La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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Foto: Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de la XXXII semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (6,1-11):

Escuchad, reyes, y entended; aprendedlo, gobernantes del orbe hasta sus confines; prestad atención, los que domináis los pueblos y alardeáis de multitud de súbditos; el poder os viene del Señor, y el mando, del Altísimo: él indagará vuestras obras y explorará vuestras intenciones; siendo ministros de su reino, no gobernasteis rectamente, ni guardasteis la ley, ni procedisteis según la voluntad de Dios. Repentino y estremecedor vendrá sobre vosotros, porque a los encumbrados se les juzga implacablemente. A los más humildes se les compadece y perdona, pero los fuertes sufrirán una fuerte pena; el Dueño de todos no se arredra, no le impone la grandeza: él creó al pobre y al rico y se preocupa por igual de todos, pero a los poderosos les aguarda un control riguroso. Os lo digo a vosotros, soberanos, a ver si aprendéis a ser sabios y no pecáis; los que observan santamente su santa voluntad serán declarados santos; los que se la aprendan encontrarán quien los defienda. Ansiad, pues, mis palabras; anheladlas, y recibiréis instrucción.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 81,3-4.6-7

R/.
 Levántate, oh Dios, y juzga la tierra

«Proteged al desvalido y al huérfano,
haced justicia al humilde y al necesitado,
defended al pobre y al indigente,
sacándolos de las manos del culpable.» R/.

Yo declaro: «Aunque seáis dioses,
e hijos del Altísimo todos,
moriréis como cualquier hombre,
caeréis, príncipes, como uno de tantos.» R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.
Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»
Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor

La reflexión del padre Adalberto

Miércoles de la XXXII semana del Tiempo Ordinario. Año I.

La perspectiva de la resurrección de los justos replantea la doctrina de la retribución, al mismo tiempo que precisa el contenido de la promesa, que sigue siendo la vida, pero ahora superior a lo que hasta entonces se había comprendido. Por eso, se declaran dichosas tanto la vida intachable, aunque sin descendencia biológica (cf. Sab 3,13-4,6), como la muerte prematura (cf. Sab 4,7-19), que antes eran consideradas maldición. En la misma perspectiva, los impíos, al verse juzgados por sus obras, descubren la frustración y el fracaso de su vida arbitraria y extraviada y la comparan con el glorioso destino de los justos (cf. Sab 4,20-5,23).
Hay que advertir aquí que el asunto de la retribución no sólo asciende de nivel en cuanto al contenido de la promesa, sino que su radio de acción se amplía con alcance universal. Ya no se trata de la victoria de Israel sobre los otros pueblos, sino de la victoria de los justos y del fracaso de los impíos, sean de la nación que sean. El libro se dirige a «los que rigen la tierra».

