La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la XIV semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (49,29-32;50,15-26a):

En aquellos días, Jacob dio las siguientes instrucciones a sus hijos: «Cuando me reúna con los míos, enterradme con mis padres en la cueva del campo de Efrón, el hitita, la cueva del campo de Macpela, frente a Mambré, en Canaán, la que compró Abrahán a Efrón, el hitita, como sepulcro en propiedad. Allí enterraron a Abrahán y a Sara, su mujer; allí enterraron a Isaac y a Rebeca, su mujer; allí enterré yo a Lía. El campo y la cueva fueron comprados a los hititas.» 
Cuando Jacob terminó de dar instrucciones a sus hijos, recogió los pies en la cama, expiró y se reunió con los suyos. 
Al ver los hermanos de José que había muerto su padre, se dijeron: «A ver si José nos guarda rencor y quiere pagarnos el mal que le hicimos.» 
Y mandaron decirle: «Antes de morir tu padre nos encargó: «Esto diréis a José: Perdona a tus hermanos su crimen y su pecado y el mal que te hicieron». Por tanto, perdona el crimen de los siervos del Dios de tu padre.» José, al oírlo, se echó a llorar. 
Entonces vinieron los hermanos, se echaron al suelo ante él, y le dijeron: «Aquí nos tienes, somos tus siervos.» 
Pero José les respondió: «No tengáis miedo; ¿soy yo acaso Dios? Vosotros intentasteis hacerme mal, pero Dios intentaba hacer bien, para dar vida a un pueblo numeroso, como hoy somos. Por tanto, no temáis; yo os mantendré a vosotros y a vuestros hijos.» 
Y los consoló, hablándoles al corazón. José vivió en Egipto con la familia de su padre y cumplió ciento diez años; llegó a conocer a los hijos de Efraín, hasta la tercera generación, y también a los hijos de Maquir, hijo de Manasés; los llevó en las rodillas. 
José dijo a sus hermanos: «Yo voy a morir. Dios cuidará de vosotros y os llevará de esta tierra a la tierra que prometió a Abrahán, Isaac y Jacob.» 
Y los hizo jurar: «Cuando Dios cuide de vosotros, llevaréis mis huesos de aquí.» José murió a los ciento diez años de edad.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,1-2.3-4.6-7

R/.
 Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón

Dad gracias al Señor, invocad su nombre, 
dad a conocer sus hazañas a los pueblos. 
Cantadle al son de instrumentos, 
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo, 
que se alegren los que buscan al Señor. 
Recurrid al Señor y a su poder, 
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; 
hijos de Jacob, su elegido! 
El Señor es nuestro Dios, 
él gobierna toda la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,24-33)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! No les tengáis miedo, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto

Sábado de la XIV semana del Tiempo Ordinario. Año I.

Terminamos así la historia de los patriarcas, resumiéndola con prisa. Limitaciones del leccionario.
José informa al Faraón la presencia de su familia, y explica de otro modo su estancia en Gosén: los descendientes de Jacob son pastores, y los egipcios consideran impuros a los pastores, no obstante tener ellos ganado también. Jacob termina bendiciendo al Faraón, en cumplimiento de la promesa hecha a Abraham. Luego José, según las costumbres egipcias, administró el país con el propósito de asegurar el domino del Faraón (cf. Gen 46,31-47,26). A continuación, narra el libro la muerte del patriarca con rasgos que recuerdan la de Isaac y anuncian la situación futura de todas las tribus, para concluir con el relato de su solemne sepultura en la cueva de Macpela, en donde fueron sepultados, Abraham, Sara, Isaac y Rebeca (cf. Gen 47,27-49,28).

