, cuando Jesús ora, los discípulos no oran con él. La indicación de un «lugar» indeterminado para situar la oración de Jesús tiene la intención de dar a entender que el «lugar» de oración ya no es el templo de Jerusalén, sino allí en donde se encuentre Jesús. Esta puede ser una de las razones por las que los discípulos no oren con él, porque les parece inapropiado el lugar.
Pero esta vez la oposición va más lejos. Nos reporta el evangelista que, después de que Jesús terminó de orar, uno de sus discípulos le pidió que los enseñara a orar «como Juan enseñó a sus discípulos». Esta petición implica que Jesús les enseñe a orar al estilo y según el modelo de Juan. Esto significa que ellos no captan la diferencia entre ellos como discípulos de Jesús y los que se llaman a sí mismos «discípulos de Juan», entre sus prácticas y las de ellos (cf. Lc 5,33).
Pero –y este «pero» no lo traen las traducciones–, Jesús les dijo (a todos): «cuando ustedes oren, digan…». El cristiano no ora como cualquier orante. Tiene su propio modo de orar. Y este modo es el de Jesús, no el de algún otro. El padrenuestro es, ante todo, una oración-modelo, un estilo característico y propio del cristiano, que ora con libertad y guiado por el Espíritu del Señor.
• Cuando el cristiano ora, nunca lo hace solo; invoca como su propio Padre al Dios que es Padre de una familia de hijos. Llamarlo «Padre» es reconocerlo como íntimo y cercano, distinto de los déspotas y tiranos que dominan el mundo, y también de los «padres» terrenos, antepasados que ejercían control sobre las personas y los bienes de la familia.
• Lo primero que pide es que el Padre sea conocido como tal, no simplemente como Dios. Esta petición supone la propia disposición a cumplirla. Es decir, el hijo se compromete a hacer que este Padre sea reconocido como fuente de vida plena, libre y feliz, y que sea aceptado como el modelo de vida y convivencia; este compromiso lo cumple con su testimonio de hijo. Además, se compromete a que el reinado del Padre se extienda a toda la humanidad. Este reinado se hace efectivo a través del amor que da vida –el Espíritu Santo–, y el hijo que ora se compromete con su propia decisión de amar a extender ese reinado comunicando el mismo Espíritu.
• En segundo lugar, pide que la comunidad cristiana sea, desde ahora, testimonio del reino futuro. El «pan del mañana» es el banquete del reino definitivo, en donde disfrutaremos la vida, la alegría, la amistad y la plenitud. La comunidad se pone a disposición del Padre para ser en este mundo un espacio donde vivir el mundo futuro, un espacio en el que los seres humanos encuentren un oasis de esperanza y libertad, fraternidad y paz. Y, para lograr a cabalidad este objetivo, pide que el Padre, con el mensaje de Jesús y el don del Espíritu, la capacite para demostrarle al mundo la eficacia liberadora de su amor mediante el perdón y la victoria sobre la injusticia. La comunidad se reconoce pecadora ante Dios y con una deuda de amor ante todo ser humano. Por eso pide al Padre que la libre de ceder a los engaños del tentador que se opone a su designio.
2. La oración de petición.
A continuación, Jesús explica que, igualmente cuando pide, el cristiano ora diferente, porque lo hace a partir de una confianza que le da seguridad. Si pide, lo hace con la certeza de recibir; si busca, tiene la seguridad de encontrar; si llama, sabe que le van a abrir. No pide angustiado por la duda. Insiste, pero no para convencer a Dios, sino para fortalecer su confianza de que pide lo que debe pedir. Esa oración tiene dos referentes claros: la convivencia y la vida, en ese orden.
• Cuando pide por la convivencia, el cristiano sabe que se dirige al Dios amigo, que sabe lo que es la amistad, que valora la acogida y la hospitalidad, y que siempre está dispuesto a servir, incluso si ese servicio implica incomodarse. La convivencia humana a veces puede parecer imposible o, por lo menos, muy difícil; el Padre le ayudará a superar el desaliento y a hacerla posible.
• Cuando pide por su vida, el cristiano sabe que se dirige al Dios Padre que conoce bien lo que aprovecha y lo que daña la vida humana, lo que la nutre y lo que la envenena, y que está dispuesto a dar lo mejor de sí, su propio Espíritu, que nos comunica vida eterna. El Padre potencia a cada uno para que crezca hasta su estatura adulta infundiéndole el Espíritu de su Hijo.
 
La oración cristiana es búsqueda de sintonía con el Padre estimulados por el testimonio de Jesús e impulsados por la comunión de amor que genera el Espíritu Santo. El cristiano ora urgido por el amor, no por la necesidad; busca realizar el designio del Padre y lograr que todos los hombres participen de su dicha de ser hijo de Dios; y, cuando pide, lo hace para secundar el propósito de Dios, que quiere que la convivencia humana sea fraterna y que cada ser humano tenga la mejor calidad de vida posible, la que le da su Espíritu Santo, para que sea verdaderamente hijo suyo.
El supremo don del Espíritu nos hace comprender que Dios es realmente Padre, no paternalista; que la eficacia de la oración no consiste en que Dios nos haga las cosas, sino en que nos hace sus hijos, nos hace como él, para que nosotros actuemos como él. No nos da soluciones hechas, nos capacita para que nosotros demos soluciones sabias. Nuestra oración de petición no es una lista de deseos; es la búsqueda del don del Espíritu Santo para hacer más humanas tanto nuestra convivencia social como nuestra vida personal, y para que sean conformes con el designio divino.
Las comunidades que celebran la eucaristía el domingo están llamadas a adelantar en su asamblea eucarística el banquete del reino futuro, y a manifestar en ella la alegría la libertad y la fraternidad.
¡Feliz día del Señor!

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