Recursos de fe para este sábado 14 de julio

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la XIV semana del Tiempo Ordinario. Año II

Feria o Bienaventurada Virgen María, color verde o blanco

 

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (6,1-8):

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos alas se cubrían el cuerpo, con dos alas se cernían. Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!» Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.» Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: «Aquí estoy, mándame.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 92

R/. El Señor reina, vestido de majestad

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder. R/.

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R/.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,24-33):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! No les tengáis miedo, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

Palabra del Señor


Sábado de la XIV semana del Tiempo Ordinario. Año II.
En la XV semana del Tiempo Ordinario se leen los oráculos pre-exílicos del libro de Isaías, los que corresponden más o menos a los años 739-698. Se supone que Isaías nació hacia el año 760 a. C. y fue testigo de la destrucción del reino del Norte y de la invasión de Judá por Senaquerib.
Dado que la vocación del profeta se encuentra en el capítulo 6 de su libro, se adelanta la narración de esta para el sábado de la XIV semana, como portada para sus oráculos. En ella, el profeta se refiere a una experiencia definitiva en su vida, acaecida quizá a sus 20-21 años de edad, cuando se sintió llamado por el Señor a profetizar, y él aceptó generosamente.
Is 6,1-8.
«El año de la muerte del rey Ozías», probablemente el 740, se encontraba Isaías en la gran sala del templo (הֵיכַל), y allí tuvo una visión: contempló al Señor como rey con una excelsitud para él sobrecogedora e imponderable. La grandeza del Señor como rey contrasta con la miseria del rey mortal (Ozías). «Serafín» (שָרָף: «ardiente») es un nombre de origen egipcio, dado a serpientes de dolorosa mordedura y asignado a seres mitológicos con imagen de serpientes aladas, reputadas como dioses tutelares del faraón. En Isaías aparecen con figura humana, con tres pares de alas y al servicio del Señor, proclamando la supereminente santidad del Señor («santo, santo, santo»). Es evidente el trasfondo polémico contra los ídolos y la idolatría. Cubrirse el rostro con el primer par de alas expresa el respeto («temor») al Señor (cf. Ex 33,20, Lv 16,2); cubrirse (hasta) los «pies» (eufemismo por el sexo) con el segundo par significa vestir ante el Señor la propia desnudez, que también es causa de temor (cf. Gn 3,10). Son todas manifestaciones de profundo respeto ante el Señor que llena el templo y la tierra con su infinita majestad.
La conmoción de «los quicios y los dinteles» a la voz de los Serafines muestra que el templo no puede contener la gloria del Señor, que si él habita en ese lugar es por pura condescendencia de su parte. El «humo» del que «se llenó el templo» es otra forma de expresar la presencia del Señor, en contexto de éxodo, alianza o juicio (cf. Ex 19,18; 40,34-35; 1Ry 8,10-12; Ez 10,4).
Isaías experimentó con temor el contraste entre él y el Señor. Él es «hombre de labios impuros» y que convive con otros como él, «en medio de un pueblo de labios impuros»; en tanto que los Serafines proclaman la santidad del Señor porque están en su presencia, él y su pueblo carecían de esa facultad a causa de sus pecados. Reconocer al Señor «rey y Señor de los ejércitos», como los Serafines (cf. v. 3), es, sin embargo, un comienzo de purificación de sus labios. La calidad de rey estaba referida al Señor en cuanto Dios de Israel (cf. v. 1); la de «Señor de los ejércitos» está conectada con la creación: Señor de las estrellas y constelaciones, lo mismo que de los elementos y fenómenos atmosféricos. Pero, después del exilio, en polémica con los dioses babilonios, esta designación abarca también el señorío sobre la historia (el destino de los hombres).
Por eso, uno de los Serafines lo purificó con fuego («brasa») del altar (juicio divino de perdón) y lo declaró libre de culpa y de pecado. Entonces el profeta pudo escuchar la voz del Señor (tuvo acceso a la solicitud de Dios por su pueblo) que buscaba a quien enviar en su nombre a hablarle a ese «pueblo de labios impuros». La espontaneidad de la respuesta de Isaías difiere del temor expresado por Moisés (cf. Ex 4,10-12) y, más que él, por Jeremías (cf. Jr 1,6).
La vocación del profeta tiene tres referentes: su fe personal, visible en su presencia en el templo y en la naturalidad de su respuesta; el reconocimiento de su pecado personal y el de su pueblo, en contraste con la santidad del Señor, pecado que es incapacidad para dar testimonio de él; y en compartir el afán del Señor por salvar a su pueblo, afán en que el profeta se ofrece a participar.
En la celebración de la eucaristía se requiere esa fe que, partiendo del reconocimiento del pecado, se abraza al Señor para luego salir en paz a anunciar la paz en nombre del mismo Señor.
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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