La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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Foto: Pixabay.
Angeles

(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de la Octava de Pascua

surtigas 2

La Palabra del día

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (3,1-10):

EN aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,1-2.3-4.6-7.8-9

R/. Que se alegren los que buscan al Señor

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.

Secuencia
(Opcional)

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

AQUEL mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana la sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto
Miércoles de la octava de Pascua.
 
En el imperio romano era difícil presentar a un crucificado como enviado de Dios, porque allí todo crucificado era un despreciable esclavo rebelde; también era muy difícil en el mundo judío, que consideraba un maldito de Dios al crucificado. Pero el principal obstáculo para los discípulos era interior: su ideología religiosa-cultural. Pese a que la religión judía rechazó y mató a Jesús, los discípulos se mantienen fieles a ella y piensan que pueden realizar en su interior la obra liberadora del Señor. No captan todavía la oposición de ese orden sociocultural a la buena noticia de Jesús. No ven claro que la muerte de Jesús fue una acción premeditada a conciencia, y no una trágica equivocación de los dirigentes judíos.
El evangelio trae la primera aparición de Jesús a sus discípulos que reporta la octava. Y la cuestión se centra en la dificultad que ellos experimentan para «ver» al Señor como su compañero de camino y como el viviente que dinamiza la historia de toda la humanidad, pues lo que les impide reconocerlo es su ideología nacionalista. No han asimilado el amor universal que Jesús encarnó y testimonió hasta llegar a esa muerte que a ellos tanto los escandaliza.
 
Primera lectura (Hch 3,1-10).
Tanto los ciegos como los cojos tenían vedado el acceso al templo por razones de pureza legal (cf. 2Sm 5,6-8). Esa ideología ciega la mente, hace necio y torpe para la fe. Pedro y Juan acuden al templo a la misma hora en la que Jesús murió en la cruz, cuando las tinieblas cubrieron la tierra (cf. Lc 24,44-46); parece que no tuvieran en cuenta que las autoridades de ese templo instigaron para matar a Jesús. Entonces Lucas refiere que «llevaron a cierto individuo» (indicio de que es un personaje histórico, pero representativo), que personifica al pueblo, «lisiado de nacimiento», símbolo de la condición del pueblo, privado de libertad, condición que contrasta con el esplendor del templo, cuya mejor puerta estaba hecha de bronce corintio, que era más costoso que el oro. Hay un contraste buscado entre el esplendor de la institución y miseria del pueblo sometido.
En cambio, hacer saltar de alegría al cojo es uno de los signos del Mesías liberador (cf. Is 35,6). El «inválido» puso su esperanza en ellos y les pidió «una limosna». Pedro, en vista de que nada tiene para socorrer a los pobres de fuera de la comunidad (pues todo lo han puesto en común), lo invita a afianzarse en Jesús, pero también él lo agarra de la mano (contrario a lo que hizo Jesús con el paralítico: cf. Lc 5,23-25). Le da vida, libertad y alegría. Pero sigue agarrado de ellos, como dependiente de los dos. Esto causa asombro, pero todavía no provoca a la fe.
El narrador señala, pues, tres hechos: la experiencia visible de libertad de acción («echó a andar»), que supera la antigua condición de exclusión («entró… en el templo»), la innegable experiencia de libertad interior («dando saltos y alabando a Dios»), y la inexplicable dependencia del apoyo de parte de «Pedro» («agarrándolo de la mano derecha»; cf. v. 11), que queda sin explicación por el momento, pero que oportunamente será retomada.
 
Evangelio (Lc 24,13-35).
La narración se puede estructurar en cuatro escenas:
1. La incapacidad para ver a Jesús: De la ciudad de Jerusalén a la aldea de Emaús.
Dos discípulos decepcionados, aquel mismo día en que Jesús resucitó, se dirigen a una «aldea» situada cerca de la ciudad de Jerusalén, que ejerce su dominio sobre toda «aldea». Abandonan la capital, pero no rompen con su influjo. Van al mismo tiempo conversando y discutiendo; es un intercambio bastante tormentoso. Jesús se pone a su lado y camina con ellos, pero ellos no son capaces de reconocerlo. Él los interroga acerca del tema de su conversación, y entonces ellos manifiestan su desconcierto y su frustración; dejan ver su apego a los dirigentes y a la institución que dieron muerte a Jesús. Porque ellos lo rechazaron y Dios no se ha manifestado, Jesús está reprobado ante sus ojos. Sin importar lo que hayan dicho las mujeres y sus propios compañeros, para ellos Jesús está muerto y descalificado por Dios.
2. La capacidad de ver a Jesús: Lo que realmente dijeron los profetas.
Entonces Jesús les dirige un reproche: no han entendido lo que dijeron los profetas. De hecho, los profetas habían dicho que este era el desenlace que debía darse: la sociedad injusta rechazaría al Mesías de Dios. Pero ellos no saben interpretar esas Escrituras (cf. Lc 19,30). Así que Jesús, tomando pie de Moisés y de los profetas, les explicó «lo que se refería a él» en toda la Escritura. Les mostró que también para ellos las Escrituras eran un burro amarrado, porque los dirigentes habían ocultado los textos que sí se referían al Mesías de Dios. Al llegar a «la aldea», Jesús muestra intenciones de seguir, porque la aldea no es su destino. Sin embargo, ellos le piden que acepte su hospedaje y se quede con ellos porque el día va de caída. La tiniebla se cierne sobre sus vidas, y ellos quieren gozar de la luz de Jesús.
3. La visión de Jesús caída la tarde: La fracción del pan.
Jesús acepta el hospedaje y se queda con ellos. Cuando están a la mesa él toma el pan lo bendice lo parte y se los reparte. Así les recuerda el episodio de los panes, que significaban el don de sí mismo, el don de amor que hizo abundar el alimento y favoreció la vida. Es el momento de su liberación: «se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero el desapareció de su vista». Jesús es, a la vez, el liberador visible e invisible.
4. El anuncio de que Jesús está vivo: La misión.
Y entonces, al intentar reconstruir los acontecimientos, reconocen que, desde antes, Jesús los había puesto «en ascuas» (cf. Lc 24,32) cuando les explicó las Escrituras. Esto se prolonga, se levantan al momento y regresan a Jerusalén, donde encuentran a los Once con sus compañeros reunidos y anuncian que realmente el Señor ha resucitado y que se le apareció a Simón. Y contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo lo reconocieron en el hecho de partir el pan. El signo de su entrega, asumido por ellos, es experiencia del resucitado.
 
El gran obstáculo que tienen los discípulos para ver al Señor resucitado es su comprensión de las antiguas Escrituras. Estaban sometidos a la ideología por la interpretación de sus jefes y eso les impedía reconocer a Jesús. Él los libera de esa mala interpretación, y a ellos se les abren los ojos y reconocen a Jesús, cuya presencia física ya no resulta necesaria. Jesús les ha hecho ver que de las antiguas Escrituras solamente vale «lo que se refería a él», que lo demás carece de valor. Pero la fracción del pan no termina simplemente en el hecho de comerlo, sino que se prolonga en la misión: salir a dar testimonio del encuentro con el Señor forma parte de la misma fracción del pan en la que han participado. También nosotros después de partir el pan sentimos el impulso de anunciar nuestra experiencia del Señor resucitado con el testimonio de vida y convivencia, y con el testimonio de la palabra ardorosa.
Feliz miércoles de Pascua.

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