La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-domingo

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(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

IV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (1,4-5.17-19):

EN los días de Josías, el Señor me dirigió la palabra:
«Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones.
Tú cíñete los lomos:
prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo,
o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte,
en columna de hierro y muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes y príncipes de Judá,
frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán,
porque yo estoy contigo para librarte
—oráculo del Señor—».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15ab.17

R/.
 Mi boca contará tu salvación, Señor.

V/. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, 
inclina a mí tu oído y sálvame. R/.

V/. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R/.

V/. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R/.

V/. Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación,
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,31–13,13):

Hermanos:
Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará.
Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.
En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,21-30):

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
 
IV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
 
El amor universal de Dios es el núcleo de la buena noticia en dos sentidos, porque manifiesta a las claras que Dios es totalmente positivo, y porque declara sin ambages que su amor bondadoso abraza a todos los seres humanos, incluso a «los desagradecidos y malvados» (Lc 6,35). Un amor así, que a nadie excluye, brinda confianza y da esperanza a todos, y a nadie debería desagradarle. Sin embargo, los seres humanos a veces no nos movemos por la razón ni nos conmovemos con el corazón, y por eso hasta el amor más sublime es susceptible de ser trágicamente rechazado.
 
El anuncio que escuchamos este domingo nos sitúa ante esta eventualidad y nos invita a pensar en los obstáculos que pudiéramos interponer a ese amor universal característico del cristiano.
 
Lc 4,21-30.
Después de que Jesús declaró el cumplimiento de la Escritura, se produjo una reacción adversa por parte de los congregados en la sinagoga, entonces Jesús intentó dialogar con ellos arguyendo explicaciones tomadas de la misma Escritura, pero sus explicaciones incitaron una reacción de rechazo por parte de la congregación, y, finalmente, Jesús emprendió el camino.
 
1. Introducción: declaración de Jesús.
La lectura del texto modificado por Jesús produjo una crispada expectativa entre los miembros de la congregación sinagogal. «Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él» (Lc 4,20). Jesús «se sentó» para explicarlo, asumiendo así la actitud del maestro que enseña, y comenzó señalando el momento como el «hoy» de la salvación (cf. Lc 2,11; 4,21; 22,34.61; 23,43; Hch 1,6; 3,18). Pero lo decisivo fue su declaración: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura mientras ustedes lo estaban escuchando».
 
2. Reacción de la congregación.
Un murmullo de desaprobación se hizo sentir. Los congregados en la sinagoga manifestaban su desacuerdo entre ellos. Se declaraban en contra, extrañados por «el discurso sobre la gracia» que pronunciaba Jesús. El narrador da a entender la simultaneidad de las acciones: mientras Jesús les habla, ellos murmuran con disgusto. Les parece inaceptable que Jesús no haya pronunciado las «palabras de desgracia» del libro de Isaías contra los paganos, y que solo haya hablado del favor de Dios tanto para judíos como para paganos
En Nazaret «se pensaba que él era hijo de José» (Lc 3,23), pero ahora lo ponen en duda porque Jesús no se parece a José ni en las ideas ni en la conducta, como ya lo había dejado ver desde su juventud (cf. Lc 2,48-49). Para ser «hijo de José» se necesitaba que compartiera la mentalidad de todos los aldeanos, y ellos ven que Jesús no ha salido como el padre que ellos le atribuyen.
 
3. Argumentación de Jesús.
En el centro del drama, Jesús interrumpe su enseñanza y responde a sus contradictores. Primero, interpreta el sentir del auditorio en la sinagoga valiéndose de un proverbio que supone que ellos le van a citar: «médico, cúrate tú». El refrán se aplicaría al hecho de que, antes de curar el mal de los paganos, Jesús debería curar el malestar de su propio pueblo. El uso metafórico del término «médico» está atestiguado en el Antiguo Testamento (cf. Job 13,4; Is 26,14 LXX; Jer 8,22), y se refiere a la persona con liderazgo, responsable del bienestar del pueblo. Ellos suponen que Jesús, si quiere declararse Mesías, deberá dedicarse solo a su pueblo. Por eso se refieren con desdén a Cafarnaún, población de judíos y paganos, en donde él había actuado antes.
 
Acto seguido, Jesús enuncia un principio que denuncia una actitud arraigada en Israel: el rechazo a los profetas. Lo que hacen ahora con él sus paisanos de Nazaret fue lo mismo que hicieron sus antepasados con Elías y Eliseo. Y, precisamente, cuando Elías fue rechazado en Israel, Dios lo envió a donde una viuda extranjera, a pesar de haber entonces muchas viudas en Israel; y cuando Eliseo, también fue beneficiado un leproso extranjero, a pesar de los muchos que había en Israel. En otras palabras, Dios se ha ocupado de los paganos, incluso no habiéndolo hecho por Israel.
 
4. Reacción de la congregación.
La segunda vez que la congregación reacciona lo hace con furia; a empellones saca a Jesús de la sinagoga, como signo de excomunión. Pero con esto no hacen más que confirmar sus palabras: el profeta es rechazado en su propia patria. Los vecinos de Nazaret no renuncian a su fanatismo violento y excluyente; en vez de convertirse a Dios, exigen que Jesús se convierta en un fanático nacionalista como ellos, que comparta su odio a los extranjeros y diga que Dios también los odia. La mención del «monte donde estaba situada su ciudad» no se refiere a la topografía de Nazaret, sino a la de Jerusalén; con eso Lucas hace ver que la furia de los vecinos procede de la religión inculcada desde la capital. La intención manifiesta es «despeñarlo», es decir, darle una muerte de apóstata (cf. 2Cro 25,12). Están seguros de que Dios no está con Jesús, sino con ellos.
 
5. Conclusión: el camino de Jesús.
El hecho de que Jesús se haya abierto paso entre ellos muestra su autoridad, es decir, su libertad para proceder. La misma libertad que ha manifestado frente a las Escrituras la tiene frente a los vecinos de Nazaret. Y con esa libertad «emprendió el camino», comenzó su misión, la ejecución de su programa, sin acobardarse a causa de la oposición al mismo.
 
La universalidad del amor de Dios encuentra sus más firmes opositores en los hombres religiosos de Israel, precisamente los que escuchaban cada sábado la lectura de las Escrituras. La religión centra al hombre en sí mismo y lo vuelve autorreferencial, es decir, lo induce a un narcisismo de tipo espiritual que lo erige en medida del bien y del mal: bueno es lo que está de acuerdo con su manera de ser y de pensar, y malo es lo contrario.
 
Los vecinos de Nazaret no dudaron un instante de que su odio exclusivista pudiera ser contrario al amor de Dios. Estaban convencidos de que protegían los fueros de Dios y de su pueblo y de que Jesús estaba equivocado. Les interesaban más las ideas recibidas que la verdad de Dios. Por eso se sentían con derecho a matar, y hasta de darle sentido religioso al homicidio.
 
Nuestras sociedades polarizadas y excluyentes, que alimentan odios y rencores enarbolando las más diversas banderas, posiblemente reaccionarán contra este mensaje del mismo modo que los paisanos de Jesús. Pero el mundo necesita testigos de ese amor universal que enfrenten sin odio el odio y que no se dejen amedrentar por la violencia, y nosotros nos comprometimos con Jesús a ser sus testigos personales en todos los rincones de la tierra. Las asambleas dominicales tienen la honrosa tarea de mantener vivo este mensaje a lo largo de los siglos.
¡Feliz día del Señor!

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