La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XXVII semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la profecía de Joel (1,13-15;2,1-2):

Vestíos de luto y haced duelo, sacerdotes; llorad, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de Dios, porque faltan en el templo del Señor ofrenda y libación. Proclamad el ayuno, congregad la asamblea, reunid a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en el templo del Señor, nuestro Dios, y clamad al Señor. ¡Ay de este día! Que está cerca el día del Señor, vendrá como azote del Dios de las montañas. Tocad la trompeta en Sión, gritad en mi monte santo, tiemblen los habitantes del país, que viene, ya está cerca, el día del Señor. Día de oscuridad y tinieblas, día de nube y nubarrón; como negrura extendida sobre los montes, una horda numerosa y espesa; como ella no la hubo jamás, después de ella no se repetirá, por muchas generaciones.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 9,2-3.6.16.8-9

R/. El Señor juzgará el orbe con justicia

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo. R/.

Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron. R/.

Dios está sentado por siempre en el trono
que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,15-26):

En aquel tiempo, habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron:«Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.»
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo.
Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: «Volveré a la casa de donde salí.» Al volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto, nuestro vicario general

Viernes de la XXVII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Joel (יוֹאֵל: «el Señor es Dios»), hijo de Fatuel, es un profeta enigmático. No hay datos ciertos que permitan contextualizarlo en la historia del pueblo de Israel. Su libelo, después del título (1,1), se puede dividir en dos partes: liturgia penitencial por una plaga (1,2–2,27) y anuncio del día del Señor (3,1–4,21). Es una potente creación literaria y un significativo modo propio de profetizar desde las entrañas de la historia del pueblo.
Una plaga de langosta –desastrosa para una cultura agrícola– en palabras suyas se convierte en la invasión de un ejército bien entrenado que se toma el país y lo deja arruinado. Entonces él convoca a una liturgia penitencial para suplicarle clemencia al cielo. Comienza su anuncio llamando la atención tanto de los dirigentes como de los campesinos sobre la invasión de tres oleadas de voraces insectos que destruyen la vegetación (1,1-4). Su exhortación al duelo interpela primero a los inconscientes («borrachos», «bebedores») en general, para describir el desastre del pueblo como el luto de una viudez prematura, como una tierra devastada, como viña agostada (1,5-12). Es un panorama desolador.
 
