Reflexiones del padre Adalberto para misas matutina, vigilia y de Navidad

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Reflexiones del padre Adalberto

24 de diciembre (misa matutina). 

Dios realiza su designio y cumple su promesa. Pero su obra puede ser percibida de distintos modos, porque la interpretación que cada uno le dé a esa obra depende de su experiencia humana y de su apertura a Dios. Es indudable que los profetas tuvieron auténticas experiencias de Dios, pero es innegable que ellos difieren en la calidad de su experiencia y de su testimonio. Se refieren al mismo Dios, el que sacó a Israel de Egipto, pero cada uno lo hace desde su propia perspectiva.La forma como Zacarías, padre de Juan Bautista, ve cumplida la promesa de Dios a David difiere de la que se observa en María, la madre del Señor, por ejemplo. Sin embargo, Dios prosigue su obra sin exigir la comprensión perfecta. Le bastan la apertura y la cooperación de cada uno. Solo en Jesús se expresa de manera inequívoca. 

1. Primera lectura: promesa (2Sm 7,1-5.8b-12.14a.16).

En este relato, incluso en la selección que hace del mismo el leccionario por razones de brevedad y de precisión, se contraponen dos designios: el del rey, motivado por sentimientos religiosos, y el del Señor, movido por la fidelidad a su promesa.1.1. El designio del rey David.Después de consolidar su supremacía y de logar reconocimiento interior y exterior, el rey se propone darle lustre a la casa del Señor, y le expone su propósito a Natán, el profeta de la corte. Este, por estar al servicio del rey, se precipita a aprobar sus planes, sin discernir ni consultar al Señor. En medio de tal incertidumbre («noche»), la palabra del Señor se abre paso, el Señor le revela su designio al profeta. Ni el rey ni el profeta han tenido en cuenta la revelación histórica del Señor, que los sacó de Egipto, y se lo han imaginado como los dioses cananeos.1.2. El designio del Señor.De él ha sido la iniciativa. Eligió a David cuando era un desconocido pastor de ovejas para que fuera el caudillo de Israel, y le dio éxito en sus empresas, porque él tiene un designio de paz para su pueblo. Y David tiene una tarea en ese designio.Tendrá paz en adelante con sus vecinos, y, además, el Señor le dará una dinastía. Su descendencia se consolidará en el trono después de su muerte. (El v. 13, que alude a Salomón, se considera un añadido posterior; por eso lo omite el leccionario). El Señor educará a la descendencia de David como un padre educa a sus hijos (incluidos los castigos), con lealtad a toda prueba, como los padres carnales. El caso de Saúl fue diferente (este no fue escogido por Dios): la casa de David permanecerá en presencia del Señor.El rey y el profeta pensaban en darle gloria al Señor edificándole un templo, pero es el Señor quien hace glorioso el nombre de David, edificándole una «casa» (dinastía) que, por designio del Señor, habrá de permanecer indefinidamente. 