Gen 49,29-33; 50,15-24.
Tres hechos atraen la atención en este final:
1. La añoranza por la tierra prometida, que no es una simple nostalgia, sino compromiso con el Dios de la promesa. Es fidelidad a la promesa recibida y certeza de su cumplimiento futuro.
2. El remordimiento por la venta del hermano. Dado que Esaú había expresado intenciones de vengarse, después de la muerte del padre (cf. Gen 27,41), los hermanos temen esa venganza.
3. La muerte de José. Es la culminación de una vida bendecida por Dios aun en medio de tantas desventuras como las que él debió padecer, y que sobrellevó con nobleza por amor a su gente.
1. La añoranza por la tierra prometida.
En tanto que al referirse a la muerte de Abraham se lee: «…se reunió con los suyos (עַמָּין: lit. «con sus pueblos», Gen 25,8), al hablar de la de Jacob se lee: «…voy a reunirme con mi pueblo» (עַמִּי: Gen 49,29; cf. 47,30: «…con mis padres»: אֲבֹתֵי). El origen de esta expresión está en el hecho de que el difunto era habitualmente sepultado en el sepulcro familiar. El cambio del número (del plural al singular) se puede explicar porque el autor quiere afirmar la teología del único pueblo. La remembranza de la cueva de Macpela, en el campo comprado por Abraham a Efrón (cf. Gen 23) está también en función de la tierra prometida, cuya posesión legal se enfatiza, dado que aún no se ha recibido como don del Señor; sigue siendo una promesa. Pero esto también permite la insistencia en la teología de la tierra única, junto con la del único pueblo.
Sirve para conservar la identidad de la casa de Abrahán como heredera de la promesa de Dios. Hay que volver a las raíces, hay que proseguir la historia de la alianza, no se puede olvidar que Dios es fiel y cumple su promesa. Por eso, tanto Jacob, o Israel, como José insisten en que sus restos sean sepultados en la misma cueva en la que fueron sepultados Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, y en donde Jacob sepultó a Lía. Dicha promesa contiene tres elementos:
• La tierra, como espacio de libertad.
• La descendencia, como prolongación de la vida.
• La bendición, como misión universal.
2. El remordimiento por la venta del hermano.
En las manadas de animales, el nuevo «macho alfa» extermina las crías del anterior con el fin de fecundar las hembras y comenzar así a prolongar sus genes. Saúl abrigará el temor de que suceda algo parecido cuando David sea reconocido como rey por Israel, por lo que le suplica a este que le jure no aniquilar su descendencia, que no borrará su nombre (cf. 1Sam 24,22). Los hermanos de José suponían que el comportamiento de este cambiaría tras la muerte del padre común, por lo que apelaron a la memoria del difunto padre para suplicar insistentemente su perdón.
En el centro del relato que ahora nos ocupa, los hermanos se preguntaban entre sí respecto de las verdaderas intenciones de José en relación con ellos, que ya se habían reconocido traidores. Pidieron perdón y se declararon sus siervos. José manifestó dolor por ese temor de sus hermanos y los tranquilizó asegurándoles que no pretendía usurpar el lugar de Dios, y, al reafirmarse en su actitud de perdón, se remitió al designio de Dios, que «intentaba convertir el mal en bien para conservar la vida a una multitud». Según sus palabras, ese designio relativiza lo demás, incluso sus propios sufrimientos. Por tanto, no había lugar al temor. José se comprometió a proveer a la subsistencia de sus hermanos y a la de los descendientes de sus hermanos. Esta promesa será un programa para David, quien castigó el asesinato de Isbaal, hijo de Saúl (cf. 2Sam 4), y acogió en su casa a Meribaal, hijo de Jonatán (cf. 2Sam 9). Así consoló José a sus hermanos.
3. La muerte de José.
Después una feliz ancianidad, José murió tras cumplir «ciento diez años». En el Egipto de aquella época, esa era la edad ideal, según consta en numerosos testimonios. Maquir era un importante clan del Israel posterior (cf. Num 32,39-34; Jos 17,1; Jue 5,14). Que sus hijos hayan nacido «sobre las rodillas de José» es una manera de decir que fueron adoptados por él (cf. Gen 30,3; 48,12).
José, antes de morir, se remonta a la promesa hecha por Dios a Abraham (cf. Gen 12,7), reiterada una y otra vez en la historia de los patriarcas. Al mismo tiempo, les hizo jurar que ellos también llevarían sus restos a la tierra prometida cuando Dios se ocupara de ellos y los regresara a la tierra que habrán de heredar según esa promesa. La mención de la muerte de José y, por segunda vez, la de los años que vivió, más los datos de que fue embalsamado y metido en un sarcófago, pero sin mencionar su sepultura, según la costumbre hebrea, sugiere que esta historia continúa.

La Iglesia es hoy nuestra heredad (el reino en su etapa terrena), y en ella aspiramos alcanzar la tierra prometida (el reino en su etapa celeste). No podemos perderla de vista, porque sería olvidar la promesa de Dios. Esa Iglesia se merece todos los esfuerzos de fraternidad que estén a nuestro alcance. Por ella hemos de estar dispuestos a ser generosos y perdonarlo todo, con el fin de que ella crezca como un pueblo numeroso que proclama las alabanzas de su Dios. Los tres elementos de la promesa hecha a Abraham se cumplen en el don del Espíritu Santo (cf. Lc 24,49): él nos libera de la Ley y nos concede la libertad de los hijos de Dios (cf. Ga 4,4-7), nos infunde nueva vida y se constituye en garantía de la vida eterna a la que estamos destinados (cf. 2Co 1,20-22), y nos impulsa a la misión universal con la capacidad de bendecir comunicándolo, como lo hizo la Virgen María, al transmitir el mensaje que ella también había recibido del cielo (cf. Lc 1,29.41).
Nos reunimos para celebrar la eucaristía que construye la Iglesia, y de la cual la Iglesia vive.
Feliz sábado en compañía de María, la madre del Señor.

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