La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesinceleo.org)

Viernes de la IV semana del Tiempo Ordinario. Año I

Feria, color verde

Primera lectura

Lectura de la Carta a los Hebreos (13,1-8):

HERMANOS:
Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, “hospedaron” a ángeles.
Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne.
Que todos respeten el matrimonio; el lecho nupcial, que nadie lo mancille, porque a los impuros y adúlteros Dios los juzgará.
Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo:
«Nunca te dejaré ni te abandonaré»; así tendremos valor para decir:
«El Señor es mi auxilio: nada temo;
¿qué podrá hacerme el hombre?».
Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe.
Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 26

R/.
 El Señor es mi luz y mi salvación

V/. El Señor es mí luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

V/. Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo. R/.

V/. Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca. R/.

V/. Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,14-29):

EN aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro. 

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
 
Viernes de la IV semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
El capítulo 12 terminó con una advertencia respecto del peligro que significa rechazar la voz del Señor que habla ahora de manera definitiva, puesto que se trata de la realidad que es «última» (cf. Heb 1,2) y que tiene su origen en el Espíritu Santo, el reino inconmovible, que hay de agradecer. Tal gratitud se demuestra con el afán de servirle a Dios como a él le agrada, «con escrupuloso esmero» (μετὰ εὐλαβείας καὶ δέους: «con reverencia y temor», o sea, «con reverente temor»). El compromiso con Dios es exigente, porque es serio. El predicador citó Dt 4,24, que previene enérgicamente contra la idolatría, dado el daño que esta le causa al individuo y a la comunidad, y atribuye a «castigo» de Dios las consecuencias que tiene la idolatría (εἰδωλολατρία) en la vida individual y en la convivencia social (cf. Hb 12,25-29). Ese «servicio» (λατρεία) a Dios no consiste en ritos ceremoniales, como el «servicio» del antiguo pacto, sino en una vida de amor coherente con la fe en el Mesías. A eso se refiere el capítulo 13.
 
El capítulo 13 quizás permite ver la forma como este sermón fue pasando de una comunidad a otra. El v. 22 tiene el aspecto de conclusión del sermón, en tanto que los vv. 17-18 presentan el mismo aspecto. Estos últimos parecen suponer que los guías o «dirigentes» (v. 17.24) están en la comunidad, en tanto que da la impresión de que los mencionados antes (v. 7) evocan figuras del pasado. De todos modos, en este capítulo se nota el esfuerzo por darle al «sermón» cierta forma epistolar, y de asociarlo implícitamente a la figura de Pablo (cf. vv. 19.23.24).
 
Heb 13,1-8.
El amor característico de la comunidad cristiana es «amor fraterno» (φιλαδελφία), amor a la vez de amistad (φιλία) y de hermanos (ἀδελφία: concreto que incluye hermanos y hermanas), o de fraternidad (ἀδέλφιξις: abstracto de relación). Connota el afecto que se causa tanto en la amistad como en la familiaridad, e implica una doble exigencia de igualdad. Este amor se manifiesta con hechos concretos. El autor echa mano de la moral convencional, común a judíos y cristianos, a hebreos y griegos, para proponer algunas pautas de una cierta ética «internacional», pero apela a motivaciones de fe, no siempre explícitas, quizá con intención de hacer plausible la fe a la vista de los paganos a través del testimonio de inserción sociocultural de los cristianos.
 
• La hospitalidad (φιλοξενία). Implica una actitud amistosa (φίλος) en relación con el extranjero (ξένος). Muy apreciada en el mundo antiguo –y recomendada en ambas culturas, la hebrea y la griega– como muestra particular de acogida y de humanidad, aquí motivada con la alusión al episodio narrado en Gn 18–19 y en Tob 5–7. En el fondo de esta alusión está la sugerencia de que la apertura al extranjero es como darle acogida al mensajero de Dios («ángel») y, por tanto, a Dios mismo. Sugerencia que puede verse confirmada por la intercesión de Abraham en favor de los habitantes de Sodoma y Gomorra, y en el hecho de que Tobías haya sido extranjero.
 
