Recursos de fe para este domingo 15 de julio

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Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

XV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Color verde

Primera lectura

Lectura de la profecía de Amós (7,12-15):

En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Casa-de-Dios, a Amós: «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Casa-de-Dios, porque es el santuario real, el templo del país.»
Respondió Amós: «No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: «Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.»»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 84

R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,3-14):

Bendito sea Dios, Padre nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.
Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también vosotros, que habéis escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, en el que creísteis, habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia, para liberación de su propiedad, para alabanza de su gloria.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,7-13):

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor


Reflexión de la Palabra.

XV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B.
Después de su fracaso con la gente de la sinagoga, Jesús tomó una decisión que involucró a sus discípulos, decisión que es preciso contrastar con la intención que manifestó cuando los llamó. Él los convocó «para que estuviesen con él y para enviarlos a proclamar, con autoridad para expulsar a los demonios» (cf. Mc 3,14-15). Pero el relato de este domingo dice que «convocó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos» (Mc 6,7). Se nota que no «están con él», que no los envía «a proclamar» y que no les confiere «autoridad para expulsar demonios». Eso invita a entender el relato de hoy como otro modo que Jesús encuentra de enseñarles a sus discípulos «el secreto del reinado de Dios» (Mc 4,11).
Mc 6,7-13.
Los envía a que asimilen «el secreto del reinado de Dios» a través de la experiencia y del contacto directo con la gente y sus bondades. El relato se introduce con la convocación y el envío de los Doce, prosigue señalándoles su dotación y su forma de presentarse, continúa indicándoles las actitudes ante la aceptación o el rechazo, y concluye poniendo al lector a deducir si los discípulos se atuvieron o no al encargo recibido.
1. Introducción: convocación y misión.
El hecho de que Jesús tuviera que convocarlos sugiere que los Doce estaban distantes, no «con él», por eso no los envía «a proclamar» (cf. Mc 3,14), porque no han aceptado del todo su persona ni han asimilado su mensaje. Al enviarlos «de dos en dos» recuerda la vocación de las dos parejas de «hermanos» (Mc 1,16.19; cf. 11,1; 14,13), reafirmando que el reino es universal y se construye entre iguales. Y, al darles «autoridad sobre los espíritus inmundos» –no para expulsarlos– pero sin conferirles autoridad «para expulsar demonios» (Mc 3,15), se entiende que ellos tendrán que asumir el control de sus propios prejuicios, antes que el de los prejuicios ajenos.
2. Dotación y presentación.
El misionero no requiere equipaje para el camino, «solo bastón», indicio de que se trata de hacer un largo camino. Como se trata de vivir una experiencia de confianza en Dios y en la humanidad, no lleva «pan», porque confía en la providencia divina a través de los hombres, «ni alforja», pues no va recogiendo víveres, como los mendigos, en previsión de una hipotética escasez. Y tampoco va como rico, apoyándose en el dinero, aunque este sea el de menor valor. El objetivo no es dar testimonio de pobreza, sino de confianza. «Sandalias, sí», porque el largo viaje que emprende las exige, pero no vestirse con dos túnicas –como hacía la gente rica– porque el lujo es contrario al espíritu de la misión. Es preciso que esté al nivel de la gente más humilde.
Es importante acentuar que esas instrucciones concretan una postura en la que Jesús no admite réplica. Por eso, el evangelista dice que él «les ordenó» tales cosas, para recalcar que él no negocia esas exigencias de la misión. La insistencia en lo largo del viaje resalta lo universal de la misión.
3. Actitudes ante sus destinatarios.
Jesús predice dos posibles actitudes en reacción a la misión, la aceptación o el rechazo, nunca la indiferencia. Los misioneros se dirigen a «un lugar» y se alojan en «una casa», sin determinar con precisión su ubicación geográfica; esos espacios se dan en cualquier país. Los Doce tienen que romper con un paradigma: los judíos solo se alojaban en casa de judíos, pero Jesús no los envió a los compatriotas, sino a todos, les encargó que aceptaran la hospitalidad que les ofrecieran y que no menospreciaran a sus anfitriones cambiando de casa. Su testimonio es múltiple: tienen que mostrar la igualdad entre ellos («dos») y con los demás; el desinterés, porque no acaparan ni los alimentos ni el dinero; la dignidad, porque no son mendigos; pobreza, por su forma de vestir; la confianza en la solidaridad de los otros; la sencillez y la gratitud, porque aceptan lo que les dan los otros, sin exigencias ni pretensiones de superioridad.
Jesús cuenta también con la posibilidad del rechazo, porque hay sociedades en donde se rehúsan a aceptar el mensaje de la igualdad de los seres humanos ante Dios y de la solidaridad entre los pueblos, y en donde esas negativas se justifican ideológicamente. Nótese, sin embargo, que para quedarse basta que una familia («una casa») acepte a los misioneros; para marcharse, en cambio, se precisa el rechazo de toda la población («un lugar»). En este caso, los misioneros denunciarán el hecho con un gesto («sacudir el polvo de las suelas») que deje claro que la población se rehusó a recibir el mensaje. Ese era el gesto que acostumbraban los judíos cuando dejaban las tierras de los paganos y reingresaban a su propia tierra. Ahora, pagano es el que rechaza la buena noticia.
4. Conclusión: desempeño de los Doce.
Los Doce, apenas se marcharon, «se pusieron a predicar que se enmendaran, expulsaban muchos demonios y, además, untaban con aceite a muchos postrados y los curaban». Encontramos aquí un notable contraste entre las instrucciones que recibieron y la labor que realizaron. Jesús no los envió a «predicar», porque su tarea era aprender. La «enmienda» que predicaron pertenecía a la predicación de Juan, y Jesús la hizo suya antes de exponer el secreto del reinado de Dios, luego prescindió de ella. Jesús tampoco los envió a «expulsar demonios»; ellos lo hicieron intentando revivir la exaltación popular que Jesús había rechazado (cf. Mc 1,21-38). Por último, Jesús no los envió a «curar», y ellos curaban a los postrados con «unturas» de aceite. Esas «unturas» (ἀλείφω) –no «unciones» (χρίω)– tienen el sentido de «perfumarse» para dar fin a un duelo (cf. 2Sm 12,20; Rut 3,3; Miq 6,9-16). Los Doce, en vez de comunicar fuerza y vida a los postrados –como Jesús (Mc 6,5)– excitan sus esperanzas nacionalistas en un Mesías guerrero que vendría a liberarlos; y con esa esperanza los aliviaban («curaban»).
El mayor de todos los contrastes es el que se aprecia entre el fracaso de Jesús en la sinagoga y el resonante éxito de los Doce entre los judíos. En tanto que Jesús convivió con judíos y paganos, los Doce se limitaron a los judíos. Por eso no se verifica fracaso alguno de los Doce, porque no siguieron las instrucciones de Jesús, sino sus propios pareceres y los de su gente.
Si el fracaso de Jesús hablaba de su fidelidad al designio de Dios, el clamoroso éxito de los Doce habla de su infidelidad a la misión. Esto nos exige repensar con criterios cristianos los éxitos que ostentan ciertas personas y grupos, y los fracasos de otros. A veces –como en el caso de Jesús– hay más dicha en fracasar a los ojos humanos que en triunfar ante ellos.
Nuestras comunidades cristianas, y sus asambleas semanales, necesitan revisar sus estándares de éxito y fracaso para no correr tras el aplauso fácil que las aparta de la misión que el Señor quiso confiarles. Solo triunfando y fracasando con él pueden sentirse enviadas por él y unidas a él.
¡Feliz día del Señor!
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page 

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