2. Evangelio: cumplimiento (Lc 1,67-79).

Zacarías se llenó de Espíritu Santo y profetizó. Ya no funge como sacerdote, sino como profeta. Su palabra bendice a Dios (le da gracias) e interpreta desde su perspectiva los hechos que se dan en su casa y que trascienden a su pueblo.Limitándose al horizonte de Israel, comienza con una bendición a Dios porque la salvación ya ha tenido lugar para todo el pueblo, al suscitarle una fuerza salvadora «en la casa de David, su siervo», según la promesa reiterada por los profetas. Esto se refiere al Mesías davídico, no a su propio hijo. La promesa se cumple para liberar al pueblo de sus enemigos (de fuera), por fidelidad a los antepasados y a la alianza con ellos. El resultado de dicha salvación es el culto auténtico y perpetuo. Aquí los enemigos no están dentro del pueblo (como sí lo están en el cántico de María), y la acción liberadora y salvadora de Dios se interpreta solo con una finalidad religiosa, no con el fin de erradicar el orden injusto (como sí lo es en el cántico de María).En el centro del cántico, está la referencia a Juan. Ahora ve cumplido el anuncio del ángel (cf. Lc 1,17), y, evocando a los profetas (cf. Is 40,3; Ml 3,1), anuncia la misión del niño como profeta del Altísimo y precursor del Señor, con la doble tarea de darle al pueblo una experiencia de salvación mediante la liberación de sus pecados. Aquí reconoce el pecado del pueblo, pero desde la perspectiva cultual, según su mentalidad de sacerdote no desde la perspectiva de los profetas («injusticia»). Zacarías no percibe la injusticia social que denuncia María.Finalmente, anuncia y agradece el efecto positivo de la venida del Señor. Como expresión de su «entrañable misericordia», Dios «visitará» (cf. Lc 7,16; 19,44) a su pueblo por medio del Mesías, como en otro tiempo a Israel en Egipto (cf. Ex 3,16; 13,19), y, como un astro que nace de arriba, «el astro de Jacob» (cf. Nm 24,17), el Mesías iluminará a los que «permanecen en tinieblas y sombras de muerte» (metáfora de la esclavitud y la opresión que padecen) a fin de conducirlos a la plena armonía con Dios y entre ellos mismos. El cumplimiento de la promesa hecha a David se ha visto desde dos horizontes: el de María y el de Zacarías. Este último, por la casta sacerdotal a la que pertenece, enfoca el cumplimiento de la promesa en oposición a los otros pueblos, puesto que no percibe el pecado del pueblo como «injusticia», sino como «impureza»; por eso, él ve la liberación solo en la perspectiva de una emancipación del dominio extranjero, no incluye la erradicación de la injusticia que hay en el corazón de cada uno. Para él, la salvación consiste en la tranquilidad de poder darle culto al Señor según la Ley de Moisés y sin impedimentos; no concibe la infusión de vida feliz por parte del Señor. Se alegra por la acción de Dios y la agradece, pero no la comprende.María percibe la liberación como intervención de Dios para hacer fracasar el orden injusto, y la salvación como la dicha que producen las obras grandes del Señor en cada uno, y su misericordia que va de generación en generación. Así las concibe la Iglesia. Por eso, al recibir al Señor en la eucaristía con un sí incondicional como el de María, la Iglesia se declara «la sierva del Señor», colaboradora suya para que llegue el Mesías y realice su obra liberadora y salvadora.

¡Ven, Señor Jesús!

Feliz día.


24 de diciembre (misa de la vigilia). 

El evangelio entero de Mateo tiene por título «Libro de la génesis de Jesús, Mesías, hijo de David, hijo de Abraham». La expresión «libro de la génesis» (βίβλος γενέσεως) remite a dos textos del Antiguo Testamento: Gn 2,4; 5,1 (LXX), donde se refiere a la creación del cielo y de la tierra, y a la creación del género humano. Al nombre (Jesús: «el Señor Salva») le adjunta el título Mesías, y dos datos formales de filiación («hijo de David» e «hijo de Abraham»), ninguno de los cuales lleva artículo determinado, lo que indica que no son atribuciones exclusivas.El carácter mesiánico, la condición de heredero de la bendición prometida a Abraham, y de la condición real de David, siendo propias de Jesús, se pueden predicar también de sus seguidores. Así que la génesis de Jesús es, en modo cierto, el comienzo de la humanidad definitiva, de la cual él es el prototipo. Y esto es lo que nos disponemos a celebrar. 

Evangelio (Mt 1,18-25).

