Angeles

Las corralejas cobran vida desde antes de que salga la primera bestia a la plaza; son hombres, mujeres e, incluso, niños quienes, desde muy temprano, mantean necesidades económicas con una venta ambulante, una llanera, servicio de celaduría, o, simplemente, probando suerte.

Entre las decenas de personas que le hacen la antesala a la monumental construcción estaba El Llanero, quien, además de vender sus tiras de carne -que más que pesadas, parecían medidas-, daba cátedra de su preparación.

Desde alimentos hasta servicios de celaduría se consiguen afuera de las corralejas.

Más adelante, está un vendedor de refrescos que planeaba quedarse a dormir en su puesto de trabajo, para que no le violentaran los linderos de su negocio, conformados por 4 lánguidos horcones que sostenían unos metros de saco sintético.

Alambrito, el zar de los temas eléctricos, en la fiesta brava, caminaba de un lado a otro, se cercioraba de que cada conexión estuviera en su lugar, hablaba de la presencia de dos picó, ambos con plantas eléctricas, y de que el resto de las construcciones estaban a tono con el servicio.

Eran las 11:00 de la mañana de la segunda tarde de toros en Sincelejo, no se vislumbraba el arribo de los astados al redondel, pero sí los controles y la llegada de los asistentes: unos, espectadores; otros, trabajadores; y los actores de las corralejas, algunos de ellos con secuelas irreversibles y sin señal de arrepentimiento.

Entre un relato y otro, los ambulantes de las corralejas prevén mejor venta y faena que la del día anterior. Esas predicciones son producto de la experiencia, de recorrer varias plazas, de una vida que no ha sido fácil, que no les permite capotear. Al final del día su única opción es cortar «rabo y oreja».

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