La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Viernes de la XIII semana del Tiempo Ordinario. Año I

Color litúrgico, verde

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (23,1-4.19;24,1-8.62-67):

Sara vivió ciento veintisiete años, y murió en Villa Arbá (hoy Hebrón), en país cananeo. Abrahán fue a hacer duelo y a llorar a su mujer. Después dejó a su difunta y habló a los hititas: «Yo soy un forastero residente entre vosotros. Dadme un sepulcro en propiedad, en terreno vuestro, para enterrar a mi difunta.» 
Después Abrahán enterró a Sara, su mujer, en la cueva del campo de Macpela, frente a Mambré (hoy Hebrón), en país cananeo. Abrahán era viejo, de edad avanzada, el Señor lo había bendecido en todo. Abrahán dijo al criado más viejo de su casa, que administraba todas las posesiones: «Pon tu mano bajo mi muslo, y júrame por el Señor, Dios del cielo y Dios de la tierra, que, cuando le busques mujer a mi hijo, no la escogerás entre los cananeos, en cuya tierra habito, sino que irás a mi tierra nativa, y allí buscarás mujer a mi hijo Isaac.» 
El criado contestó: «Y si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, ¿tengo que llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?» 
Abrahán le replicó: «De ninguna manera lleves a mi hijo allá. El Señor, Dios del cielo, que me sacó de la casa paterna y del país nativo, que me juró: «A tu descendencia daré esta tierra», enviará su ángel delante de ti, y traerás de allí mujer para mi hijo. Pero, si la mujer no quiere venir contigo, quedas libre del juramento. Sólo que a mi hijo no lo lleves allá.»
Mucho tiempo después, Isaac se había trasladado del «Pozo del que vive y ve» al territorio del Negueb. Una tarde, salió a pasear por el campo y, alzando la vista, vio acercarse unos camellos. También Rebeca alzó la vista y, al ver a Isaac, bajó del camello y dijo al criado: «¿Quién es aquel hombre que viene en dirección nuestra por el campo?»
Respondió el criado: «Es mi amo.» 
Y ella tomó el velo y se cubrió. El criado le contó a Isaac todo lo que había hecho. Isaac la metió en la tienda de su madre Sara, la tomó por esposa y con su amor se consoló de la muerte de su madre. 

Palabra de Dios

Salmo

Sal 105

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza? R/.

Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí por amor a tu pueblo. R/.

Visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,9-13):

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» 
Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. 
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» 
Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios»: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
Viernes de la XIII semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
Después de la sustitución del sacrificio de seres humanos y de la exaltación de la fe de Abraham por encima de los sacrificios, se hace mención de la lista de los descendientes de Najor, hermano de Abraham: doce hijos (cf. Gen 22,20-24). Betuel, hijo de Najor, fue el padre de Rebeca, la futura esposa de Isaac. También se reportan 12 hijos de Ismael (cf. Gen 12,20; 25,12-15), como igualmente después se dirá de Jacob (cf. Gen 35,23-26) y de Esaú (cf. Gen. 36,10-14).
El relato a continuación, síntesis apretada de los capítulos 23 y 24, refiere la muerte de Sara y la boda de Isaac, hechos vinculados al final de la narración. Así comienza el ciclo de los patriarcas. La muerte de Sara estará ligada al cumplimiento de la promesa de la tierra; la boda de Isaac será ocasión para que se cumpla la promesa de la numerosa descendencia.
Dada la considerable extensión de los dos capítulos resumidos, sobre todo del 24, el comentario, en líneas generales, se ciñe a la síntesis que propone el leccionario.
 
