La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-viernes

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5,5-13):

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo. Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios. Éste es el testimonio de Dios, un testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio. Quien no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 147,12-13.14-15.19-20

R/.
Glorifica al Señor, Jerusalén

Glorifica al Señor, Jerusalén; 
alaba a tu Dios, Sión: 
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, 
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Ha puesto paz en tus fronteras, 
te sacia con flor de harina. 
Él envía su mensaje a la tierra, 
y su palabra corre veloz. R/.

Anuncia su palabra a Jacob, 
sus decretos y mandatos a Israel; 
con ninguna nación obró así, 
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,12-16):

Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme.» 
Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Y en seguida le dejó la lepra. 
Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste.» 
Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

12 de enero. O sábado después de Epifanía. 

Jesús es «epifanía» del señorío divino sobre la historia. Con él se manifiesta una nueva época, y acogerlo implica aprender a aceptar ese cambio de época, a dejar con tranquilidad la época anterior y a abrirse al futuro ignoto con absoluta confianza en el amor y en la providencia de Dios. Lo que nos relaciona con Dios no es un contrato de cláusulas innegociables, sino una alianza de amor que nos permite esperar siempre y únicamente la luz que procede de él (cf. 1Jn 1,5). El surgimiento del hombre nuevo, el hombre-espíritu, aunque implica mengua del hombre viejo, el hombre-carne, no entraña merma alguna de lo humano; por el contrario, en Jesús alcanza el ser humano la cima de su humanidad, y en él halla la gloria de la divinidad 

1. Primera lectura: discernimiento (1Jn 5,14-21).

El objetivo de este escrito es certificarles a sus destinatarios –los seguidores de Jesús como Hijo de Dios– que tienen la plenitud de la vida, «vida eterna» (cf. 1Jn 5,13, omitido). Tenerla es ser hijo de Dios, conocerlo, y, por tanto, ser objeto de su amor (cf. 1Jn 4,7). La presencia del Hijo en la historia es manifestación («epifanía») del amor de Dios (cf. 1Jn 4,8).

Esta manifestación («epifanía») infunde, ante todo, una doble «seguridad» en la relación con Dios: primera, la conformidad con su designio de amor nos garantiza su escucha benevolente cuando le pedimos algo relacionado con el cumplimiento de ese designio; segunda, la certeza de ser escuchados nos permite contar con lo que pedimos incluso desde antes de que se haya realizado (cf. Jn 2,3-5). La «hora» de Jesús es la de su muerte, es decir, la de la manifestación («epifanía») de la gloria del Hijo del Hombre (cf. Jn 12,23), que es la misma gloria de su Padre (cf. Jn 1,14; 12,27-28): su amor inmenso por la humanidad (cf. Jn 19,30).

Ese designio de amor abraza al pecador y suscita la oración confiada con intención de salvarlo («le dará vida»). Obviamente, esta intención cuenta con que el pecador desee la salvación, ya que, cuando se rehúsa a recibir la vida (el amor de Dios, su Espíritu), es él mismo el que no permite la acción salvadora de Dios. «Toda injusticia es pecado», pero no todo pecado lleva a la obstinación y al rechazo de la vida («salvación»). Cuando se da esta obstinación, el pecado «acarrea la muerte». Hay injusticias que, una vez reconocidas y rectificadas, son perdonadas. El hijo de Dios sabe que la oración por le pecador puede llevarlo a la enmienda de su vida.La experiencia de ese amor manifestado se traduce en un «saber» comprobado:

• Jesús, el nacido de Dios, preserva de todo pecado a los que viven como él, nacidos de Dios. El Malo, personificación de los valores del «mundo», no puede hacer presa de él. La defensa del que «nació de Dios» consiste en mantenerlo como «hijo» por el don del Espíritu.

• El cristiano tiene conciencia y experiencia de pertenecerle a Dios, en tanto que el «mundo entero» (no una parte del mismo) está bajo el dominio del Malo. «Quien no practica la justicia, o sea, quien no ama a su hermano, no es de Dios» (cf. 1Jn 10).

• Jesús, el Hijo de Dios, permite conocer por experiencia al verdadero Dios y a permanecer en él por la fidelidad a su Hijo, Jesús Mesías. No hay más Dios que el que se revela en Jesús. Él es la verdadera «epifanía» de Dios. Los demás son ídolos. 

2. Evangelio: manifestación (Jn 3,22-30).

Jesús avala la ruptura con la sociedad injusta propuesta por Juan el Bautista. Por eso también sus discípulos bautizan (cf. Jn 4,2), y en tanto que Juan ha debido mudarse a Enón a causa de la persecución que ya comenzó en su contra, Jesús y los suyos ganan adeptos en número mayor y creciente (cf. Jn 4,1). Aunque Juan se presentó como precursor del Mesías, sus discípulos, sin haber hecho la debida ruptura con la institución judía (la polémica sobre ritos de purificación), ahora pretenden establecer conflicto entre Juan y Jesús. Sienten celos por su maestro, no han comprendido o no quieren aceptar su papel de precursor. Juan reacciona aclarando la diferencia entre él, como precursor, y Jesús como Mesías:

• Cada uno tiene un don concedido por Dios, y nadie puede usurpar un don distinto del propio. Él ha declarado no ser el Mesías sino su precursor, y de eso ellos son testigos. Esa declaración suya concretó el testimonio atribuido a él (cf. Jn 1,6-7), cuya finalidad era justamente que «todos llegasen a creer» en la luz. Así que su declaración ha sido pública, y no solo les consta a sus discípulos y a las autoridades, sino al pueblo entero.

• El que viene a pactar la alianza de amor (el Mesías-esposo) tiene todo el derecho a que el pueblo lo siga. Juan se declara preparador de la boda-alianza («el amigo del esposo») y manifiesta su alegría ocupando su puesto («a su lado») y escuchando su voz, alusión a Jr 30,10-11: «todavía se escucharán la voz alegre y la voz gozosa, la voz del esposo y la voz de la esposa», señal de la restauración, señal de la nueva alianza. De allí su alegría.

La expresión final de Juan, que tiene como trasfondo Gn 1,28: el precursor declara la suerte de las dos alianzas: la antigua, representada por él, por ser provisional y preparatoria, tiene que ir desapareciendo, como el sol en el ocaso; la nueva, representada por Jesús, porque es definitiva, goza de la bendición de Dios, y su futuro es crecer y multiplicarse, fecundidad propia de la alianza del Mesías-esposo. Esa bendición incluye la vida física pero no se limita a ella; por eso, la progenie prolífica y la longevidad no cumplen la promesa; ahora debe crecer la esperanza de la vida eterna, que es la que se colma en la nueva alianza, por las «bodas» de Jesús, ya que él infunde el Espíritu Santo y garantiza al ser humano la plenitud de la vida. El designio de Dios se realiza en «la alianza nueva y eterna», en «las bodas del Cordero». Pero la alianza antigua se resiste a dejarle libre el paso, no por sí misma, sino porque hay quienes no admiten su papel transitorio y se empeñan en mantenerla vigente. Por ese empeño, las certezas del cristiano no se concretan en las vivencias que podrían transformar este «mundo» en reino de Dios. Por eso se siguen adorando ídolos, con el agravante de llamar a algunos de ellos con los nombres del Dios de los cristianos. Faltan amigos del esposo, que se alegren oyendo su voz y se decidan a menguar como hombres viejos para que él crezca en ellos y los haga hombres nuevos.Celebrando la eucaristía podemos escuchar su voz y vivir en la alegría de «la alianza nueva y eterna».

Feliz día.

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