El texto que se proclama tiene dos partes: la genealogía de Jesús, es decir, su conexión con toda la historia anterior, y su nacimiento, es decir, la originalidad de su persona y la novedad que con él se inaugura. Los estudiosos señalan un paralelo entre Mt 1,2-17 y Gn 1,1-2,3 (creación del ser humano en el concierto universal), por un lado, y, por el otro, entre Mt 1,18-25 y Gn 2,4ss (los pormenores de la creación del ser humano): ascendencia y «descendencia» de Jesús Mesías.1. Ascendencia de Jesús Mesías.En la genealogía de Mateo, Jesús aparece inserto en una historia de fe que tiene dos referentes: la promesa de Dios a David y, antes de ella, la promesa de Dios a Abraham. A David le prometió un reino perdurable; a Abraham, ser bendición para todas las naciones y –en consecuencia– una descendencia incontable, ya que la bendición entraña la vida. Ambas promesas implican el resto de la humanidad, pero el pueblo se irá dando cuenta de esto paulatinamente.El reino prometido a David, entendido inicialmente como un dominio sobre los paganos, será entendido finalmente como una bendición para todos los pueblos (cf. Sl 72). La descendencia prometida a Abraham, entendida primero en términos étnico-biológicos, terminará incluyendo a los extranjeros (cf. Is 14,1; 56,1-8). Por eso, en la genealogía hay paganos; de hecho, Abraham fue pagano, así que por las venas de todo israelita circula sangre pagana. También por las venas de Jesús. Él se inserta en una historia de fe e infidelidades, y la asume para renovarla.En la genealogía juegan papel explícito los números siete y catorce; e implícito, los números dos (14 = 7×2) y tres (3 grupos de generaciones: v. 17). Siete, es la totalidad heterogénea propia de la creación, que incluye a los paganos (cf. Mt 15,34-37); catorce, el valor numérico del nombre de David; tres, la forma de indicar el grado superlativo (Jesús es tres veces David) y lo definitivo, como la resurrección del Señor (cf. Mt 16,21), y sugiere una totalidad homogénea; y dos, de comunicación de vida y del mínimo de experiencia de comunidad (cf. Mt 4,18.21; 18,16.20). Los números muestran que la creación, la alianza y el reino culminan en Jesús.El Señor salva («Jesús») asumiendo la realidad de fe e infidelidad de la humanidad, no negándola. En vez de destruir la humanidad, la renueva desde dentro y en su totalidad, sin discriminaciones ni exclusiones. Él es salvador universal.2. «Descendencia del Mesías».Jesús es el nuevo Adán. Si la genealogía se abstiene de nombrar al padre de Abraham, este relato dice de forma implícita que Dios es el padre de Jesús. El nuevo Adán es Hijo de Dios. Comienza la nueva humanidad, cualitativamente diferente, pero vinculada a la descendencia de Adán.Los hombres religiosos, observantes de la Ley, como José, comprueban que esa observancia no basta para aceptar y acoger a Jesús, y que, incluso, puede aducirse como pretexto para rechazarlo. Su nombre implica la apertura («el Señor añada»), pero también la continuidad [otro hijo], no la ruptura. El dilema que