La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Palabra del día

Miércoles de la XXXIV semana del Tiempo Ordinario. Año II.

Primera lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (15,1-4):

Yo, Juan, vi en el cielo otro signo, grande y maravilloso: Siete ángeles que llevaban siete plagas, las últimas, pues con ellas se consuma la ira de Dios.
Vi una especie de mar de vidrio mezclado con fuego; los vencedores de la bestia, de su imagen y del número de su nombre estaban de pie sobre el mar cristalino; tenían en la mano las cítaras de Dios. Y cantan el cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo:
«Grandes y admirables son tus obras, Señor, Dios omnipotente; justos y verdaderos tus caminos, rey de los pueblos. ¿Quién no temerá y no dará gloria a tu nombre? Porque vendrán todas las naciones y se postrarán ante ti, porque tú solo eres santo y tus justas sentencias han quedado manifiestas».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 97,1.2-3ab.7-8.9

R/. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

V/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.

V/. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.

V/. Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos,
aclamen los montes. R/.

V/. Al Señor, que llega
para regir la tierra.
Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,12-19):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

Palabra del Señor


Miércoles de la XXXIV semana del Tiempo Ordinario. Año II.
Sigue ahora la visión de los «cuencos» (φιάλη) –mejor que «copas» (ποτήριον)–, que contienen siete «plagas» (πληγή). Estas plagas ponen a pensar en clave de éxodo el embate definitivo contra la «bestia». O sea, la gesta del éxodo se renueva en la victoria del cielo contra el poder opresor del imperio, como en otro tiempo triunfó sobre el poder del faraón y su ejército. Y, en definitiva, es la actitud de éxodo la que logra que el pueblo de Dios supere sus esclavitudes y opresiones. El éxodo implica una actitud de «salida»; en primer lugar, es la salida de sí mismo, de las propias seguridades, y, en segundo lugar, la salida misionera, al encuentro de los demás.
El capítulo 15 tiene 8 versículos. El leccionario propone los 4 primeros, pero el comentario se extiende a todo el capítulo.
Ap 15,1-4.
El capítulo consta de dos partes: la visión propiamente dicha, y la acción posterior a la visión.
1. Los vencedores de la bestia (vv. 1-4).
Ve «otra señal», en referencia a la de 12,1.3, esta «magnífica (μέγα) y sorprendente (θαυμαστόν)». El contenido de la visión: «siete ángeles que llevan siete plagas», o sea, es un anuncio divino de acciones del cielo que neutralizan el poder mortal que ejerce el sistema opresor sobre los que son de Dios. «Siete» indica una totalidad diversa. Se trata de toda clase de acciones tendentes a anular ese sistema de injusticia. Son las «las últimas», porque con ellas «se agotó el furor de Dios». Esto significa que se ha colmado el suicidio del sistema de poder, ha llevado su injusticia al grado de insostenible, y las consecuencias de la misma («furor de Dios») se vuelven en su contra. Su maldad ha sobrepasado la medida, y va a autodestruirse por esa causa.
Se prolonga la visión con un mar de vidrio (cf. 4,6), pero ahora «veteado de fuego», fuego que sugiere el juicio, la prueba, como un nuevo Mar Rojo que hay que cruzar. En la orilla de ese mar están «de pie» (vivos) los que han triunfado de la fiera, de su engañosa propaganda y de su cifra de total frustración. Las cítaras manifiestan su alegría por el triunfo, celebrando al Dios del éxodo antiguo («Moisés, siervo de Dios») y del nuevo y definitivo éxodo («el Cordero»). Es un canto que celebra la liberación (cf. Ex 15). El paso del mar simboliza la victoria sobre la fiera; el «fuego» es, a la vez, metáfora de la prueba que ellos debieron superar y del juicio que condena la bestia.
