La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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Foto de Pixabay.

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de la XXIII semana del Tiempo Ordinario. Año I

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,1-11):

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Eso es lo que atrae el castigo de Dios sobre los desobedientes. Entre ellos andabais también vosotros, cuando vivíais de esa manera; ahora, en cambio, deshaceos de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca! No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,2-3.10-11.12-13ab

R/. El Señor es bueno con todos

Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,20-26):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Miércoles de la XXIII semana del Tiempo Ordinario. Año I.

El autor se detuvo a explicar la portentosa obra del Mesías, en quien realmente habita la plenitud total de la divinidad, mostrando cómo la cruz no fue derrota, sino victoria pública y clamorosa.
Después, el autor amonestó a los colosenses a no aceptar que les impongan observancias, porque esas prácticas –además de pertenecer a una religiosidad no cristiana– eran «sombra de lo que tenía que venir», ya que «la realidad es el Mesías». Se refiere a que la sombra no tiene consistencia, pero sí es proyección de una realidad (σῶμα) que sí la tiene. Enseguida los exhorta a vivir en la libertad cristiana, sin dejarse impresionar por los santurrones que se inventan «humildades» (es decir, acciones piadosas) y «devociones a ángeles», que se enfrascan en «sus visiones» y se engríen en «las ideas de su amor propio».
Así describe esa religiosidad, centrada en sí mismo y en inventos humanos, que no es en absoluto compatible con la espiritualidad cristiana del amor que se hace servicio. Actuando así, se separan de Jesús. El autor emite dos juicios al respecto: primero, dice que lo material es para servir al ser humano, no para condicionarlo; después, afirma que dicha religiosidad se rodeaba de un aura de celebridad a raíz de «…sus voluntarias devociones, humildades y severidad con el cuerpo, pero carecen de valor alguno, solo sirven para cebar el amor propio» (cf. 2,16-23).

Col 3,1-11.
Para contrastar «la realidad del Mesías» (2,17) con «lo elemental del mundo» (2,20), ahora los invita a levantar la mirada hacia Jesús resucitado, la fuente verdadera de su vida, con el cual están asociados; vida por lo pronto escondida pero destinada a manifestarse. Los cristianos realizaron una ruptura definitiva («están muertos») con ese estilo de vida y convivencia que tuvieron como paganos y se adhirieron al modo de vida y convivencia del Mesías, que deriva de Dios mismo.
El Mesías está «entronizado a la diestra de Dios», expresión calcada del Antiguo Testamento (cf. Sal 110,1) para afirmar el señorío de Jesús, real (ratificado por su resurrección) y muy por encima de los mediadores a los que los colosenses les rendían tributo de veneración, «majestades, señoríos, soberanías y autoridades» (1,16), que no son categorías de ángeles, sino extrapolaciones al mundo invisible de las experiencias del mundo visible, producto de especulaciones humanas.
Los colosenses participan ya del verdadero mundo futuro («la vida de ustedes está oculta en el Mesías») a causa de su ruptura definitiva con el «mundo» injusto («están muertos»), que los llevó de la vana ilusión pagana («sombra»: 2,17) a «lo que tenía que venir». Su esperanza actual no es ilusoria, tiene un firme asidero: «cuando se manifieste el Mesías, que es la vida de ustedes, con él ustedes se manifestarán también ustedes gloriosos con él». En efecto, ellos tienen la experiencia del Mesías resucitado, el que fue crucificado por esos poderes que ellos veneraban.
Hay un contraste entre «lo de arriba» y «lo terreno», que equivale al que se da entre «la realidad del Mesías» y «lo elemental del mundo», y a la diferencia que hay entre «el hombre viejo» y «el hombre nuevo»:
a) El «hombre nuevo» –centrado en lo de arriba– por su experiencia de Dios se va renovando, haciéndose imagen de su Creador; por eso no acepta exclusiones ni privilegios por razón de raza, religión, nación o condición social. En todo ser humano ve al Mesías.
b) El «hombre viejo» –centrado en sí mismo– es egoísta («inmoralidad, lujuria, pasión, deseos rastreros, codicia…»), y vive alienado, no es dueño de sí («cólera, arrebatos de ira, malevolencia, insultos, mentira, grosería…»).
El «hombre nuevo» se manifiesta dejando atrás las conductas del «hombre viejo» y revistiéndose del Mesías y configurándose cada día más con él. El «hombre nuevo» (cf. Ef 2,15; 4,24) expresa la transformación radical de la existencia que implica el bautismo, y tiene carácter colectivo y, a la vez, individual (la Iglesia y el bautizado). Por esa transformación, el Mesías es ahora, en esta historia, «todo en todos», hasta cuando –en el reino del Padre– Dios mismo sea «todo en todos» (1Co 15,28). El «hombre nuevo» es una realidad dinámica.
En coherencia con la radical ruptura que dio comienzo a la fe («ustedes están muertos»), ahora los colosenses tiene la tarea de ir haciendo realidad esa ruptura cada día de la vida. Esto es lo que el autor expresa con un verbo fuerte: «dar muerte», «extirpar», «mortificar» (νεκρόω) en relación con «los miembros sobre la tierra», es decir, los impulsos autodestructivos que también dañan la convivencia fraterna. Es la confirmación permanente del bautismo en agua (rito de muerte) para que se verifique más definitivamente el bautismo en el Espíritu (vida nueva, nueva convivencia). Esto entraña la separación progresiva de los restos que quedan de las prácticas cultuales paganas (cf. 2,16-23) y la apertura al amor universal de Dios manifestado en el Mesías. «La ira» (o «el castigo») de Dios de que habla se refiere a la reprobación divina de la conducta individual y social de la que ellos definitivamente ya se separaron. Nada autoriza a entender el verbo «mortificar» (νεκρόω) como invitación a autoinfligirse daño, como si eso agradara a Dios. Lo que realmente agrada a Dios es que el cristiano se vista del Mesías (se presente como él) y que se renueve cada vez más para configurarse con su Creador. Y esto se verifica cuando se vive el amor universal, que no establece discriminaciones entre los seres humanos por motivos de raza («griego, judío»), de religión («circunciso, incircunciso»), de nacionalidad («extranjero, bárbaro»), ni de condición social («esclavo, libre»), porque el seguidor de Jesús en todos ve a su Mesías.

La nueva creación es un hecho. Hay un «hombre nuevo», que es el bautizado, configurado con el Mesías por la unción del Espíritu Santo, y una «nueva humanidad», que es la Iglesia, templo de Dios en el mundo, cuerpo del Mesías en la historia. En cuanto templo, garantiza la presencia del Padre y el testimonio de su nombre; en cuanto cuerpo, garantiza la acción eficaz del Espíritu del resucitado, el anuncio del misterio de Dios, y la prolongación de la obra de Jesús.
Pero este hecho no es «automático», depende de la fe que se hace activa por el amor y persevera en el tiempo por la esperanza. Esto no es una imposición, es una necesidad; no es obligación, es una honrosa misión. Quien conoce a Jesús y experimenta la fuerza renovadora de su Espíritu no escatima medios para compartir la experiencia de felicidad que lo embarga, no por proselitismo, sino porque, por amor, quiere que los demás compartan su alegría.
Eso es lo que la eucaristía alimenta en nosotros, el ímpetu misionero. La eucaristía no solo es el alimento de la misión, es su dinamismo. Comulgar sin dar testimonio ni anunciar es sofocar la fuerza propia de este «sacramento de nuestra fe».
Feliz miércoles.

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