Gen 23,1-4.19; 24,1-8.62-67.
«Respetar al Señor prolonga la vida» (Prv 10,27). Señalar que «Sara vivió 127 años» significa que ella fue una mujer respetuosa del Señor. Morir tras una vida longeva es señal de haber vivido en bendición. En ese momento, no hay filisteos (palestinos), sino cananeos, en el país. Tras el duelo, que suponía todo un ceremonial (cf. 2Sam 1,11-12; 3,31; 13,31.36; Miq 1,8), Abraham se muestra ante «los hijos de Het» (cf. Gen 10,15; 15,20; Num 13,29; Deu 7,1) como «forastero» (גֵּר) y como «residente» (תוֹשָׁב), con el fin de comprar un sepulcro en propiedad para sepultar a Sara. La tumba de los antepasados era importante para los sedentarios y para los nómadas (cf. 1Rey 13,22).
Inicialmente, los hijos de Het querían reconocer la dignidad de Abraham sin atribuirle derechos en su territorio, por eso eran renuentes a venderle la cueva que él pedía, pero al final Efrón «el hitita» (nombre anacrónico) cedió. Cesión que entrañó forcejeo. Según el código legal «hitita», quien compra una propiedad entera a otro, deberá prestar ciertos servicios feudales. Abraham no estaba interesado en esos servicios y por eso no quería comprar todo el campo, sino solo la cueva; lo compró forzado por las circunstancias. Después de una negociación ceñida al código de comercio «hitita», Abraham terminó adquiriendo dicho campo, y le dio sepultura a su mujer en la cueva de Macpela («cueva doble»). La propiedad de este terreno no fue a consecuencia de un regalo de ellos, sino de una compra hecha en regla por el patriarca. Y queda constancia de la escritura de venta (cf. Gen 23,17-18). Pero la tierra sí será regalo de Dios.
Luego viene la búsqueda de la esposa para Isaac. El encargado de hacerlo es el mayordomo de la casa, que debe cumplir su encargo bajo juramento. El juramento tocando los órganos genitales, que se consideraban transmisores de la vida, hacía más solemne el compromiso (cf. Gen 47,29). Tal parece que se trata de una instrucción del patriarca en su lecho de muerte, lo que implica que la solemnidad del juramento indica que Abraham no podrá supervisar personalmente la gestión del criado. Esto último puede inferirse de la afirmación de que Isaac ya es heredero universal de su padre (cf. Gen 24,36; 25,5) y de que el criado luego lo llame «mi señor» (Gen 24,65).
El nombre del Señor se pronuncia ahora con la mayor solemnidad «El Señor (יהוה) Dios (אֱלֹהַּ) de los cielos y de la tierra» (única vez en Gen). Isaac no debía casarse con mujer cananea por razones religiosas (cf. Exo 34,16), tampoco debía volver a la tierra de donde salió Abraham; el mayordomo debía buscarle esposa entre la parentela de Abraham, que también era pagana (cf. Gen 31,19), pero estaría más abierta a la fe de Abraham; y si ella no quería venir, él quedaba libre del juramento que hizo. De hecho, la mujer, cuando la encuentra el mayordomo, no le da culto al Señor (cf. Gen 31,19). El móvil de todo esto es la fidelidad a la promesa del Señor, el cual enviará su ángel delante del mayordomo (cf. Exo 23,20; Ml 3,1) para dar éxito a su empresa. La presencia y la acción del Señor se producen en la cotidianidad de la vida, sin espectacularidad.
El encuentro de la pareja se realizó a campo abierto. Isaac salió y divisó unos camellos, Rebeca también lo divisó a él, se apeó del camello y preguntó al mayordomo por el hombre que veía a lo lejos; al enterarse de su identidad, se cubrió el rostro, teniendo en cuenta la costumbre de que el hombre no podía ver el rostro de su esposa antes del matrimonio. Isaac, notificado de esto, la tomó por esposa y, con su amor, se consoló de su luto. La mención de «la casa de la madre» (cf. Gen 24,28) o de «la tienda de Sara» (cf. Gen 24,67) induce a pensar que, en ambos casos, tanto el padre de Isaac como el de Rebeca ya habían muerto. Una vez más se advierte que en tanto los antecedentes de la acción divina son detallados y muy ponderados, su cumplimiento es descrito de manera rápida y resumida.
 
La promesa de Dios define las opciones de Abraham y de su descendiente. Al comprar la cueva (o el campo), comienza a tomar posesión de la tierra prometida; es como «la cuota inicial», en la que la tumba de Sara desempeña un papel simbólico importante, puesto que implica un anclaje del patriarca en esa tierra. Es decir, Dios se la prometió, y él se liga a ella por la memoria de Sara. Por otro lado, la decisión de que Isaac permanezca en la tierra, pero sin casarse con una cananea, por la depravación de ese pueblo, entraña también el compromiso con la promesa de Dios. El patriarca tiene fe en que Dios intervendrá para que su fidelidad sea exitosa.
Ni la muerte ni la vida, ni las dificultades de la convivencia social, ni el rigor del presente ni la incertidumbre del futuro, nada priva al creyente de la certeza del amor de Dios y de la verdad de sus promesas (cf. Rm 8,37-39). Hay que esforzarse, pero se da por descontado el éxito. Ningún temor al fracaso. El cristiano, seguidor de Jesús, encuentra en él el sí de Dios a las promesas que hizo a Abraham y a su descendencia. Al aceptar a Jesús por la fe, el cristiano recibe el Espíritu Santo, y con él el cumplimiento de tales promesas.
En la celebración de la eucaristía se renueva esa aceptación de fe y también el don del Espíritu Santo, que nos va preparando para el cumplimiento definitivo de las promesas en el «hogar» del Padre celestial.
Feliz viernes.

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