La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

San Mateo, apóstol y evangelista
Color rojo

Fiesta patronal en el municipio de El Roble

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (4,1-7.11-13):

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,2-3.4-5

R/.
 A toda la tierra alcanza su pregón

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,9-13):

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios»: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto
Sábado de la XXIV semana del Tiempo Ordinario. Año I.
 
«Las sanas palabras de nuestro Señor Jesús Mesías» (cf. 1Tm 6,3) tienen un doble objetivo: la mejor calidad de vida para el «hombre de Dios», y la agradable convivencia de los «hombres de Dios». No obstante, la comunidad debe coexistir con los falsos profetas y maestros, por un lado, y las insidias de «los hombres», por el otro. Esto debe ser tomado «deportivamente», es decir, como si se tratara de un certamen para el cual el «hombre de Dios» y su comunidad se preparan por medio de la «piedad» –que se presenta como ejercicios de entrenamiento– y mantenerse en forma hasta el momento de las definiciones y de la premiación: «la venida de Nuestro Señor Jesús Mesías». El que se haya mantenido en la fe y en el amor, con aguante a toda prueba y con mansedumbre inquebrantable, recibirá la corona de la vida. Aquí habla del certamen del cristiano y de su destino individual, no del final de la historia.
 
1Tim 6,13-16. 
La exhortación a Timoteo como «hombre de Dios» culmina con una apremiante petición en nombre del Dios de la vida (ζῳογονοῦντος τὰ πάντα, «que da vida a todas las cosas»), y del Mesías Jesús, «que dio testimonio ante Poncio Pilato» (es decir, en tiempos de Poncio Pilato). Esta fórmula bimembre para apremiar a Timoteo a responder parece trasponer a la cultura griega los conceptos de Dios «Padre» y de Jesús, su «Ungido» ante los poderes del mundo. El verbo «dar vida» (griego ζωογονέω; hebreo חיה) incluye las nociones de engendrar, causar y conservar la vida, las cuales suponen la posesión de la misma. El «testimonio» atribuido por el autor al «Mesías Jesús» se concreta en una «confesión» (ὁμολογία) que él califica de forma muy positiva: «noble» (καλή: «hermosa», superlativamente «buena»). La anterior «confesión», atribuida a Timoteo (cf. 6,12), se entendía en relación con su bautismo; en la misma línea, la «confesión» del Mesías Jesús se entiende como la afirmación del reinado y del reino de Dios en su personación ante el procurador del imperio más grande del mundo entonces conocido. La confesión de Timoteo tiene por ejemplo y modelo la del Mesías Jesús, con quien el autor quiere que Timoteo se identifique. Este hizo su confesión de fe «delante de muchos testigos» (6,12) –sin duda hermanos en la fe–; el Mesías Jesús hizo la suya delante del poder despótico. Al exhortar de forma tan vehemente a Timoteo («te insisto»), el autor insinúa que ahora este deberá hacerlo, como el Mesías Jesús, ante sus adversarios, los falsos maestros.
La insistente petición se concreta en guardar «el mandamiento», que –en singular– no puede referirse a otro distinto del amor universal, lo cual hace sentido con la «noble profesión» del Mesías Jesús ante el representante del poder opresor, explotador y asesino. El mandamiento es el «depósito» confiado a Timoteo, depósito que se opone a las charlatanerías irreverentes de los «sabios» dados a la polémica, y, por eso, apartados de la fe (6,20). Este mandamiento es urgente en la misma medida en que las falsas doctrinas dividen y enfrentan a los creyentes.
Este mandamiento hay que guardarlo «sin mancha ni reproche» por un tiempo determinado: «hasta la venida de nuestro Señor Jesús Mesías». Señala así el lapso del certamen cristiano; el «combate» para recibir el premio de la vida eterna, no es una lid sin fin. El término que usa, «manifestación» (ἐπιφάνεια), se usaba para designar las «manifestaciones» de dioses paganos y de los emperadores (griegos y romanos) que se atribuían honores divinos. Es probable que el autor eligiera el término para contraponer la manifestación del «Señor Jesús Mesías» (en su condición gloriosa) con las de esos falsos dioses. Las «manifestaciones» de esos emperadores tenían por fin reafirmar su soberanía en los límites del territorio donde se extendía su reino; la «manifestación» del Señor tiene por objeto confirmar su señorío sobre la historia.
Se piensa que las expresiones (así como la estructura) de los vv. 15-16 sugieren que el autor las tomó de un antiguo himno cristiano (cf. 1,17; 3,16; 2Tim 2,11-13). La «manifestación» del Señor (glorioso) se dará por obra de Dios. Ella es atribuida a iniciativa del «bienaventurado y único soberano». Los griegos consideraban la felicidad un atributo exclusivo de los dioses. Él es «el feliz» (ὁ μακάριος) por definición. Al declararlo «único soberano» excluye el panteón: él es el único Dios; e igualmente relativiza la soberanía de los poderosos de la tierra. También Dios determina el «momento oportuno» (καιροῖς ἰδίοις) de tal manifestación. Ese momento lo refiere el autor, con los mismos términos, a la entrega de Jesús (cf. 2,6) y al primer anuncio de la buena noticia (cf. Tit 1,3). Y, en seguida, señala que Dios es superior a los reyes y los dominadores valiéndose de dos superlativos de corte hebreo: «rey de reyes», es decir, el Rey por antonomasia, y «señor de señores», o sea, el Señor propiamente dicho. Esos títulos eran usados por los monarcas orientales para significar que reinaban sobre otros reyes y ejercían su señorío sobre otros señores. Y es probable que los creyentes los refirieran a Dios con el propósito de oponerse a tributarle esos honores a tales gobernantes.
En categorías griegas, lo llama «el único que es inmortal», y reitera la misma idea en categorías hebreas («el que habita en una luz inaccesible») para afirmar que su atributo propio es la vida en plenitud. Finalmente, afirma su trascendencia (o «santidad») diciendo que nadie lo ha visto ni lo puede ver (dicho también por judíos y griegos). Ese es el Dios que va a manifestar al «Señor Jesús Mesías». Por tanto, se trata de una manifestación gloriosa, digna de tal Dios.
Concluye con una breve doxología que le tributa a ese Dios una aclamación de honor –muy por encima de los honores humanos– y de eterno señorío, en oposición al transitorio poder de los reyes de la tierra.
 
El apóstol se vale de una imagen deportiva y la traspone al plano de la fe. Utiliza conceptos del lenguaje religioso pagano y les cambia su sentido para aplicárselos a «Dios» y al «Señor Jesús Mesías». Y procura, cuando es conveniente, armonizar esos conceptos con los propios de la tradición judía, estableciendo equivalencias. Esto significa que ningún lenguaje resulta definitivo a la hora de hablar de Dios, todos son provisionales y aproximados.
La hoy llamada «inculturación de la fe» se da cuando el cristiano, con fidelidad al mensaje, se esfuerza por expresar la fe en categorías de pensamiento distintas a las convencionales. Para esto se requiere ante todo la fe misma, una fe viva, guardada con fidelidad al compromiso del «misterio» cristiano (el amor universal del Padre), fe audaz, capaz de dialogar con hombres de diversas culturas para transmitirles el Espíritu de Jesús.
Esto se debe procurar en cada celebración eucarística, donde el amor y la palabra, al mismo tiempo, interpelan y responden.
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.

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