Sab 6,1-11.
Parecería que lo anteriormente expuesto (cap. 1-5) fueran solo prolegómenos; en realidad, la primera parte del libro concluye en 6,1-21, que tiene cierto paralelismo con 1,1-15. El autor se vuelve a los gobernantes y los exhorta a entender la enseñanza de este libro y a aceptarla, a aprender sabiduría y a prestar la mayor atención, en razón de su responsabilidad.
Los primeros destinatarios de la enseñanza del libro son los gobernantes helenísticos y los romanos, pero el autor piensa también en los reyes que vendrán. Deben reconocer que, si se sienten árbitros del derecho, respaldados por sus ejércitos, comparten la mentalidad de los impíos (cf. Sab 2,11), y su destino será el de ellos. Su mando debe estar al servicio de la justicia que les compete administrar.
Por eso, el capítulo comienza con cuatro imperativos que instan a los hombres constituidos en jefes de los pueblos a fijarse en la instrucción que sigue: «escuchen, entiendan, aprendan, atiendan». «Escuchen» es la exhortación propia de los maestros de sabiduría (cf. Job 13.6.17; 21,2; Prv 4,1; 8,33; Sir 3,1; 27,3); como su enseñanza era oral, el aprendiz debía escucharlos. «Entiendan» implica el esmero puesto en captar el sentido y la finalidad de la enseñanza para que esta tenga el efecto propuesto (cf. Isa 6,9); dado que el mensaje es claro, la incomprensión sería negligencia de los jefes. «Aprendan» connota la docilidad del discípulo que asimila con diligencia la lección de su maestro, lo que entraña la humildad, útil para aprender sabiduría. «Atiendan» puntualiza el interés puesto en lo que se escucha, interés que se manifiesta en el afán por entender y llevar a la práctica la enseñanza.
Embriagados por el poder, pueden no percatarse de que ese mando les viene del Altísimo y que él los someterá a juicio. Era teología común entre los judíos el origen divino del recto ejercicio del poder político (cf. Prv 8,15-16), así como a Dios se atribuían tanto la ascensión de los reyes al trono como su caída (cf. Dan 2,21; 5,18) y, por consiguiente, se consideraba que todos los reyes eran como servidores suyos, sujetos a él. Si ellos no eran la fuente de su poder, tampoco lo eran del derecho de la gente. Ellos también estaban sujetos a las leyes (las de cada pueblo) y el Señor los emplazaba en el juicio de la historia. En efecto, Dios, creador de todos, no está en este mundo y no les teme a las amenazas de los poderosos de la tierra. Pero él «se preocupa por igual de todos».
Su dominio viene del Señor, y su mando del Altísimo, lo que exige que el ejercicio de dichas atribuciones se atenga a los designios del Señor, y que no procedan como piensan los impíos, que el poder político es acumulación de fuerzas y de hombres armados y que ese poder es la fuente del derecho (2,11). El derecho no puede fundamentarse en el pie de fuerza que tenga el gobernante a su disposición, porque eso llevaría a la contradicción de que la justicia se base en un atropello, es decir, en una injusticia. Principio regulador del poder político: este no es propiedad personal, sino un don recibido de alguien que ama la justicia y la exige, por tanto, el ejercicio de ese poder implica una responsabilidad delante del Señor, a quien hay que darle cuentas de su administración «según la voluntad de Dios».
Es indiferente que los jefes de los pueblos conozcan al Señor o lo reconozcan como su Dios. Él actúa soberanamente, no arbitrariamente, para hacer valer el derecho y respetar la justicia. Ya había quedado claro que él «indaga» las obras de los jefes y «explora» sus intenciones, lo que advierte que el juicio del Señor, además de no ser arbitrario, se basa en las obras y en sus intenciones, y que, dada su elevada posición, los jefes serán juzgados sin miramientos, puesto que cuanto mayor sea su poder tanta mayor responsabilidad tienen delante del Señor.
La severidad del juicio de Dios será directamente proporcional al poder: «a los más humildes se les compadece y perdona, pero los fuertes sufrirán una fuerte pena». Es una amonestación dirigida a los jefes para que hagan buen uso de un poder político sin controles efectivos desde el punto de vista humano, generalmente omnímodo y arbitrario. Con esta sentencia, el autor lanza la advertencia de que ningún abuso de poder quedará impune.
Dios, como «Dueño de todos», no se amilana, pero ellos sí deben «temerle» (respetarlo) a él. La grandeza humana no lo impresiona, así que, por eso, porque a los poderosos les aguarda un control riguroso, porque a los encumbrados se los juzga implacablemente, y los fuertes sufrirán una fuerte pena, los soberanos han de ser sabios no pecando, es decir, no cometiendo injusticia. Si acatan lo que él establece, serán declarados santos y en el juicio tendrán defensa. Por eso han de ansiar la enseñanza y recibir la instrucción para gobernar con justicia.

Dios no es la razón de ser de las diferencias sociales; él no clasificó a los seres humanos, ni estableció estratos entre ellos: «El rico y el pobre se encuentran: a ambos los hizo el Señor» (Prv 22,2); las diferencias son de origen humano (cf. Sir 13,15-23; Qoh 3,16). Jesús no tiene la misma concepción de Dios ni del hombre que prevalece en el AT. Por lo mismo, no venera el poder ni se inclina ante él, sino que denuncia tanto a los poderosos como sus abusos, y considera ese poder el verdadero enemigo de Dios y del hombre. De hecho, en el Evangelio nunca aparece el término «poder» (κράτος) referido a Jesús ni a Dios. Pero, por alguna razón, ciertas traducciones vierten como «poder» otros términos: δύναμις, que traduce «fuerza», o ἐξουσία, «autoridad»; con lo cual se confunden los lectores modernos de dichas traducciones bíblicas. Desde la perspectiva de Jesús nunca se puede hablar de «origen divino del poder político». El cristiano debe mantener frente a ese poder una postura mucho más crítica que la que se observa en el libro de la Sabiduría y en todo el Antiguo Testamento, precisamente en función del reino de Dios anunciado por Jesús.
Solo en el libro del Apocalipsis se usa la categoría de «poder» en relación con Jesús resucitado, y denota su capacidad de comunicar vida, no de dominar. El estrecho contacto directo con Jesús en la eucaristía debe identificarnos cada vez más con él en la acción y en el pensamiento.
Feliz miércoles.

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