La Palabra del día y la reflexión del padre Adalberto-miércoles

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(Contenido facilitado por www.diocesisdesincelejo.org)

Miércoles de Ceniza

La Palabra del día

Color litúrgico: morado. Día de ayuno, abstinencia y obras de caridad. Comienza la campaña de la Comunicación Cristiana de Bienes.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Joel (2,12-18):

AHORA —oráculo del Señor—,,
convertíos a mí de todo corazón,
con ayunos, llantos y lamentos;
rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos,
y convertíos al Señor vuestro Dios,
un Dios compasivo y misericordioso,
lento a la cólera y rico en amor,
que se arrepiente del castigo.
¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá
dejando tras de sí la bendición,
ofrenda y libación
para el Señor, vuestro Dios!
Tocad la trompeta en Sion,
proclamad un ayuno santo,
convocad a la asamblea,
reunid a la gente,
santificad a la comunidad,
llamad a los ancianos;
congregad a los muchachos
y a los niños de pecho;
salga el esposo de la alcoba
y la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar
lloren los sacerdotes,
servidores del Señor,
y digan:
«Ten compasión de tu pueblo, Señor;
no entregues tu heredad al oprobio
ni a las burlas de los pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes:
«Dónde está su Dios»?
Entonces se encendió
el celo de Dios por su tierra
y perdonó a su pueblo.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 50,3-4.5-6a.12-13.14.17

R/.
Misericordia, Señor: hemos pecado

V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R/.

V/. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

V/. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5,20–6,2):

HERMANOS:
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:
«En el tiempo favorable te escuché,
en el día de la salvación te ayudé».
Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,1-6.16-18):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor


La reflexión del padre Adalberto

Miércoles de ceniza.