Joel 1,13-15; 2,1-2.
Ante tan implacable asalto, la población indefensa no tiene alternativa distinta de volverse a Dios. El profeta llama al duelo y a la súplica, una verdadera liturgia penitencial. Los primeros penitentes deberán ser los sacerdotes. «Vestirse de luto» implica despojarse de sus festivos ornamentos sacerdotales. «Gemir» expresa el lamento, en cuanto ministros del altar, porque esta situación afecta el culto. «Dormir en esteras» alude a que las prácticas penitenciales solo llegaban hasta la tarde, se suspendían durante la noche; pero, en casos de mayor aflicción, se prolongaban (cf. 2Sam 12,16; 1Rey 21,27). El motivo de tanto dolor es que la situación afecta e impide el culto. La plaga ha desabastecido el pueblo y no hay qué ofrecer en el templo. Los urge a convocar a toda la población a un ayuno, expresión de luto y dolor que aparenta la muerte (privación de alimentos y de relaciones sexuales), en presencia del Señor. En la época que sigue al exilio, se valoraban mucho el ayuno y los demás actos penitenciales (cf. Est 4,1-3.16; 14,2; Tob 3,10-11; 12,8; Jdt 4,8-10; 8,6; 9,1).
Esa asamblea penitente debe clamar hacia el Señor reconociendo que está llegando el «día del Señor» como un azote. El «día del Señor» no tiene una fecha única, se llama así a ciertos momentos históricos en los que la acción de Dios incide en la historia humana, juzgándola y dirigiéndola. Tiene dos aspectos: uno negativo, considerado «castigo», atribuido a la culpa del pueblo, o de los paganos, y otro positivo, que es la intervención salvadora del Señor. La plaga de langostas se presenta como un anticipo, como heraldos y como un ejemplar del «azote del Todopoderoso» para indicar que «está cerca el día del Señor».
De nuevo se da la voz de alarma («¡toquen la trompeta en Sion, lancen el alarido en mi monte santo!», pero ahora se dirige a «los campesinos», la gente que cultiva la tierra y que padece en primer lugar los estragos de la langosta, y les anuncia la proximidad del «día del Señor».
El día del Señor se avecina como la plaga que forma «nube» y vuelve tinieblas la luz del sol como si sobreviniera sobre la tierra una noche de terror en pleno día («día de oscuridad y de tinieblas»), como si se anunciara una tempestad arrasadora («día de nubes y nubarrones»), o como si fuera a declinar la jornada («como crepúsculo que se extiende sobre los montes»), pero de forma amenazante. La imagen cobra mayores proporciones cuando el profeta mira la plaga de langostas como un ejército compacto y numeroso en orden de batalla. El Señor manifiesta su señorío sobre la naturaleza (langosta) y la historia (ejércitos invasores), y se vale de esas fuerzas para ejecutar su sentencia. El toque de la trompeta, destinado a dar la voz de alarma y también a convocar la asamblea cultual, suscita el pánico. Con ese sonido, y además con los clamores de la gente, con el terror (y las conmociones cósmicas: cf. v. 10) se describe la teofanía (cf. Exo 19,16-19; Sl 18,8-10; Hab 3,7ss).
El «día del Señor» se menciona en cada uno de los cuatro capítulos del libro (cf. 1,15; 2,1-2; 33,4; 4,14). Es claro que se trata de algo distinto de una simple fecha –que, por otra parte, no se le asigna– y que tiene connotaciones a la vez temporales y espaciales, que se presenta con avasalladora potencia. Para el ser humano, es ocasión de despojamiento total que lo priva de lo que necesita para vivir y disfrutar; es como una guerra incendiaria y devastadora que reduce a nada los esfuerzos de las labores humanas (sembrados, construcciones). Pero es también como una inversión de todo, tanto interior como exterior, el Espíritu del Señor parece que suspendiera el uso de las facultades sensoriales normales hasta llevar a los seres humanos a comportamientos extraños, y el universo creado se convierte en teatro de hechos caóticos. Y, finalmente, aparece como un gran juicio de los pueblos y de sus historias, porque ya está madura la humanidad –como una gigantesca mies o una copiosa vendimia– para dar cuentas de sus acciones. Y, sin embargo, la última palabra no es la destrucción sino la restauración.
El día del Señor aquí anunciado conecta este oráculo con el anterior –el de Malaquías– leído en el día de ayer. Pero finalmente se cumplirá de manera inesperada (como se verá mañana).
 
Los profetas del Antiguo Testamento conciben y anuncian el «día del Señor» en términos de castigo y desquite justiciero de parte de Dios. Eso es comprensible dentro de su esquema de valoración («pecado-castigo»), porque carecen de la experiencia de Dios que evidencia Jesús, porque no han desarrollado el sentido de libertad y responsabilidad que Jesús reconoce a los hombres, y porque en su afán por afirmar la unicidad del Señor llegan al extremo de negar la responsabilidad del hombre en los procesos históricos. En cambio, resultaría incomprensible si alguien que –supuestamente– tuviera el Espíritu de Jesús y que pensara y juzgara como él manifestara esa misma valoración y anunciara el «día del Hijo del Hombre» no como Jesús, su Maestro, sino como «uno de los antiguos profetas» (cf. Mc 6,14-15; 8,28).
En este punto Jesús se distancia mucho de «los antiguos profetas» y nos pone frente a una historia confiada a los hombres que, guiados por él y animados por su Espíritu, anuncian y construyen un mundo nuevo. Es útil releer Mc 13, Mt 24 y Lc 21 para entender «el día del Hijo del Hombre» al estilo de Jesús. La asamblea eucarística está llamada a ser profecía de la nueva humanidad, y comer de la mesa del Señor compromete a construir la nueva sociedad humana: el reino del Hijo del Hombre.
Feliz viernes.

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