enfrenta José lo pone a escoger entre la Ley y el amor, y cuando trata de conjugarlos se da cuenta de que tiene que escoger (cf. Mt 9,14-17); esto se lo hace saber el ángel del Señor, es decir, la presencia y el mensaje del Señor que sacó a Israel de Egipto. José tiene que «salir» de su mundo soñado para adentrarse en el nuevo mundo que es obra del Espíritu Santo. Y a él le corresponde ponerle nombre a esa nueva realidad.María –como mujer– pertenece al sector marginal de la sociedad judía. Su nombre entraña la rebelión silenciosa frente a la injusticia («exaltada»); como pobre, está abierta al Espíritu Santo y a su obra, y, en cuanto «virgen» pertenece al resto fiel a Dios. De hecho, de las cinco mujeres en la genealogía, ella, la quinta, es la única fiel de nacimiento: Tamar se prostituyó (cf. Gn 38,2-26), Rut era moabita (pagana: Rut 1,4), Rahab extranjera y prostituta, Betsabé adúltera (cf. 2Sm 11,4), y María es la que cumple y desborda la profecía que anunciaba el nacimiento del Mesías, porque el profeta anunció a una «doncella» (juventud) y Mateo la presenta como la «virgen» (joven fiel) que da a luz al Emanuel («Dios con nosotros»).José llegó a la realidad («se despertó») cuando aceptó a María y, con ella al Mesías que venía con el «sello» de Dios (el Espíritu Santo) a cambiarle su mundo y a conducirlo a la verdadera «tierra prometida», el reino de Dios. José aceptó que el mundo que él soñaba tiene el nombre de Jesús. El nacimiento de Jesús es la alborada del primer día de la nueva creación. La genealogía también tiene la estructura de seis septenarios, como si se tratara de seis «semanas» de generaciones. Con Jesús, «Dios con nosotros», comienza la séptima, la de la totalidad creada (Israel y la humanidad restante), la de la plenitud del ser humano. Y con él también comenzará la octava, cuando él se levante de la muerte el «octavo» día, «pasado el sábado» (Mt 28,1), en el primer día de la definitiva creación, en el reino del Padre, donde los justos brillarán como el sol (cf. Mt 13,43).Si en adviento reiteramos una y otra vez nuestra convicción de que la historia tiene sentido, en la celebración de la Natividad del Señor confirmamos nuestra fe en el futuro de la humanidad. No son los poderosos los que dirigen el curso de la historia, ni son sus decisiones las que definen el destino de la humanidad, sino los que escuchan y ponen por obra la palabra del Señor (cf. Mt 7,24-25), como María y José.Aceptando a Jesús en nuestras vidas, aunque tengamos que abandonar nuestras seguridades (en el caso de María) y confiar en la gracia del Espíritu Santo, nos convierte en progenitores de la nueva humanidad. Acogiendo a Jesús en medio de condiciones sociales y culturales adversas (en el caso de José) y realizar el nuevo éxodo confiando en la palabra del Señor nos permite ver el cumplimiento de las promesas de Dios y ponerle el nombre de Jesús a la nueva realidad.Eso es lo que significa nuestra comunión eucarística en este tiempo en el que celebramos con gozo la Natividad del Señor.¡Feliz Navidad!


