La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-sábado

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Sábado de la II semana del Tiempo Ordinario. Año I

Santos Timoteo y Tito. Memoria obligatoria, color blanco.

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,1-8):

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día. Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 95,1-2a.2b-3.7-8a.10

R/.
 Contad las maravillas del Señor a todas las naciones

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre. R/.

Proclamad día tras día su victoria.
Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R/.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor. R/.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey, 
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 4, 1-20
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
Les enseñaba muchos cosas con parábolas y les decía instruyéndoles:
«Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno». Y añadió:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo:
«A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”». Y añadió:
«¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a conocer todas las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
Palabra de Dios

La reflexión del padre Adalberto
 
Sábado de la II semana del Tiempo Ordinario. Año II.
 
El predicador se explaya ahora en la descripción del culto ritual y del templo de la antigua alianza basándose en la Ley de Moisés (cf. Ex 25–26; 30,1-6; 36–37; 40). No se interesa en el templo construido por Salomón (cf. 1Rey 6–8). Usa el nombre de «tienda», la cual más que un acceso expedito a Dios constituía una barrera.
La capilla central (o «santuario») del templo de Jerusalén se componía de dos salones:
• El (lugar) «Santo», abierto al patio, que solamente permitía el acceso de los sacerdotes para los ritos propios de la purificación exterior. Este lugar «fuera de la cortina», contenía tres muebles: en la parte norte, la mesa para los panes presentados; en la parte sur, el candelabro, frente a la mesa; y, frente a la cortina, el altar de oro para quemar el incienso (cf. Ex 40,22-27).
• El (lugar) «Santísimo», delimitado por una cortina con respecto del anterior; era el espacio en el que se consideraba que estaba la presencia de Dios y en el que se decía que estaba el arca de la alianza, en la cual reposaba el documento de la alianza (cf. Ex 25,16.21; 26,33). A este lugar solo podía entrar una vez al año el sumo sacerdote para el rito de la expiación (cf. Lev 16).
 
