Recursos de fe para este lunes 20 de agosto

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

Lunes de la XX semana del Tiempo Ordinario. Año II

San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia. Memoria obligatoria

Color blanco

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (24,15-24):

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; no llores ni hagas duelo ni derrames lágrimas; aflígete en silencio como un muerto, sin hacer duelo; líate el turbante y cálzate las sandalias; no te emboces la cara ni comas el pan del duelo.»
Por la mañana, yo hablaba a la gente; por la tarde, se murió mi mujer; y, a la mañana siguiente, hice lo que se me había mandado.
Entonces me dijo la gente: «¿Quieres explicarnos qué nos anuncia lo que estás haciendo?»
Les respondí: «Me vino esta palabra del Señor: «Dile a la casa de Israel: ‘Así dice el Señor: Mira, voy a profanar mi santuario, vuestro soberbio baluarte, el encanto de vuestros ojos, el tesoro de vuestras almas. Los hijos e hijas que dejasteis caerán a espada. Entonces haréis lo que yo he hecho: no os embozaréis la cara ni comeréis el pan del duelo; seguiréis con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies, no lloraréis ni haréis luto; os consumiréis por vuestra culpa y os lamentaréis unos con otros. Ezequiel os servirá de señal: haréis lo mismo que él ha hecho. Y, cuando suceda, sabréis que yo soy el Señor.»

Palabra de Dios

Salmo

Dt 32,18-19.20.21

R/. Despreciaste a la Roca que te engendró

Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. R/.

Pensando: «Les esconderé mi rostro
y veré en qué acaban,
porque son una generación depravada,
unos hijos desleales.» R/.

«Ellos me han dado celos con un dios ilusorio,
me han irritado con ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo, ilusorio
los irritaré con una nación fatua.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,16-22):

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.»
Él le preguntó: «¿Cuáles?»
Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.»
El muchacho le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?»
Jesús le contestó: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo.» 
Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico.

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra
Lunes de la XX semana del Tiempo Ordinario. Año II.
La última sección de la primera actividad de Ezequiel, compuesta por una miscelánea de oráculos (cc. 19-23), muestra cómo se precipita el triste fin sobre la ciudad de Jerusalén y los sentimientos encontrados que este final provoca. Hasta que por último llega el anunciado día aciago (cf. 24,2). Si Ezequiel se encuentra en Babilonia, entonces se trata de una revelación, no de una verificación que él pueda hacer directamente en Jerusalén, y la orden de poner por escrito la fecha tenía como objetivo que después se pudiera constatar la exactitud de dicha revelación.
El juicio («fuego») condena la corrupción de la ciudad; nadie se salva, y no será una calamidad pasajera, será definitiva. El «fuego» no logrará purificarla, porque la contumacia de los habitantes ha provocado una «cólera» (reprobación) irreversible por parte del Señor (cf. 24,1-14, omitido). Este drama de dolor se plasma en la forma como deberá actuar el profeta.
Ez 24,15-24.
El atormentado matrimonio de Oseas, el celibato de Jeremías y la dolorosa viudez de Ezequiel se convierten en mensaje viviente de Dios para su pueblo. El profeta no lo es solo de palabras, sino, sobre todo, con su propia experiencia humana. El relato deja ver lo entrañable y tierna que era la relación del profeta con su mujer («el encanto de tus ojos»), lo que acentúa mucho el dolor que le producirá su pérdida y, por consiguiente, la dureza de la exigencia que le hace el Señor de no lamentarse ni derramar una lágrima. Una aflicción tan dolorosa se hace aún más amarga por la imposibilidad de mostrar y desahogar la pena que causa. Solo podrá apernarse interiormente, pero no hacer manifestaciones de duelo. Los ritos que expresaban la desolación consistían en que los parientes del difunto andaban descalzos, con la cabeza descubierta, el rostro parciamente cubierto por una especie de bufanda, y –dado que por el luto perdían el apetito– los vecinos se esmeraban por alimentarlos («el pan del duelo»). Ezequiel no debe cumplir con esos ritos. Su vida deberá seguir como si nada hubiera pasado.
Lo inusitado de su conducta provoca la extrañeza de la gente de su pueblo, que lo entiende como un mensaje para ellos. Y el anuncio del profeta resulta demoledor: el templo que ellos dejaron va a ser profanado por los paganos, y los familiares que quedaron en Jerusalén caerán muertos a espada. Es la ruina total, no hay esperanza de volver, porque atrás no quedará nada. Resaltan los tres atributos del templo, «su soberbio baluarte, el encanto de sus ojos, el tesoro de sus almas», paralelos a la valoración que se hace de la mujer de Ezequiel. El templo era su refugio, su orgullo y su más alto valor espiritual. Y tampoco ellos podrán lamentarse ni llorar a sus muertos, porque en tierra pagana su duelo era motivo de satisfacción y burla para sus opresores. Solo les quedará la triste conciencia colectiva de que esa desgracia fue buscada por ellos mismos.
El texto termina con el anuncio de un período de mudez del profeta, que expresa el silencio del Señor, hasta el día en que ese anuncio se cumpla (cf. 24,25-27, omitido).
Los filósofos hablan de la «impasibilidad» de Dios. El suyo es un dios insensible, indiferente, al cual nada le afecta. La revelación bíblica muestra que el Señor no es solo «paciente», sino también «pasible». Los profetas, con su pasión por la justicia y su apasionado reclamo de fidelidad al amor de la alianza, así como por sus padecimientos por anunciar la palabra del Señor, muestran que él se involucra en las vicisitudes de la historia y con los hombres participa de las mismas. Ellos nos hablan de un Dios que comparte los sufrimientos del pueblo y lamenta sus fracasos.
Jesús muestra que Dios es un Padre que ama, se conmueve y compadece. La compasión divina se manifiesta en Jesús, que padece con los excluidos de la tierra y por su causa hasta el punto de experimentar el «abandono de Dios» (ausencia de prodigios) cuando muere en la cruz.
En la celebración de la eucaristía nos solidarizamos con ese Hijo del Padre que es compasivo.
Feliz lunes.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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