  1. Generalidades.
    La traducción del término griego μετάνοια («enmienda») por la palabra latina «pænitentia» (pesar, arrepentimiento) no parece haber sido afortunada, y sus repercusiones duran hasta el presente.
    Habría sido más afortunado traducirlo «emendatio», que se aproxima más a la doble connotación de μετάνοια. Este término connota la detestación del mal hecho («arrepentimiento» o pænitentia), así como la firme decisión de corregirlo («rectificación» o iustificatio). Sin embargo, se produjo un desplazamiento posterior, cuando se entendió la «pænitentia» en el sentido de «mortificatio», en griego νεκρόω, que aparece solo una vez en el Nuevo Testamento (Col 3,5), y referido a los bajos impulsos. Eso llevó a la errónea concepción de que Dios quiere el sufrimiento humano, o que, al menos, lo exige para perdonar el pecado. En realidad, μετάνοια significa que Dios nos pide un cambio de mentalidad para que cambiemos también nuestras actitudes y acciones, y así seamos capaces recibir la gracia del Espíritu Santo, que cancela de raíz nuestro pecado.
  2. Particularidades.
    Los tiempos de adviento y de cuaresma giran en torno a dos actitudes diferentes: la «enmienda» (μετάνοια) y la «conversión» (ἐπιστροφή), pero con énfasis diversos. En adviento predomina la exigencia de la enmienda; en cuaresma, la de la conversión. En efecto, la cuaresma, más allá de creer en Dios, nos exige creer en el Padre, que se revela en la vida, pasión, muerte y glorificación de Jesús, su Hijo. Hay quienes dicen creer en Dios, y en homenaje a su dios excluyen y eliminan seres humanos, lo cual jamás harían quienes conozcan al Padre y a su Hijo (cf. Jn 16,2s). No da lo mismo creer en Dios que creer en el Padre que revela Jesucristo.
  3. Primera lectura (Jl 2,12-18).
    El profeta convoca dramáticamente al pueblo a convertirse al Señor mediante una liturgia de penitencia que se exprese en manifestaciones interiores y sinceras de duelo (rasgar el corazón, ayuno, llanto, luto), en la purificación de una asamblea general, en la renuncia voluntaria a los placeres lícitos (como expresión de duelo), y en la súplica insistente de los sacerdotes.
    Esa conversión de corazón (cf. Jr 4,4) ha de hacerse «al Señor Dios de ustedes», el que los sacó de Egipto, que es descrito con cinco notas: compasivo y clemente, paciente y misericordioso, y que se arrepiente de las amenazas (cf. Ex 34,6; Sl 86,15; 103,8; 145,8; Jon 4,2; Neh 9,17). La duda respecto de la respuesta del Señor («quizá se arrepienta…») deja entrever que no basta el solo rito penitencial, que, si no se da la conversión real, se engañan (cf. Os 6,1-3). La respuesta del Señor se verá en la bendición que le permita al pueblo seguir dándole culto y disfrutando de la tierra que le dio en heredad. El peligro amenaza la existencia de la sociedad entera, por eso las muestras de duelo y las súplicas deben ser por parte de todos.
  4. Segunda lectura (2Co 5,20-6,2).
    Dios toma la iniciativa de la reconciliación por medio del Mesías, y no solamente nos reconcilia consigo, sino que nos hace embajadores del Mesías para que también nosotros invitemos a esa reconciliación. Se trata de una exhortación afectuosa, no de un grito de amenaza. El amor de Dios por la humanidad es tan grande que no se reservó a su propio Hijo (cf. Rm 8,31), sino que lo entregó hasta dejar que fuera considerado un malhechor y un maldito («al que nada tenía que ver con el pecado, por nosotros lo cargó con el pecado…»). Y Jesús, al morir en la cruz, nos entregó el Espíritu Santo «para que nosotros, por su medio, obtuviéramos la rehabilitación de Dios». El «abandono» de Jesús en la cruz por parte de Dios muestra que Dios «se niega a sí mismo» por amor a la humanidad.
    Ahora se trata de secundar su obra. Es gracia de Dios haber recibido al Hijo como modelo y al Espíritu como capacidad para configurarnos interiormente con ese modelo. No hay violencia a la libertad, no impone obligación de hacer: urge a la acción por la fuerza del amor. Tan grande demostración de amor no solo invita a la respuesta positiva, sino a hacer a los demás partícipes de la misma demostración. Y este es el tiempo apropiado, ahora es «el día de salvación», el que antes era temido cuando lo llamaban «el día del Señor».
  5. Evangelio (Mt 6,1-6.16-18).
    La relación con Dios no se exterioriza para llamar la atención de «los hombres», ni tampoco con la pretensión de «dar ejemplo». Lo primero sería fingimiento; lo segundo, ambición de dominio. La «religión del espectáculo» es una farsa vacía que nada tiene que ver con la fe. Por eso, Jesús re-interpreta las tradicionales «obras de justicia» (manifestaciones de piedad) privilegiadas por los fariseos:
    3.1. La limosna. La solidaridad con los pobres no es para catapultarse a sí mismo al pináculo de la fama, publicitando lo que se hace a favor de ellos, sino para contribuir en lo que esté al propio alcance con el fin de lograr una sociedad equitativa y justa.
    3.2. La oración. La comunicación con Dios no es para presumir de piadoso, con un evidente exhibicionismo que obtenga fama de santidad, sino para sintonizar con él en el amor y secundar con el mismo amor la realización de su designio en la tierra.
    3.3. El ayuno. La privación de alimentos no es para agradar a un supuesto dios que se complace en el sufrimiento humano, ni menos para conmoverlo, sino el impulso gozoso de quien comparte su pan con el que no tiene, para que nadie sufra hambre.
    Jesús no establece obligación alguna de dar limosna, de orar o de ayunar; lo deja a la libertad de su discípulo («cuando des… ores… ayunes…»), pero sí se opone a que dichas expresiones de piedad u otras –cualesquiera que sean– se usen para cebar la propia vanidad y para posicionarse por encima de los demás. En todos los casos, pone de presente que la relación con el Padre debe ser interior. En particular, respecto del ayuno, dice que, además de discreta, debe ser una práctica gozosa, no luctuosa, porque el cristiano vive en la alegría de la nueva alianza.

La cuaresma es, ante todo, un período para recuperar nuestra autenticidad ante el Padre y ante «los hombres». Podrían resumirse sus exigencias en estas tres:
a) Sinceridad. La hipocresía religiosa es el primer enemigo del verdadero espíritu de la cuaresma: permite ser malo y obrar mal con la presunción de ser bueno y benefactor.
b) Escucha. Para ser sinceros, necesitamos escuchar al Señor y su buena noticia. Es preciso hacer nuestro éxodo personal, salir de nosotros mismos y acercarnos a los demás.
c) Conversión. El éxodo de la escucha nos conducirá a abandonar nuestros «ídolos» (o sea, nuestras falsas representaciones de Dios) para volvernos al Padre revelado por Jesús.
El fruto de la cuaresma será hacernos testigos del Señor resucitado. La ceniza que recibimos nos recuerda nuestra condición mortal, pero la eucaristía nos certifica nuestra vocación a heredar la vida eterna por la comunión de fe con Jesús, comunión que nos proponemos estrechar con los ejercicios de la cuaresma.
Feliz cuaresma.

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