Heb 9,2-3.11-14.
El predicador argumenta dos cosas a partir de la disposición arquitectónica del culto (λατρεία) y del santuario terrestre (ἅγιον κοσμικόν): la construcción misma del templo y la accesibilidad de Dios que se puede deducir a partir de esa disposición.
1. La construcción en sí.
El predicador se fija concretamente en la primera tienda, el (lugar) «Santo», del cual destaca dos de los muebles: el candelero y la mesa con los panes presentados, aunque eran tres; falta el altar para la ofrenda del incienso (vv. 2-3).
El candelabro de los siete brazos (מְנוֹרָה) era un lampadario que permanecía ardiente día y noche, y el sacerdote debía velar porque tuviera suficiente provisión de aceite y mecha para continuar ardiendo. Se decía que la llama original había sido encendida por Dios mismo. El lampadario representaba la zarza ardiente que vio Moisés; y, después, simbolizaba el Espíritu del Señor.
La mesa de los «panes de la proposición», o «de los panes presentados», contenía doce panes, en representación de las doce tribus de Israel, que eran reemplazados semanalmente, y cuyo objetivo era manifestar que el pueblo dependía de Dios para vivir y sostenerse. Estos panes presentados solo podían ser consumidos por los sacerdotes.
El altar para la ofrenda del incienso tenía la función de representar las oraciones del pueblo con el humo y el agradable olor de esta resina. Cuando se quemaba el incienso, el humo ascendía y se filtraba a través de la cortina hasta llegar al lugar «Santísimo», que era el trono de la misericordia divina, ya que esas oraciones eran, sobre todo, las de los pecadores arrepentidos.
Después, se fija en el (lugar) «Santísimo». Construido como un cubo perfecto, solo contenía el arca de la alianza, en la que se tenían las reliquias del éxodo: las losas de la Ley, la vara florecida de Aarón, y el maná.
No es claro a qué se refiere el autor cuando ubica en el (lugar) «Santísimo» un «altar de oro para el incienso», ya que según las descripciones de Ex 30,6 y 40,26 este se encontraba en el «Santo» y no en el «Santísimo», pero la traducción de los LXX usa allí una palabra (θυσιαστήριον) que no es la misma que está en este escrito (θυμιατήριον). Por eso se piensa que el autor se refiere a una mesa de perfumes o a un incensario, que es símbolo del sacerdocio (cf. Lev 10,1-3; Num 16).
Por encima del arca, cubriéndola, estaba una placa dε oro con dos querubines cincelados en sus extremos; desde encima de esa placa el Señor le comunicaba a Moisés sus mandatos para Israel (cf. Ex 25,17-22). Esa placa era «el lugar de la expiación». Pero el autor considera que todo esto es «perderse en detalles», y declara que no hay tiempo para ello (vv. 4-5, omitidos).
2. El simbolismo de la construcción.
El acceso a Dios queda prácticamente vedado: en el (lugar) «Santo» solo los sacerdotes a celebrar el culto «continuamente», y en el (lugar) «Santísimo» solo una vez al año entra el sumo sacerdote, y llevando sangre para ofrecerla por él mismo y por las faltas del pueblo.
El Espíritu Santo, por medio de los profetas cristianos, da a entender que esa primera tienda, en la que se mantiene viva la conciencia del pecado que separa al hombre de Dios, se cierra el paso hacia él. Y, como el culto antiguo reforzaba dicha conciencia de indignidad y de culpa (cf. Nm 18,2-7; Lev 16,2), al valerse de medios ineficaces para borrar los pecados (cf. Lev 16,11-34), deja ver que la religión judía no tenía verdadera solución al problema del pecado y, por consiguiente, no conocía de qué manera tener libre acceso a Dios. Pero, por otro lado, la experiencia viva del Espíritu Santo sí permite a los profetas cristianos mostrar ese camino del perdón de los pecados y del libre acceso a Dios. Los dones y sacrificios que se ofrecen en el ceremonial del templo no pueden transformar interiormente a los que practican ese culto, por eso el Espíritu advierte que los tabúes sobre alimentos, bebidas o abluciones son observancias exteriores cuyo valor caducó, porque ya llegó la oportunidad de tener acceso a Dios (vv. 6-10, omitidos).
En contraste con lo anterior, el verdadero tabernáculo –o lugar del encuentro con Dios– está en la humanidad de Jesús glorificado, verdadero sumo sacerdote, cuya sangre derramada en la cruz no solo le permite entrar él en la presencia de Dios, sino llevar a esa presencia a todos los que se fían de él, hasta el punto de otorgarles «una liberación definitiva», es decir, el perdón del pecado. La sangre es símbolo de la vida. La sangre de Jesús es el Espíritu Santo, que purifica la conciencia humana de las obras de muerte para que el hombre pueda dar culto al Dios vivo y vivificador, es decir, al Padre (vv. 11-14).
 
También hoy la disposición arquitectónica de los lugares de reunión del pueblo de Dios, en los que se celebra la fe, pueden ser más o menos aptos para expresar la fe que celebramos. Pero, por encima de todo, el entramado de relaciones entre los que nos reunimos para celebrar facilita o dificulta el acceso a Dios. Los diversos ministros, los ceremoniales y rituales y los miembros de las asambleas necesitamos tomar conciencia de que nuestra misión es permitir el acceso a Jesús, para que él pueda conducir hasta el Padre a aquellos que, por darle fe a él, reciban el Espíritu.
El amor manifestado por Jesús entregando su vida hasta morir como criminal y maldito de Dios, rechazado por autoridades civiles y religiosas hechas cómplices del pecado, es lo que nos puede dar la liberación definitiva que es fruto del Espíritu Santo. Ese amor es el que nos da libre acceso a Dios y nos permite ofrecerle el verdadero culto, como el de Jesús.
Feliz sábado en compañía de María, madre del Señor.

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