El contenido del cántico que entonan reconoce a Dios como creador del universo («soberano de todo») y árbitro universal de justicia («rey de las naciones», no solamente de Israel), expresa admiración y respeto por el Dios que libera y salva, acciones por medio de las cuales él manifiesta su santidad y logra que las naciones se vuelvan a él, le rindan acatamiento y reconozcan que las justas sentencias que él ha promulgado las invitan a rectificar sus caminos.
2. El santuario del cielo (vv. 5-8).
Evocando la Tienda del Encuentro, el lugar en donde «el arca» (cf. Ap 11,19) acampaba con los israelitas durante la travesía del desierto, relaciona con ella los ángeles y las plagas. Esto significa que el mensaje liberador de Dios (ángeles) provoca la ruina del opresor y acompaña el éxodo del pueblo y recuerda la alianza («arca»). La blancura esplendente de las vestiduras de estos ángeles pone aún más de manifiesto la condición divina del mensaje; la faja dorada, su relación con Jesús (cf. 1,13). Esta faja implica un cambio que hace Ap en relación con la figura del escribano que el profeta presenta: en vez de «avíos de escribano» (cf. Ez 9,3.11, ζώνη, קֶסֶת: «los instrumentos de escribir»), habla de «cinturón» (cf. Ex 28,15, ζώνη, חֹשֶׁן: «pectoral del juicio»), que –como la túnica de lino– era una prenda del ajuar sacerdotal y que se relacionaba con la función judicial que el Antiguo Testamento le atribuía con carácter permanente al sumo sacerdote.
«Uno de los cuatro vivientes» –muestra de que la vida se opone a la tiranía que oprime a los que siguen al Cordero– distribuye los siete cuencos del furor del Dios, «que vive por los siglos de los siglos». Que los cuencos estén llenos hasta el borde «del furor de Dios» es señal de la paciencia inmensa de Dios, que esperó hasta el fin la enmienda de los opresores y sus cómplices. Las plagas van a poner al descubierto la perversidad del sistema injusto, porque ellas van a manifestar la gloria (el amor) y la potencia (δύναμις, su fuerza de vida) de Dios, que contrastan con ese sistema. Que esto sea algo muy importante para Dios lo indica el hecho de que cualquier otra actividad en el santuario queda postergada hasta la realización de dicha obra. Esto implica que Dios no da largas a la administración de justicia en favor de los que padecen la injusticia.
El prodigio del éxodo no se quedó en el pasado; se renueva en cada época en la que los que invocan a Dios se mantienen fieles a él y se rehúsan a dejarse embaucar por el sistema de poder, por su engañosa propaganda y por su desorientadora apariencia de éxito terreno. La violencia del sistema opresor («fuego», en su aspecto de prueba) no impide realizar ese éxodo, al contrario, da razones para esperar la justicia divina («fuego», en su aspecto de juicio), cantar al Dios creador, liberador y salvador y darle gloria a él, que se manifiesta victorioso para bien de todos.
Dios no extermina las naciones. Salva a los que son fieles y les da a los demás la oportunidad de reconocer su santidad (al presenciar sus proezas liberadoras y salvadoras) para que se enmienden y se acojan a su amor salvador. Eso sí, su «cólera» es manifestación clara de que él reprueba toda clase de injusticia, y su «furor» muestra que esa injusticia solo produce la ruina de quien la comete.
Sin embargo, hay que recordar que la prontitud de Dios para administrar justicia requiere de los elegidos el manifiesto deseo de esa justicia y que pidan sin cesar la supresión del orden injusto, pues sin esa fe la acción de Dios por medio del Hijo del Hombre no encontrará quienes la acojan (cf. Lc 18,7-8). Así ha sido siempre, desde el principio (cf. Ex 3,7-10).
En la eucaristía, al mismo tiempo que pedimos al Padre la llegada de su reinado (cf. Mt 6,10), podemos cantar ya el cántico del Cordero y gozarnos desde ahora en esa liberación y salvación, hasta cuando llegue su plena consumación.
Feliz miércoles.
Adalberto Sierra Severiche, Pbro. 
Vicario general de la Diócesis de Sincelejo
Párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro → Fan page

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