24 de diciembre (Misa de media noche).

Zacarías había anunciado al «astro que nace de lo alto» (Lc 1,78), contrapuesto al sol, que «sale» en el horizonte, de abajo. Esto significa que la humanidad recibe una luz procedente de Dios, el Altísimo (cf. Lc 1,76), su nombre universal. Esta luz viene a iluminar «a los que están en tiniebla y en sombras de muerte» (Lc 1,79). En congruencia con dicha profecía, Jesús nace en la «noche» del pueblo y de toda la humanidad (cf. Lc 2,8); esta «noche», más que un dato cronológico, es un dato teológico, es descripción metafórica de la situación en la que se encuentra la humanidad que Jesús viene a «visitar». 

Lc 2,1-14.

El nacimiento de Jesús manifiesta que Dios es el señor de la naturaleza y de la historia, que Jesús su Hijo por excelencia, y que él, como Padre, ama a la humanidad entera.1. Antes del nacimiento.Que Dios es señor de la historia, lo muestra Lucas haciendo ver cómo hechos tan irrelevantes como las decisiones administrativas de un gobierno pagano pueden favorecer la realización del designio divino. Un censo del imperio, cuya finalidad es apuntalar la opresión, servirá para que Jesús nazca contado entre los ciudadanos del mundo (uno entre los hombres) y súbdito del imperio (uno entre los oprimidos). El suyo será un nacimiento histórico y en circunstancias políticas complejas. Nacerá en Belén, pero un decreto del imperio favorecerá el cumplimiento de una profecía. El emperador parece tener la iniciativa y el control de todo: José acata el decreto y lleva a María; esta, a su vez, lleva a Jesús. Sin embargo, es Dios el protagonista invisible de toda la acción, prevista y anunciada por él desde mucho antes. También los ritmos biológicos (la naturaleza) se ponen al servicio del designio divino: «se le cumplieron los días de alumbrar». La irrupción de Dios no violenta la realidad de la naturaleza ni de la historia. Se inserta en ellas con toda naturalidad. Así ejerce él su señorío.2. El nacimiento.Jesús nace como «el hijo de ella», refiriéndose a María, y como «el primogénito» (en relación con Dios): hijo de mujer e hijo primogénito de Dios. El hecho de envolverlo en pañales es signo de responsabilidad materna y de amorosa acogida; eso se hace con todos los mortales, incluidos los reyes (cf. Sab 7,4). El hecho de recostarlo en un pesebre, lugar del buey y del burro (cf. Lc 13,15), evoca la queja del profeta Isaías (1,3): «Conoce el buey a su amo, y el burro el pesebre de su dueño; Israel no conoce, mi pueblo no recapacita». El Mesías ha sido relegado al mayor grado de exclusión de la sociedad, «porque no había lugar para ellos en la posada». «La sierva del Señor» lo acoge con solicitud, la convivencia social lo excluye con indiferencia.3. Después del nacimiento.El narrador vuelve la mirada en torno. Si Jesús nació como excluido, está rodeado de ellos. Los más cercanos son unos pastores, que no gozaban de estima ni de derechos, por su cercanía con los animales. Ellos son testigos del paso de las oscuras horas de la noche, porque se turnan para observarlas; esto significa que son conscientes, como nadie, de la situación de opresión que vive el pueblo (la «noche»). A ellos, en primer lugar, se dirige el mensaje, en términos de noche de pascua, por medio del ángel del Señor. Ellos sienten miedo, porque siempre les han dicho que Dios los detesta, igual que la sociedad que los excluye. Pero el mensaje es categórico: nada de temor, de Dios solo procede la alegría. Les anuncia el comienzo de la nueva era de la humanidad, el «hoy» de la nueva historia. Jesús es presentado como salvador, es decir, comunicador de vida, y, en cuanto tal, es Mesías, para los judíos, y Señor, para el resto de la humanidad, es decir, el que hace libres a hombres y pueblos. La «señal» para identificarlo es paradójica, «contradictoria» (Lc 2,34): un niño común y corriente, pero pobre y excluido. El cielo estalla de alegría, los ángeles alaban a Dios (cf. Lc 10,21: la alegría del Espíritu Santo). Cielo y tierra se unen en este nacimiento: Dios se cubre de gloria con tan sorprendente y magnifica manifestación de generosidad; la tierra se llena de paz, y los seres humanos sienten que ellos son del agrado de Dios, que es mentira que él los rechace. La luz del cielo no solo iluminó la noche, sino que reveló la vedad de Dios y de la historia humana.  La celebración del nacimiento del Señor nos lleva más allá del convencionalismo social de las efemérides, para situarnos en el ámbito del misterio. En efecto, lo que celebramos no es un cumpleaños; de hecho, no celebramos una fecha, sino un acontecimiento, un hecho salvífico: la encarnación de Dios. Los aditamentos culturales y folclóricos, en sí legítimos, deben ponerse al servicio de la proclamación y de la celebración del misterio, no deben opacarlo ni, mucho menos, sustituirlo. Los cristianos hacemos bien cuando cuidamos de que los símbolos y las expresiones artísticas (música, canto, teatro, pintura, etc.) revelen el misterio en vez de velarlo u opacarlo. Las costumbres y las culturas pueden ponerse al servicio del mismo.Sobre todo, hay que mantener vivo el hecho de que el tiempo de adviento nos sirve para que, en el «nacimiento sacramental» de Jesús en la eucaristía, encuentre acogida en el corazón de cada cristiano como lo acogió María aquella noche en Belén.¡Feliz Navidad!


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