• La solidaridad con las víctimas. También recomendada por los filósofos estoicos, era estimada entre los judíos y los paganos. Aquí se refiere en particular a los encarcelados y a los perseguidos, y está motivada por la común sensibilidad humana. Se expresa en términos de «memoria» de dos categorías de víctimas. En el primer caso, los «encarcelados», se trata de no olvidarlos y sentirse partícipes de su exclusión de la convivencia social y de su privación de la libertad; en el segundo, los «maltratados», mencionados antes (cf. Heb 11,37), cuyo maltrato se debe a la «oposición por parte de los pecadores» (Heb 12,3) a su evidente fe, y se trata de no olvidarlos recordando que todos los seres humanos podemos ser igualmente maltratados. Se puede inferir que ambos, los encarcelados y los maltratados son miembros de la comunidad cristiana.
 
• La moral conyugal. Los judíos eran estrictos en esta materia, condenaban el libertinaje de los paganos en este sentido, y estaban convencidos de la severidad del juicio de Dios al respecto. El autor se refiere directamente a la institución (ὁ γάμος), para la cual reclama valoración (τίμιος), o sea, respeto y aprecio. Esto significa que los cristianos han de romper con la mentalidad común entre los paganos al respecto, y adoptar la nueva escala de valores, que considera honorable esa institución. Por lo mismo, la fidelidad a la pareja es un imperativo de la fe, como exigencia de la fidelidad a Dios. En ese sentido afirma que «a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios», juicio que no se expresa en términos de «castigo» (cf. Sab 3,7.13-16).
 
• El desprendimiento. También los filósofos contemporáneos proponían el desapego respecto del dinero (principio estoico de la «autosuficiencia»), pero el autor aquí no se refiere a la ascesis, sino a la conducta social motivada por la confianza en la providencia y el amor de Dios. Esta «suficiencia con lo que se tiene» se apoya en la promesa del que dijo: «nunca te dejaré, nunca te abandonaré» (cf. Dt 31,6 LXX), palabras dirigidas al pueblo antes de entrar a conquistar la tierra prometida, ahora apropiadas para los cristianos que están construyendo el reino de Dios.
 
• La memoria de los testigos. Si antes invitaba a «recordar» (a los encarcelados y maltratados), ahora invita a «acordarse» de los «dirigentes» (ἡγούμενοι). Hay un matiz de diferencia ente una y otra acción. No es lo mismo «recordar» (μιμνῄσκω) que «acordarse» (μνημονεύω). Lo primero es «hacer memoria», es decir, un ejercicio de evocación; lo segundo, implica la decisión de mantener presente algo o a alguien. Lo primero depende de la facultad de memorizar; lo segundo, del valor que se le asigne al hecho o a la persona. Aquí se trata de la voluntad conscientemente renovada no perder de vista a los cristianos coherentes, que dedicaron su vida a dar testimonio –con ella– del mensaje en el cual creyeron, y de la resolución tomada de imitar su coherencia.
 
El Mesías Jesús es siempre el mismo; no cambia al gusto del predicador de turno. El que «hoy» contemplamos glorioso es el mismo Jesús histórico de «ayer», que anunció el reino de Dios, fue rechazado y crucificado, y seguirá siéndolo siempre («mañana»). Es contemporáneo de todos.
 
Lo que adultere esa imagen suya se debe catalogar como «doctrinas complicadas y extrañas».
 
El cristiano le «sirve» (da culto) a Dios con el amor expresado en actitudes que aquilatan la vida personal y la convivencia social. Este amor tiene un referente claro: Jesús Mesías. Y Jesús sigue siendo el mismo antes de la cruz y después de su resurrección. No es lícito desconectar la praxis histórica de Jesús de su condición gloriosa. El referente del cristiano no es la Ley de Moisés ni el culto ceremonial del templo de Jerusalén. Por eso, el criterio que guía al cristiano es el Espíritu Santo, que pone al discípulo en sintonía con el Jesús de la historia y de la gloria, sin adulterar su realidad. Y esa sintonía con Jesucristo se manifiesta en la vida personal y en la convivencia social.
 
La eucaristía está ligada a la entrega del Señor («esto es mi cuerpo entregado por ustedes»); no hay verdadera comunión con él ni auténtico culto eucarístico separado de su praxis de amor, especialmente por los más desvalidos y excluidos.
Feliz viernes.

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